La reforma: quiénes y dónde se dirimirá

I. Leo a Federico Mayor Zaragoza, ex director general de la UNESCO, en su ensayo sobre “El otro mundo posible” (incluido en el libro “Espiritualidad y política”, coordinado por Cristóbal Cervantes), al mismo tiempo, reviso las notas sobre el comunicado de Manlio Fabio Beltrones con el tema de la reforma educativa y su postura, o la de su partido, acerca de quiénes y cómo decidirán la reforma, en nombre de quienes trabajan en alguno de sus niveles e instituciones.

Están en las antípodas, como se pueden imaginar. Dice Beltrones que no serán las calles el escenario donde se dirima la reforma educativa, y que ellos, los que saben y deciden, lo acordarán con los otros que saben y deciden, con los dirigentes de los maestros. Lo leo y lo lamento.

Textualmente el comunicado del diputado federal dice, según las notas de prensa: “No serán las calles, sino en las instituciones de representación popular y con las autoridades educativas, donde se dirima con responsabilidad y transparencia el presente y el futuro del sistema educativo nacional y el porvenir de nuestros niños, jóvenes y docentes”.

Leo a Federico Mayor Zaragoza y solo dejo un fragmento de sus ideas, tan simples como distantes de nuestra realidad: “No hay democracia fuerte sin ciudadanos atentos a los demás y capaces de argüir en favor de sus propuestas. No hay democracia en el silencio, ni en la sumisión ni en el miedo… La clave de todo sistema democrático es la interacción, la escucha, la participación”. Cada una, cada uno saque sus conclusiones.

II. Debo confesar que mi búsqueda del comunicado de prensa fue infructuosa, así que los comentarios siguientes se basan en la información extraída de los medios donde se reprodujeron, en particular, de los entrecomillados, que suponen una transcripción literal.

“Amplio consenso a favor de la reforma educativa”, habría dicho el diputado. Pues no, en los portales y en la opinión crítica de los especialistas en educación no existe tal amplitud en el consenso. Cierto, hay un acuerdo unánime, hasta del propio SNTE y su dirigencia vitalicia: necesitamos un mejor sistema educativo, diría la mayoría. Yo, compartiendo las convicciones de la educadora ecuatoriana Rosa María Torres, digo: necesitamos otro sistema educativo, porque sus deficiencias son tales que no admite solo mejoras o cambios epidérmicos, sino transformaciones estructurales.

La amplitud en el consenso, más allá de lo genérico, no existe. Los propósitos no son los mismos de todas las partes. No. Unos quieren solo elevar los puntajes en las pruebas internacionales, como PISA; algunos deseamos una educación inspirada en otros valores, por ejemplo, los cuatro pilares de la educación del famoso informe de la Comisión Delors. Unos quieren que se enseñe “educación financiera” desde temprana edad, o preparar “emprendedores”; otros deseamos formar ciudadanos; unos conciben a los estudiantes como clientes, otros los definimos como seres humanos únicos.

Según las notas, el diputado afirmó que pretenden transformar el sistema de gestión y evaluación. La misma cantaleta superficial que se repite con vehemencia desde los gobiernos panistas, pero originada antes. La experiencia internacional lo informa: no es el único ni el mejor camino; pensamos, por ejemplo, que deben impulsarse modelos pedagógicos centrados en el estudiante, y no un modelo obsesionado con la evaluación. En ese sentido, unos creen que la educación mejora aplicando exámenes a todo lo que se mueva dentro de la escuela, otros pensamos en la educación como un proceso complejo, y a la evaluación como una parte.

La educación no debe ser más la principal causa de reproducción de las desigualdades sociales y regionales, afirmó el personaje en cuestión. Pues no lo es, y si pretenden resolver ese problema solo desde la escuela, el siglo nos mirará hundidos en la pobreza y la injusticia. Busquen, quienes así crean, en el modelo económico, el del PAN y el del PRI, sustancialmente el mismo, que fueron incapaces de revertir la pobreza. Porque los pobres no son un invento del PAN, ni son obra de sus grises sexenios. Y los millones de pobres, principalmente niños, jóvenes, mujeres, indígenas, lo son desde antes, en las décadas de gobierno tricolor.

Otra joya de la demagogia: la reforma educativa debe cambiar la realidad de exclusión de  casi 8 millones de jóvenes y la exclusión de “una tercera parte de los mexicanos”. ¡Menuda tarea para los maestros y directivos! Sobre esto mucho se puede agregar. Sugiero, para no abusar, solo un libro que podría entenderse fácilmente: “Misión de la universidad”, de José Ortega y Gasset. Allí encontrarán, entre muchas, esta poderosa idea: “suponer que las naciones son grandes porque su escuela –elemental, secundaria o superior- es buena. Esto es un residuo de la beatería ‘idealista’ del siglo pasado. Atribuye a la escuela una fuerza creadora histórica que no tiene ni puede tener… Ciertamente, cuando una nación es grande, es buena también su escuela. No hay nación grande si su escuela no es buena. Pero lo mismo debe decirse de su religión, de su política, de su economía y de mil cosas más. La fortaleza de una nación se produce íntegramente. Si un pueblo es políticamente vil, es vano esperar nada de la escuela más perfecta”.

¿Epígrafe o epitafio?

“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados” (Groucho Marx). He aquí, en lo descrito, un excelso ejemplo.

*Publicado en la Revista AZ Educación y Cultura, abril de 2013.

Comentarios

  1. Balvanero dice:

    Juan Carlos, desmenuzas con certeza y agudeza la problemática de la llevada y traída Reforma Educativa; la cual no parte de la realidad, sino intentan adecuar ésta a postulados ajenos. Lamentable y preocupante la seguridad con la que los políticos hablan de temas tan complejos…

  2. Christian D. Renteria García dice:

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