Expulsado del paraíso

La violencia simbólica contra los padres también existe. Tengo una brevísima pero infausta historia que contar. Sucedió una noche cualquiera, en cualquier lugar, cualquier día de la semana. También pudo ser soñado; la canícula provoca delirios. Los detalles de ese tipo son irrelevantes para el fondo e intención. El diálogo fue más o menos así.

-Hijo, ¿te canto una canción?, debes dormirte.

Así le habló el padre al hijo, cuando las horas del reloj ya no aconsejaban que los niños miraran la televisión.

-No papá, gracias, cantas como gato estrangulado.

El hijo respondió con desenfado, sin despegar los ojos de la pantalla.

A fe mía que no lo es, pero el hombre se sintió el peor papá del mundo.

A lo lejos, la hermana observó y se burló un poco. Luego, piadosa, se acercó al hombre, cariñosa, lo puso la mano sobre el hombro y suavecito le comentó:

-Ya ves, papá, ven conmigo.

El padre, como rescatado del naufragio, volteó sonriente y preguntó sin pensarlo (sí, sin pensarlo)

-¿Quieres que te cante?

-Bueno, no, papá, porque mi hermano tiene razón. Eso sí. Solo digo que vengas conmigo. Acompáñame a dormir.

Fue demasiada la goliza en contra. El padre, abatido, sintió una punzada pre infarto y pidió una tarjeta roja mientras salía del cuarto arrastrando los pies, como Adán expulsado del paraíso filial.

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