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La política es un péndulo implacable

Péndulo. Esa es la imagen que me viene a la cabeza luego de las elecciones en Uruguay, un país que parecía estar vacunado contra ciertas tentaciones.

En realidad, los casos paradigmáticos abundan. Pasó en España varias veces en estas décadas, entre PP y PSOE; en México con el triunfo del PAN y el retorno del PRI. En Brasil, luego de Lula y Dilma. En Argentina con los K, Macri y el retorno de una de las interpretaciones peronistas.

Las decisiones populares van y vienen, apuntan a un lado y luego el viento las sopla en sentido contrario. Las decisiones de los gobernantes avivan los fuegos y fueguitos. Uno puede suponer que no hay remedio, que es así, una condición de la democracia y mejor acostumbrarse. Como ciudadano uno puede tener la esperanza que si no le gusta el gobierno que no votó, habrá oportunidad, más tarde o más temprano, de darle la vuelta.

Los que parecen inmortales son los que llegan, se sientan, y de pronto, con la varita mágica de la prepotencia tocando su rabo suponen que su mandato es divino y omnisapiente. Ocurre en los países, en los estados y en las instituciones. Pero siempre, más tarde o más temprano, el viento soplará en otra dirección y los omnipresentes de ayer perderán el halo que creían poseer, y otros llegarán para ocupar su lugar. Siempre.

Misiones de generosidad

He pasado la tarde en Buenavista, Cuauhtémoc, conversando con David Gildo, jefe de la Misión Cultural 61.

Conocí la Misión hace tres meses y durante este lapso estuve el tiempo suficiente para comprender la trascendencia de la obra pedagógica creada por José Vasconcelos hace casi 100 años, y la generosidad de los misioneros que ahí laboran, en condiciones durísimas a veces, sin confort alguno, más cerca del olvido y la indiferencia.

Hemos pasado varias horas conversando, en su espacio, lo menos lejano a una dirección que pueda imaginarse cualquier lector bienintencionado, o recorriendo las calles del pueblo, entre la basura en las esquinas, la mierda de los perros por todas partes y las camionetas que nos saludan al paso.

Ahí, donde la adversidad se enseñorea, gente como David y la maestra Celia, y todo el grupo de misioneros, cada tarde contagian a quienes confían en la Misión Cultural. Las huellas de David están en los grupos musicales que formó en todas las comunidades que lo vieron trabajar diligente y comprometido durante tres décadas.

Una labor extraordinaria que ignoraba, que valoro ahora y contaré en todas partes donde sea posible y necesario.

Sábados intensos

He pasado un día intenso, frenético en momentos. Comenzó temprano, preparándome para el curso de francés en la Universidad; luego un respiro para trasladarme a la Universidad Multitécnica Profesional, al sur de la ciudad de Colima, y presentar Colima: avances y retos. Educación. Es la parte central de la jornada. La sesión resultó como siempre en esa institución, impecable en su organización y asistencia; creo que salimos muy contentos con el resultado.

Tercer sábado consecutivo compartiendo la alegría de un libro nuevo, primero en el campus Manzanillo de la misma institución, luego en el Instituto Ateneo, la semana anterior y hoy, fin del tour sabatino. Nos quedan dos presentaciones ya pactadas, ambas en la semana, el miércoles de nuevo en Manzanillo, organizada por la Dirección de Educación, y el viernes, en el Congreso del Estado, en lo que será una experiencia inédita y una oportunidad única, esta vez, invitados por la Comisión de Educación y Cultura.

No tenemos más presentaciones para el resto del año. Por ahora es suficiente; a mí me queda un compromiso en la península de Yucatán en diez días y avanzar todo lo posible en el proyecto que desarrollo en escuelas de Colima.

Sábados envueltos en trabajo; es verdad. Habrá ocasión para otros con alegrías más personales.

Pequeñas victorias

La docencia es una profesión dura. Desgastante física y emocionalmente. Se desarrolla en contextos que suelen ser adversos a los procesos formativos que declaran las escuelas. El propio entorno de los centros escolares es espinoso; vivimos en una cultura de la banalización, fugaz; líquida, como acuñó Bauman. Una sociedad violenta y violentada, flagelada por la pobreza y por otras formas de corrupción y corrosión social que no se entierran con discursos ni leyes.

Es indudable que mucha gente trabaja en la docencia porque es una forma de ganarse la vida y nada más; no la más lucrativa, ni descansada, por supuesto. Pero también es evidente que hay maestras y educadores por convicción, porque decidieron estudiar para ello, o la abrazaron con responsabilidad, y mantienen la ilusión transformadora, aunque los años vayan desafiándolos.

Entre las razones que sostienen a el vigor de docencia están las pequeñas victorias cotidianas, que pueden caer de a poquito, intermitentemente, pero que cuando llegan, reafirman convicciones. A mí, cuando se me vacía el tanque, siempre me aparece alguna de ellas.

Hace algunas semanas impartí un curso breve en el Vasco de Quiroga, la escuela de trabajo social ubicada a la entrada de Comala. Aunque las tareas en la agenda suman y suman, los afectos me ganaron y acepté. El curso, sobre temas educativos de Colima y México, fue un encuentro grato con personas que no son expertas en ellos, pero que en la raíz de su vocación tienen que ejercer también el oficio educador.

Como resultado del curso, los estudiantes debían entrevistar a un joven que hubiera abandonado la escuela media superior, el bachillerato, el tramo más feroz donde se desgranan las generaciones de estudiantes. Elegí dos de los trabajos hechos para buscar su publicación; mañana, si no sucede otra cosa, se publicará el de una de esas estudiantes, comprometida y talentosa.

Incitar a escribir y publicar es una de las pequeñas tareas que disfruto cuando cortó la dulce fruta que producen.

Pasillos de nostalgia

Tarde de martes en la Universidad. Mi curso comienza a las 17 horas. En esta época del año el clima cambió y tortura menos el calor insoportable. Como siempre, llego puntual, de preferencia minutos antes. No hay mucho bullicio; lo más ruidoso son un grupo de niños que juegan con unos bolos gigantes, alumnos del programa que apoya la elaboración de tareas escolares y cambiaron el aula por uno de los andadores.

Desde hace un par de clases me invaden sentimientos de nostalgia. Con el grupo que trabajo cierro un ciclo: el año completo conviví con ellos. Perdí la cuenta del tiempo transcurrido para tener dos semestres consecutivos el mismo grupo. Pero mi sentimiento es también por el afecto que siento por ellos; afecto, preocupación y responsabilidad, en estricto sentido. En ocho meses se irán de la Facultad y comenzarán otra etapa de su vida, lejos de la comodidad de la vida estudiantil, de sus pesares, como soportarnos con clases a veces irrelevantes o carentes de lucidez.

Hoy llego un par de minutos antes, entro al aula, dejó mi carpeta en el escritorio y salgo a caminar en el pasillo. No abuso con los horarios, no me gusta empezar antes ni terminar la clase después de las horas. Me detengo en el descanso de la escalera, recargo la espalda baja en el muro y despliego la vista hacia los volcanes al fondo. Los vehículos pasan por la calle a 30 metros. Desvío la mirada a la izquierda y encuentro la placa conmemorativa colocada en la parte superior de la pared. Los nombres y personajes me zambullen entre recuerdos. Por unos instantes cambio el paisaje, personajes y momentos; estoy en la mitad de la década de 1990, cuando llegamos a ese edificio.

No sé cuánto tiempo pasa. Siento hondo los recuerdos. Un saludo femenino al lado me despierta y vuelvo a la realidad. Enfilo al salón con una sensación de nostalgia. ¿Cuánto ganamos y cuánto perdimos en estos años?