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A las maestras, con cariño

Anoche recapitulé con Juan Carlos lo ocurrido en su primer día de clases. Está contento con sus dos maestras, la de las materias, la principal, y la de inglés. De ambas, desconocidas hasta ayer, se expresó en términos cariñosos. Estoy convencido de que la primera impresión puede ser definitiva en la docencia, así que me alegra escucharlo y verlo así.

Cuando le pedí detalles abundó en un hecho que no había vivido, tampoco yo como padre, hasta donde la memoria recuerda. La maestra de inglés hizo un brindis con los niños; bebieron refresco y en sus palabras confesó estar muy feliz por trabajar en el colegio y por ser la maestra de ese grupo. Las palabras infantiles fueron vehementes.

¡Es así de simple! Es así de fácil como las maestras pueden ir conquistando adhesiones y afectos; no me refiero a la bebida y al brindis, sino con hechos inusitados, sorprendiendo a los niños, haciendo algo diferente, convirtiendo a la escuela en una aventura donde siempre puede saltar un conejo de la mochila de la maestra.

¿Hace falta mucho? No. Un poquito de imaginación, otro de dinero (esta vez) y alegría para hacer de la escuela un acontecimiento no solo distinto, que lo es, sino especial, de aprendizajes cuando corresponde, de relaciones humanas, cada vez que sea preciso.

El día uno

A las 19.43 horas el indicador personal me sugirió entrar en modo “ahorro de batería” para evitar un apagón del cuerpo. Un café doble para soportar el ramalazo y luego un mate caliente para despertar la lengua son el remedio para aguantar unas horas más [eso espero].

Es el primer día de clases de los niños y solo a los imbéciles se les ocurre ese mal chiste de que ¡por fin los niños se van a la escuela y los adultos a descansar! Mire usted, pues no, hay que levantarse hora y media antes de lo habitual, deprisa preparar desayunos, sortear las calles atestadas de otros apresurados, llevarlos a la escuela y luego comenzar la jornada propia; por la tarde o mediodía, recogerlos, comer y enseguida los rituales de las escuelas que llenan de tarea a los niños bajo la idea que ninguna evidencia científica o pedagógica comprueba: que más tareas o más horas en la escuela equivalen a mejores aprendizajes y niños felices, felices, felices.

El primer día ha sido buenísimo. Los niños despertaron a tiempo y de estupendo humor, hicieron todo con calculado ritmo y estuvimos en el colegio casi media hora antes. Perfecto para evitar aglomeraciones. Salieron contentos y yo con ellos, conversando de los maestros y sus nuevos compañeros.

Mi tarde se completó con la entrega del libro nuevo, colectivo, que tendrá por título Colima: avances y retos. Educación, primero de una colección que inaugurará Fundación Cultural Puertabierta con el tema educativo.

Un día cargado de tantas emociones, y algún sobresalto, descargó mi batería y aquí estoy, escribiendo estas líneas para distraerme y volver a lo que, obligadamente, ya tendría que estar haciendo.

 

 

Tarde de sábado

1. Decía Rene Lavand, el extraordinario ilusionista argentino, que la siesta tenía como recompensa o corolario un doble amanecer. No soy asiduo a la práctica, pero hoy me rindió el cansancio de la jornada y la semana de fatigas causadas por la condición de salud que no termina de llegar al cien por ciento.

Tuve pesadillas y desperté con el cuerpo sudado, por el calor y los sueños inquietos. Pasados los minutos de reconocimiento del día y hora, me levanté con pesadez y fui a la regadera. Recordé a mamá cuando el agua bañó el cuerpo. Estaba fresca, casi fría. Cerré los ojos para continuar el recuerdo. El agua fría amansa a los locos, decía riéndose, cuando le reclamaba por un poquito de agua caliente para el baño en las tardes frías de mi pueblo. Bañarse así era común, y se me volvió hábito cuando vine a vivir a Villa de Álvarez. Solo un tiempo interrumpí esa costumbre, hasta que con rubor me descubrí esperando que saliera el agua caliente mientras el termómetro rebasaba con facilidad los 34 grados. Desde entonces, cada vez que voy al baño, la recuerdo con la misma cantaleta y su sonrisa, a la que ahora acompaño de otra, gozosa por el aprendizaje y la delicia del agua refrescante. No sé si es verdad que el agua helada aplaca la locura, sé que la mía sí se atempera, y se dulcifica en el recuerdo amoroso.

2. Hoy tuve mi segunda clase de francés en la Facultad de Lenguas Extranjeras. Me sentí más cómodo. Tenemos un excelente profesor, jovencísimo, pero con estupendos dotes para el oficio. Llegaron seis nuevos compañeros. Todos podrían ser mis hijos, pero parece no incomodarles la presencia adulta. Hoy confirmé lo que intuía, creo: los diccionarios, en este caso, español-francés, son cosa del pasado. En los celulares está casi todo y un poquito más.

¿Adiós al Colegio Inglés?

Solo una vez, hace muchos años, entré al Colegio Inglés. No lo conozco. Nunca hablé con la directora, no tengo entre sus principales colaboradores a algún amigo. Ignoro los pormenores (y los pormayores) del asunto que los tiene postrados. He escuchado en estos años opiniones sobre su servicio educativo, la mayor parte buenas, otras no tanto, como sucede con cada escuela, pero sobre eso no caben los juicios con sustento para hacerlos públicos.

Esta tarde, después de volver de la Universidad, vi un video de la diligencia de desalojo transmitido por un medio digital local. Ignoro qué harán los operadores del Colegio. Las cuestiones legales no son de mi interés, pero mi preocupación tiene un foco colectivo: las decenas de profesores que ahí laboran, desde preescolar hasta el bachillerato. Los trabajadores, en general.

Me preocupan todos ellos, entre los cuales, estoy seguro, habrá algún egresado de nuestra facultad. Cada uno de los maestros y maestras que allí laboraban me inquietan, su suerte personal y su fuente de trabajo. El Colegio tendrá unos 20 años, así que habrá trabajadores con esa antigüedad que habrán dejado parte de su vida entre sus aulas y oficinas, para quedarse, de la noche a la mañana, sin un lugar donde cumplir su tarea profesional.

Una segunda preocupación me ronda. La insolidaridad de los otros colegios privados, su falta de sensibilidad. Salvo que las pruebas del delito sean contundentes, podrían haberse externado muestras de apoyo para exigir justicia y reparación de presuntas irregularidades. Un poquito de alivio frente a la desgracia. Probablemente hubo alguna, y pido perdón. Si no es así, lamento que la competencia por el “mercado” gane de nuevo la partida.

Carta a un amigo: Pedro Vives

Querido amigo:

Cumples hoy 85 años. O como dices: 85 pirulos. ¡Felicidades! Me faltan palabras para expresarte mis sentimientos por este día. Gratitud, agradecimiento, es palabra que se acerca un poquito a ese sentimiento, porque me sale del hondo cariño que tengo por vos. De eso quiero contarte un poco.

La ocasión de escribirte estas líneas es accidental. Pude escribirte ayer, hace una semana o algunos meses, cuando te recuperaste del terrible accidente cerebral, pero lo hago ahora, porque no ha sido posible estar allí en tu casa hoy, sentados en la misma mesa de seis sillas, escuchando a veces tangos, con la copa siempre llena, a veces solos, otras en compañías entrañables y disfrutando las conversaciones de todos los temas que nos tocan.

¡Sos un ejemplo, Che! No lo olvides nunca. Mucha gente llega a los 85 años, los rebasa, con más o menos facilidad, con más o menos efectos del tiempo y quebrantos en la salud, pero alcanzarlos con la entereza, vitalidad y memoria que tienes, desborda lo ordinario.

Cuando viví en la Argentina y veía a los viejos sentados en el parque, caminando las calles de Buenos Aires, conversando con un café, era imposible el contraste: en estos pagos nuestros esas imágenes son excepcionales; allá es habitual. La vejez no se esconde, no se arrincona ni se encierra a esperar la fatalidad; persevera, sigue apostando a mañana. Personificas esa actitud, con entereza total.

A algunos colegas les fastidiará, pero he dicho a veces que lees más que muchos profesores que conozco. Eso es parte de esa vitalidad, por supuesto.Es un placer siempre estar frente a ti, a un lado, escuchando anécdotas de O’brien, tu pueblo, de Argentina; de tus correrías juveniles, de la escuela de entonces, de la vida política en tu país, de tu peronismo sin precio; o de los libros que aprendiste y sigues teniendo en la memoria en pasajes enteros, como el Martín Fierro. Disfruto también de las andanzas por el continente y por México, pero prefiero las primeras, con las discrepancias que nos arrojan nuestros colores futbolísticos, tú de River, yo de Boca, aunque compartimos pasiones por Messi y el Barça, y nos alegran los triunfos de México y Argentina, como minimizamos las derrotas.

Es un placer siempre, Che, y quiero que sigamos pasando muchas otras noches plenos y contentos, mirando siempre con optimismo y despidiéndonos con la promesa del hasta pronto.

Siempre habrá un tango esperándonos, una charla, un puñado de sonrisas, historias de alguna jermu, un tinto, un partido, un nuevo encuentro.

Un abrazo enorme, y que vengan muchos otros momentos, en Colima o donde sea.