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Días de fiesta 2

Me gustaría escribir una página cada día para este Diario. A veces no me alcanza el tiempo; la mayor parte, las ideas escasean, o el ánimo para sentarse con relativa comodidad e invertir media hora. Hoy es fecha excepcional: escribiré dos páginas; pequeña la primera, más todavía la segunda. Pero no quiero dejar pasar la ocasión de compartir la alegría de lo vivido esta tarde en la Facultad, con el examen profesional de Karla Morfín y María Luisa Ávalos, tituladas como licenciadas en pedagogía con mención honorífica, por su desempeño como estudiantes, su tesis y la exposición.

En un espacio inapropiado para un examen de esta naturaleza, nos reunimos las sustentantes (dice así el acta formal), los sinodales, algunos familiares y un grupo de estudiantes de la carrera. Fuimos testigos de su capacidad verbal, dominio del tema, seguridad y capacidad de respuesta, renglones todos donde pasaron con niveles superiores a lo ordinario.

Más importante: fuimos testigos de las emociones, de la alegría y el orgullo por haber llegado a una meta en su vida profesional y personal. Eso, en tiempos de banalizaciones, mentiras y violencia es un bien inestimable, un preciado ejemplo de muchas ideas vitales, entre otras, que el futuro siempre será la cosecha del presente, y nuestros logros, fruto del esfuerzo y dedicación. En tiempos así, insisto, es casi todo lo que una universidad debe provocar en sus estudiantes.

Días de fiesta

Extraño actividades y gestos de la Universidad de mis primeros años docentes. Hoy se acentuó, con la sensación de que los años traen costumbres y prácticas distintas, renovadas o inocuas, pero que también dejamos otras, dignas de perpetuarse.

El motivo de esta relativa desazón es que hoy por la tarde tenemos un examen de titulación de dos egresadas de Pedagogía en la Universidad de Colima, que han hecho un trabajo sobresaliente, producto de su capacidad (que todos los estudiantes comparten, en términos generales) y de su enorme disposición (donde la distribución ya es muy dispareja, a veces vergonzante).

En otros años, cuando un egresado o una egresada culminaban todo el proceso formativo mediante la presentación de sus tesis, en la Facultad lo tomábamos como día especial e invitábamos con carteles a toda la comunidad para que asistieran quienes pudieran. No siempre, pero a veces el auditorio donde se celebraban los exámenes tenía un público numeroso de estudiantes y familias.

Los exámenes de titulación son la última gran oportunidad de aprendizaje para estudiantes/egresados y profesores, y no puede reducirse al acto cerrado donde tres sinodales escuchan a dos o tres sustentantes y enseguida les preguntan. Luego, cada uno a su sitio como si fuera un día de clases normal. No, no es deseable, menos cuando todavía muchos de los estudiantes de la carrera son primeros universitarios en la familia.

Un examen de titulación es también el motivo para la celebración familiar, porque la familia ha sido clave en la preparación, porque alentó, sufragó, reclamó y estuvo atenta, pero, sobre todo, porque siempre deseó que sus hijos llegaran a terrenos desconocidos para muchísimos de ellos.

No sé si habrá “público” hoy, con Karla y María Luisa, en todo caso, para mí, haber sido partícipe como asesor y llegar a la meta es motivo de fiesta.

¡Peligro, niños jugando en la calle!

Esta mañana muy temprano, aprovechando la suspensión de clases, y encantado con su regalo de cumple, Juan Carlos salió a la calle a correr libremente su carro de control remoto en las banquetas aledañas y el jardín delantero.

Su RC, como dice él, es pequeñito frente a otros monstruos que vimos, bien equipado, con amortiguadores que parecen reales, de color rojo; lindo aspecto. Lo escogió entre varios modelos y no dudó luego de valorar cualidades de cada una de las opciones, colores y tamaños.

Enfundado en ropa cómoda y caliente por el clima fresco se colocó la mochila en la espalda y con desenfado empezó a probar su todo terreno, ya adaptado, pues de inmediato encontró la manera de colocarle una lámpara en el techo y su viejo teléfono celular en el frente para grabar los recorridos.

Su sonrisa y concentración son la prueba absolutamente contundente de que es un niño todo lo feliz que puede serlo.

Anduvo de aquí por allá, probando, regresándolo, acelerándolo, luego pasó a la acera de enfrente, más amplia. Desde la distancia lo observaba sin prisa, pues faltaba un par de horas para mi compromiso en la Universidad.

No me sorprendió verlo así, porque es la manera en que habitualmente juega. Los sorprendidos fueron los pocos transeúntes que pasaron por ahí. A una señora que enfilaba rumbo a su trabajo la seguí con la vista mientras se acercaba a él, ella atenta, mirando sus movimientos y concentración; cuando lo tuvo cerca, le sonrió y apenas se distrajo un momento para mantener el control.

Otras personas se extrañaban de ese raro espectáculo: ¡un niño jugando en la calle! Sí, parece una cosa extraordinaria, lo que tendría que ser absolutamente normal. Así estuvimos, hasta que los autos que transitaban a alta velocidad en la calle se hicieron más frecuentes; abrazó su juguete y cruzó la calle hacia donde estaba: ¡vámonos!, dijo, ya hay demasiados autos enloquecidos.

Mañana con preparatorianos

Esta mañana pasé por la Prepa Anáhuac para una charla con estudiantes. Puesto a elegir, los jóvenes preparatorianos no son mi público favorito, porque cada vez siento más temores de incapacidd para comunicarme con un grupo social tan distante y distinto cronológica y culturalmente. A la primera invitación no había podido asistir, y la amabilidad de esta segunda no me dejaba resquicio para eludirla, aunque la cantidad de trabajo lo desaconsejara. Allí estuve y como siempre, pasados los instantes iniciales, cuando tengo el micrófono en las manos, no queda más que salir al ruedo.

Mis temores se disiparon con la cara atenta y los ojos curiosos de muchos estudiantes. Probablemente abusé de algunas cifras, para ilustrarles el tamaño y la importancia del sistema educativo, o la desmesura del reto que tenemos en el país para lograr que todos los niños y jóvenes puedan asistir y permanecer en la escuela, en una escuela decorosa y con buenos maestros.

Escucharon y en su momento levantaron las manos para disparar preguntas inquietas, inteligentes. Respondí de la mejor forma posible, pero me traje una: ¿qué podemos hacer los estudiantes frente a esos problemas del derecho a la educación y la calidad de los aprendizajes?

Aprovechar, eso les dije, aprovechen la oportunidad de unos padres preocupados porque tengan buena educación.

Tal vez debí ir más allá, y por eso traigo a colación la pregunta de este chico en la primera fila, Fernando. Llamarles a asumir algún compromiso social más allá del metro cuadrado de la sombra o el confortable cobijo de la familia. No solos, por supuesto, una iniciativa desde la escuela, por ejemplo, para apoyar a niños de escuelas con carencias materiales; para enseñar que la asistencia social va más allá de la despensa, un paquete de libretas o una mochila, que hay otras formas más profundas de empatizar con los semejantes que menos tienen y más requieren.

No lo dije, creo, porque me emocionó la pregunta preocupada genuinamente y celebré que la realidad social no los deje insensibles tan pronto.

El oficio de profesor

Cerca de las 7 pm. volví al cubículo luego de dos horas de clase. Cansado por despertar temprano y la labor intensa de la mañana, no tenía ánimo para continuar, aunque la agenda reclame atención. Sin prisa, encendí la luz, revisé la actualización pendiente de la computadora, que ya había concluido, entonces la apagué, guardé mi libro, un cuaderno, los lentes en su estuche azul y la pluma en la mochila gris. Revisé que no quedara nada, ordené los pendientes del nuevo día y puse llave en los cajones del escritorio. De pie, cerré la persiana de la pequeña ventana que mira un pedacito del cielo y los árboles de la avenida. El cielo nublado y algunos gritos en la calle me distrajeron. Entonces pensé que el mío, el oficio de profesor es un privilegio: casi nunca concluyo el día laboral con quejas por realizar un trabajo que no me gusta; casi nunca lamento estar donde estoy, y casi siempre me voy recapitulando que algo salió bien y luego podrá ser mejor. El de profesor universitario, mi oficio, es una fortuna. Habrá quienes lo sufran, y se los creeré; o quien lo maldiga todos los días, incluida la quincena. No es mi caso. No quiero con eso desatar pensamientos torcidos: también tengo malos días, debo realizar actividades que no me gustan, como llenar informes absurdos o planeaciones insustanciales, pero a ese tipo de tareas no les huyo, las mido, las encaro y trato de acabarlas en la primera estocada. Luego a lo que disfruto. Así hoy, como ayer, como casi a diario.