En 2011 alcancé, casi sin darme cuenta, un propósito que había madurado con lentitud: la publicación de mi primer libro. No fue un gesto repentino ni una ambición desbordada, sino resultado paciente de una escritura sostenida en el tiempo, nacida al ritmo semanal de los artículos periodísticos.
Quince años han pasado desde aquel instante inaugural. Hoy lo evoco en una tarde lluviosa, extrañamente suspendida, mientras marzo se despide con melancolía.
Nunca deposité en la idea de publicar un libro toda la energía de escribir. Escribir —entonces como ahora— era ya un compromiso más vasto, más hondo: un oficio que no se agota en la intimidad, pero tiene como primer testigo y juez a quien escribe. Había, hay algo más. Una responsabilidad silenciosa y persistente, un diálogo con otros que no siempre se manifiesta, pero que existe.
Ese momento silencioso lo disfrutaba entonces tanto como ahora. Con respeto semejante para cada persona lectora. Con gratitud para quien lee, calla y guarda, para algún día, quizá, devolver una palabra.
Fue al inicio de la segunda década de este siglo cuando decidí reunir los textos publicados en El Comentario entre 2008 y 2010. Había en ellos una dispersión natural, propia del tiempo y circunstancias, pero también una búsqueda común. Intenté darles unidad. Organicé el libro en tres partes, elegí un nombre que me fue sugerido involuntariamentee por Juan Miguel Batalloso y Pep Aparicio —colegas freireanos, lúcidos y entrañables—, y me atreví a enviarlo como proyecto a Luis Porter. Lo bauticé: Figuras y paisajes de la educación.
Luis —mexicano nacido en Argentina, arquitecto de sensibilidad fina y pensador agudo de la educación superior— había dejado en mí una huella profunda con La universidad de papel, libro que escuché por vez primera en la Pinacoteca de la Universidad de Colima. Recibió mi manuscrito, lo leyó con cuidado y me obsequió un prólogo que aún hoy me conmueve por su generosidad.
Después, la Dirección de Publicaciones de la Universidad de Colima acogió el proyecto, lo diseñó. Y más tarde, en el entonces Distrito Federal, la Editorial Aldus —heredera simbólica de Aldo Manuzio, humanista que creyó en la dignidad del libro— le dio forma definitiva. Cuando lo recibí ya era más que un objeto: era el inicio.
Aquel primer libro me regaló una alegría difícil de nombrar sin caer en el exceso. Era la confirmación de que un camino, hasta entonces apenas insinuado, podía ser recorrido.
Hoy, quince años después, lo que permanece no es sólo el libro, sino la conciencia agradecida de las voluntades que lo posibilitaron. Ningún inicio es solitario. Ninguna página nace sin una trama de presencias, lecturas, gestos y complicidades.
Celebro estos quince años entre libros en casa, en la calma de una tarde dominical atravesada por la lluvia, entre oscuridades silenciosas.
Hay en mí una alegría serena por las páginas escritas, pero también una ilusión intacta por las que aún faltan. Porque si algo he aprendido en este trayecto es que escribir no es haber escrito, sino seguir emocionado con la disposición de perpetuarlo.
