ADIÓS A MAYO

Un mes transcurrió desde la última ocasión en que escribí mi página a mano en el cuaderno de papel, una libreta empastada color negro, hojas blancas con rayas de azul grisáceo. La compré algún día, no sé dónde, creyendo que tendría un destino feliz. Su inicio no ha sido tan afortunado.  

Al percatarme de lo poco que escribí en las semanas recientes, caí en la cuenta de muchas cosas: que el cuaderno estuvo conmigo cada uno de estos treinta días, dispuesto siempre, aunque no fue necesario. Más importante: durante mayo mis compromisos y preocupaciones subieron de intensidad y con el escaso tiempo libre dediqué empeños a escribir el diario en la computadora y algunas veces en el iPad. Directamente, para ahorrar minutos.

Escribir en el teclado o con la pluma es distinto. Son rituales incomparables. Cada uno tiene sitios relevantes en la escritura dependiendo de múltiples razones, desde los hábitos sempiternos hasta la pericia o la fluidez mental.

Cuando mis ideas están en flor, prefiero escribirlas directamente, porque soy más rápido tecleando y los suaves sonidos estimulan el pasaje de las palabras, su construcción, su aparición en la pantalla.

Con la mano y pluma fuente escribo con parsimonia, intentando la letra más estética, el ángulo certero de la punta, sin manchar la hoja, sin errores y cuidado extremo.

El diario 2015, además de un ejercicio de escritura y ensayo cotidiano, pretende ser un ejercicio físico, un entrenamiento para que los dedos no pierdan la rutina de las palabras manuscritas. Este mes fallé; en junio intentaré volver a la ruta.

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