LA LECTURA COMO PRÁCTICA DE LIBERTAD

Hace tiempo decidí leer exclusivamente lo que me place. No leo por obligación y menos para rellenar un cuestionario, como padecen la gran mayoría de los estudiantes, porque es así, supongo, como lo asimilaron y reproducen muchísimos maestros. La experiencia de la lectura como opción y no por obligación es liberadora, una experiencia de libertad; o como reza el título de aquel viejo entrañable libro de Paulo Freire, jugando con sus palabras: la lectura es una práctica de la libertad, porque cada quien decide qué leer, cuándo leer, cómo leer, para qué leer o qué hacer con lo leído, aunque de esto último dudo, pues una idea que se clava como aguijón es difícil sacarla; o una frase iluminadora desvela sombras aun inconscientemente, según descubrió la neurociencia cognitiva.

Con la lectura así vivida, hay libros y autores que no puedo leer en cualquier momento, que espero ocasión propicia, como el augurio de un viernes con fin de semana cargado de horas suficientes; o las vacaciones, o un viaje, o una mañana plácida en la universidad. Mientras llega el momento, allí está el libro, esperando, más paciente que el lector, hasta el instante en que se fundirán ojos y corazón, mentes y manos con las páginas y letras, con el corazón y la inteligencia de quien las escribió.

También me resulta frecuente la sensación de no querer terminar un libro para no dejarlo atrás, para no dejar de acariciar sus pastas o sus hojas, mientras las palabras cobran vida en la imaginación. Son esos libros que no quiero cerrarlos, porque quizás sea para siempre, y entonces debo buscarles un sitio especial en  la biblioteca personal. Me sucedió con varios autores, pero con quien más sufrí esta experiencia fue con José Saramago al morir, porque suponía que aquel era el último que leería y no habría una siguiente historia. Ahora lo puedo releer, pero sé que no habrá otra novela, otro cuaderno, y eso me produce un vacío que sus obras no ocupan. A veces pienso, deliro en realidad, que tal vez haya otro perdido en algún viejo baúl, como apareció “Claraboya”, y así puedo resucitarlo un poquito.

Hay libros protagonizados por personajes tan entrañables que se vuelven parte de una dimensión casi real y nos acompañan por lo menos un tramo del camino, como don Quijote y Sancho Panza. O como personajes de Gabriel García Márquez, de Juan Rulfo, de Kundera, de Kafka.

Hay libros como aventuras y como posibilidades, como emociones, como secretos, como puertas abiertas, como ventanas infinitas, como generosos pozos de agua siempre fresca. Hay libros y libros.

Nunca he pretendido replicar ni ejemplificar mi experiencia lectora, ni siquiera por vocación pedagógica, pero no puedo dejar la imagen del salón de clases y añorar que si una de estas (nada extraordinaria) u otras muchas formas vitales de la lectura sostuvieran los maestros en primaria, en secundaria o en bachillerato, a los profesores universitarios no les quedaría alternativa que convertir a la lectura y a los libros en un aliado de la enseñanza, no en instrumento de castigo o aburrimiento. Los libros serían una oportunidad de aprendizaje, un ejercicio de la práctica de la libertad y una inyección para nuevas preguntas o emociones, y no, tristemente, lo que hoy representan en nuestras aulas para la mayoría de los estudiantes y profesores. 

Comentarios

  1. mario rendon lozano dice:

    Coincido totalmente. Mi vivencia con los libros es igual. Usted ha sabido describirla de una manera clara y veraz.
    lo felicito por esta aportación.
    Mario Rendón Lozano.
    Colima 4 julio 2013

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