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Diario 2015: balances

350 páginas después el objetivo está (casi) cumplido y empiezo los balances.

La escritura cotidiana se convirtió en un ejercicio desafiante, habitualmente gozoso; no pocas ocasiones, fue el detalle que salvó un pésimo día laboral o en las actividades personales. Las inyecciones de motivación ocurridas en esos momentos le agregaron valor inconmensurable.

No hubo vacaciones, desveladas o malos ratos tan malos como para devaluar el ánimo. Nunca maldije haber comenzado este reto, a cambio, muchos días agradecí la perseverancia.

En algunos momentos hubo sequía de ideas, es verdad. A veces (muy poquitas) no alcanzó para escribir una página, en otras, aunque apareció, me dejó poco satisfecho. No obstante, nunca dudé en la pertinencia de la misión.

En este ejercicio no hay saldo rojo ni déficit. Falló la intención original de manuscribirlo. No fue posible con la constancia debida, porque el tiempo faltó.

El reto de la calidad de cada una de las páginas habrá que evaluarlo con detenimiento. Habrá tiempo para ello en los próximos meses, espero. Aunque estoy conforme ahora, siempre me queda la convicción (y el reto) de que pudieron tener mayor calidad. Debo ser muy exigente en esa medida, pero también razonable: la página tenía una limitación fija de tiempo (no debía consumirme más de sesenta minutos), debía escribirse día a día, fuera de la Universidad; en lo posible, eludir los temas de mi quehacer profesional, entre otros. Habida cuenta de esas circunstancias, creo que puedo sentirme satisfecho.

Las razones para celebrar la culminación de este proyecto son varias. No sé si lo festejaré por ahora. Un libro aguarda ansioso el punto final.

Lecciones de la infancia

Antes de leerme, entiéndase lo siguiente: mis hijos son perfectamente normales. No son los más guapos o inteligentes, ni los más simpáticos o chispeantes. No los juzgo así. Son como todos: felices casi siempre, enojones en algunos momentos, prefieren el juego a la escuela; son amorosos y después de un llanto, cambian a sonrisas sin complicaciones.

Dicho eso, puedo continuar.

Estas vacaciones confirmé lo que ya sabía pero no había visto tan claro, aunque me rondaba la cabeza y estaba alojado por allí. Los niños no son adultos chiquitos, no son proyectos de persona, son personas, sin adjetivos. Si me dicen: en proceso de desarrollo, diré que todos estamos en proceso de desarrollo, porque estamos vivos, así se tengan 90 años, siempre somos inconclusos.

Lo entendí con meridiana contundencia mientras jugaban a corretearse. Leí un libro y me paré de pronto (me paré de la lectura y me puse en pie) para certificar lo que me caía como un rayo en la cabeza.

Me parece tan importante esa confirmación, que probablemente a la mayoría resulte obviedad. No lo fue para mí. No lo es. Si nosotros aceptamos a un niño, a un anciano como es, no pasaremos la vida (lo que nos toque a su lado) corrigiéndolo o amonestándolo, enfadándolo y enfadándonos con ellos.

Creo que nunca como ahora he tenido que gritar menos cuando su voces alborozadas me rompen la paciencia y desconcentran. Nunca como ahora me salió una sonrisa profunda y tranquila cuando su natural torpeza (como la mía) provoca un desaguisado, como me sucede a mí, a cualquiera.

Vivir así es excepcional, no hay duda. La razón es simple, es milenaria, creo: aprender a aceptarse, aceptar a los otros. Y vivir, y disfrutarlos.

Otra democracia es posible

Cada vez soporto menos el Facebook. Y cada vez me soporto menos cuando digo algo semejante. Solo un buen número de amigos, lo confieso, son la razón de continuar allí

Si ya me costaba trabajar pasear un rato por las olas de esa red social, con las campañas electorales en Colima se me volvió francamente odiosa. Es patético ver las expresiones de una, otra y otra parte. Lo peor de todo es que pretendan vernos la cara, como a unos perfectos imbéciles. Unos disparando hacia allá, aquellos envueltos en banderas de santidad, los otros para allá y para acá.

La democracia nuestra, me dirán los realistas, los escépticos o los inteligentes, es así. Y no hay más que salir a votar jubilosos cuando corresponda, mientras, a aguantar los baldazos de frivolidad y populismo.

Tengo la impresión, o quiero pensarlo que así, que el futuro será distinto. Que nuestros hijos, sus hijos, se cansarán de esta forma del ejercicio de la política y renunciarán a la condición de subalternos en que nos tienen sumidos hoy. Tengo un ejemplo buenísimo. Ayer, cuando subimos al auto, mi hija iba con un libro entre las manos; apenas encenderlo, las voces de una entrevista nos sorprendieron. Sin decir nada, es decir, sin avisar ni pedir permiso, lo habitual en esos casos, Mariana oprimió el botón de apagado y se callaron las voces de un candidato y su entrevistador. Se lo agradecí. Volví la mirada a la avenida, en silencio; ella, a su libro.

Así creo que vamos forjar un futuro distinto. Cuando los jóvenes de hoy, niños también, renuncien o digan no a este deprimente, decadente espectáculo donde la política es este pozo de mentiras y demagogia, y los ciudadanos, rehenes más o menos complacientes e indiferentes.

Aniversario de concepción

Un día como hoy nació el Diario 2015. Lo recuerdo con precisión, y emoción. Estaba en Manzanillo, disfrutando la placidez de las vacaciones; los hijos, lejos de la mesa de trabajo, con sus gritos y correrías. La mañana refrescaba sin temores ni preocupaciones, sin ocupaciones ni agendas. Leía a Andrés Neuman y su libro Cómo viajar sin ver; justamente un diario de viajes.

Lo conté ya: la idea de escribir un diario la había acariciado seis meses antes, cuando el mundial de fútbol de Brasil. El reto de una página en ese tema me intimidó y opté por la renuncia. Con el proyecto de Neuman me convencí que valía la pena. Y sin pensarlo demasiado (tal vez hacerlo me habría impedido continuar), lo decidí. En Manzanillo, pues, nació la idea y la primera página.

Hoy estoy en casa, encerrado en mi biblioteca y envuelto entre libros, apuntes y la computadora abierta en todo momento. Avanzo en la escritura de un libro y no pude dejar de recordar aquella circunstancia. Juan Carlos me acompaña, tumbado en el suelo, juega y silba feliz, esperando la Navidad y los juguetes.

El año ha sido fantástico, por muchas razones, y entre esas, este ejercicio cotidiano me regaló un desafío y una emoción indispensables.

El Diario está a una semana del fin. Hoy llego a la página 351. Una cantidad descomunal para el registro personal. Extrañaré el año siguiente este hábito, pero haré una pausa y apresuraré otros proyectos. Mi año 2016 delinea contornos interesantes y retadores.

Tarjetas navideñas

tarjeta navideñaA veces me da por pensar lo contrario de la marea humana. Hoy, por ejemplo, repaso los sitios más tristes para vivir la noche de la Navidad. No quiero ser un aguafiestas, y no lo seré, pero tampoco me pasa por la cabeza intentarlo.

Más que dónde pasaré esa noche, o los regalos de mis hijos, me dio por reflexionar en dónde no quisiera pasar una navidad, y no porque me derritan las campanitas, las músicas de temporada o los arbolitos fosforescentes.

Iré al grano. Creo que una prisión, un campo de guerra o un hospital son los peores sitios. En cualquiera de sus variantes: como recluso o internado, o sufriendo la pena de una persona querida.

No, en verdad no quiero insistir, pero a veces hacerlo es una forma inigualablemente perfecta de valorar la libertad, la salud, la alegría.

Ojalá nadie de los que me lea tenga que experimentar una pena así, y si la tiene, que pronto salga del trance.