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GREGORIO TORRES QUINTERO Y YO

El 28 de enero, al recordarse un aniversario del fallecimiento del pedagogo colimense Gregorio Torres Quintero, en el Archivo Histórico de la Universidad de Colima se presentó el libro “Yo Gregorio Torres Quintero”, biografía preparada acuciosamente por la doctora María de los Ángeles Rodríguez Álvarez, Mara. Tuve el privilegio de ser comentarista y aquí comparto un extracto de mi participación.

Gregorio Torres Quintero fue un educador que dialogó, en su pensamiento y actividad, con algunos de los grandes pedagogos de su época y anteriores. Esta historia, reconstruida con el paciente oficio de Mara, ofrece ángulos para aprender del pedagogo, del hombre, del político y del ciudadano.

La teoría y práctica de Torres Quintero estuvo influenciada por uno de los fundadores de la ciencia pedagógica, Juan Amos Comenio, autor de un texto señero en el siglo XVII. Probablemente también lo estuvieron sus preceptores más recordados, como Ignacio Manuel Altamirano o Carlos Carrillo. Del segundo, Mara extrae un párrafo ilustrativo de la sabiduría magisterial que los orientaba: “¿Ve usted cómo lo hago? (decía Carrillo a sus discípulos). Pues no quiera usted hacer lo mismo; resultará muy malo. El maestro jamás debe sujetarse en sus lecciones al cartabón que marcan los preceptistas; el maestro ha de ser un artista, en toda la extensión de la palabra y no un servil imitador. ¿Cuándo ha visto usted que dos artistas procedan del mismo modo en la ejecución de una obra? ¿Cuándo ha visto usted que un artista interpreta de la misma manera una obra varias veces?”.

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LA UNIVERSIDAD, PROYECTO CULTURAL

Con motivo de los 75 años de la Universidad de Colima, a lo largo de estos meses presentaré, en este espacios y distintos momentos, algunas reflexiones sobre las instituciones de educación superior, y la máxima casa de estudios colimense, en especial. Empezaré compartiendo un fragmento del ensayo que expuse en mi ingreso al Seminario de Cultura Mexicana, corresponsalía Colima.

Frente a los profundos cambios sociales, como el ahondamiento de distancias entre países ricos y pobres, o la pauperización de las formas y contenidos culturales, la escuela, como institución social, no erigió un proyecto capaz de contender contra el desasosiego cultural.

En la tarea de transformar lo que no funciona en el sistema universitario urge la revitalización y agrupación de los académicos con formas inéditas de participación, distintas a las inocuas o acríticas. Pero es necesaria, igualmente, la compenetración de la universidad en la sociedad, su participación en lo que Ángel Díaz Barriga llamó en el Teatro de la Universidad de Colima (septiembre 2010) una nueva perspectiva civilizatoria. En ese sentido, el profesor argentino Roberto Follari ofrece pistas para construir una forma de inserción social distinta de las universidades.

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¿QUÉ NOS PASA?

I. Ingresamos a Walmart con prisa. La jornada fue agotadora, entre tareas domésticas y actividad laboral. Mariana Belén y yo escogemos cuatro plátanos maduros, una bolsa de manzanas rojas, un paquete de pan blanco con ajonjolí y medio kilo de jamón de pechuga de pavo. Solo lo indispensable. Llegamos a las cajas de la unifila. Máximo 20 artículos, dice el letrero blanco, nítido, fondo azul. Me sorprende la cantidad de personas en la fila un día normal entre semana. Miro por encima de la estantería: tres personas arrastran sus carritos con una envidiable despensa. Sin contarlos, allí tiene cada una más de 20 artículos. Esperan en la fila equivocada, nadie les dice nada, nadie los orienta, nadie les pide que lean y, si lo leyeron, no les importa. Los cajeros, tampoco.

II. Durante varios meses hice de la caminata matinal en la unidad deportiva de Villa de Álvarez un hábito saludable. Una hora que no sé para qué servía más: para mantener actividad en el cuerpo o descansar la cabeza y ordenar ideas. Era productivo. Hoy cambió mi rutina y lo extraño. Lo que no añoro, y sucederá aún, es que la gente no respeta los letreros que indican, claramente, que los carriles 1, 2 y 3 son para corredores; los centrales, 4 y 5, para trote, y los de fuera, 7 y 8, para caminar. ¿No los miraba la gente? ¿No les importaba? En cualquier caso, eran muchas las personas que transgredían. ¿Por qué? ¿Por qué no se puede ser coherente entre las buenas intenciones y el respeto a la norma y los otros?

III. A la salida del colegio todos los días es igual. Filas de autos esperando varios minutos antes. De a poco se van formando para recoger a sus hijos en el coche, o de pie en la puerta. Conforme se acerca la hora el movimiento se acelera, los espacios se reducen, la calle es insuficiente. Entonces, los otrora ordenados conductores se van colocando uno al lado de otro, en sitios prohibidos, en segunda fila, con frecuencia ante la mirada complaciente del agente vial. Es un ejemplo contundente para los hijos. Todo se vale, por ahorrar unos minutos, unos metros, un esfuerzo. Eso sí, podrá leerse en la parte posterior de los autos una calcomanía del colegio que presume RESPETO.

¿Qué nos pasa?

 

75 ANIVERSARIO DE LA UDEC

En 2013 viví unos meses en la ciudad argentina de Córdoba. Fue un año especial para la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), la más antigua de aquel país, fundada por los jesuitas 400 años atrás. La cuarta más antigua en América Latina y una de las más prestigiadas, con más de cien mil estudiantes de todas las provincias argentinas, cuya presencia ratifica un apelativo honorífico a la ciudad: La Docta. Universidad señera en el panorama latinoamericano, cuna, como sabrán, del más relevante movimiento universitario de reforma en el continente, en el recordado 1918.

Con motivo de la celebración de su cuarto centenario de existencia, la UNC organizó un espectacular programa de festejos: 400 actividades durante 400 días. De todos tipos, culturales, sociales, musicales, académicas, políticas, científicas. Presencié varias, como la elección de su nuevo rector, una magna exposición científica de estudiantes y el congreso internacional sobre la democracia en la enseñanza superior, con participantes de países del Mercosur. Fue un año espléndido que recolocó a la Universidad en el corazón de la vida cordobesa y de miles de argentinos.

Con alegría he escuchado en radio Universo 94.9 mensajes que recuerdan el 75 aniversario de la Universidad de Colima. Lo celebro también, pues las fiestas conmemorativas de una institución tan trascendente no pueden reducirse a fiestas de notables, sesión solemne del consejo universitario o eventos aislados de la sociedad. Que sean extensivas, abiertas, es gesto de coherencia con el sentido profundamente social de una institución medieval a la que, justamente, el movimiento de Córdoba le injertó principios esenciales que hasta hoy perviven y le dan sentido.

 

LAS ESCUELAS: DESOLACIÓN Y ENCANTO 2

En una excepcional conferencia ante profesoras y profesores españoles, Francesco Tonucci, genial pedagogo y caricaturista italiano, contó la siguiente anécdota: al final de la Segunda Guerra Mundial, en una región italiana los partisanos luchaban contra los nazis mientras esperaban la llegada de los Aliados. Allí, los nazis estaban apostados en una escuela, sitio estratégico para la defensa del valle. Los Aliados entregaron a los partisanos un cargamento de explosivos y la orden de acabar con esa posición de los alemanes para allanarles el paso. Los partisanos obedecieron la orden pero lucharon solo con armas ligeras. No estaban dispuestos a derrumbar la escuela. La razón era simple, bellamente simple: ¡mañana vamos a necesitar la escuela!, dijeron.

Esos partisanos dieron un ejemplo memorable de que la escuela, la buena escuela debe ser defendida a toda costa porque su existencia y estado de salud es indispensable para construir el presente y el futuro, para dignificar el pasado. ¿Cuántos de nosotros que trabajamos en la enseñanza estamos dispuestos a dar una batalla por la escuela; una batalla que trascienda nuestros más estrictos (y respetabilísimos) intereses personales? Muchos, sin duda, pero también muchos no lo están, o diciendo una cosa actúan en otro sentido.

De esa escuela, de la escuela que queremos y defendemos, o debemos defender me propuse hablar en el libro Las escuelas: desolación y encanto (Colima, Puertabierta Editores, 2014), penetrando en sus entrañas y mostrando algunas radiografías de su podredumbre, pero también de la urgencia de transformarla y reconstruirla desde los cimientos. De su dignidad y de su condición indignante.

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