DIARIO DE VIAJE

Llego al aeropuerto a tres horas de la salida de mi vuelo. Un poco antes de lo previsto. Mejor. No soy fanático del estrés, de viajar con la inquietud (o la emoción, depende). Es la primera etapa del viaje. La segunda termina en Hermosillo, a donde voy para coordinar un curso el resto de la semana. Me esperan más de 40 grados de temperatura seca y jornadas intensas de trabajo. Ambas circunstancias los tomo con paciencia.

Estas líneas salen mientras espero mi comida. Rodeado de mesas vacías. El aeropuerto de Guadalajara tiene poca gente. Elegí algo ligero. Una ensalada, agua mineral y un poco de pan. Prefiero viajar así, ligero de equipaje y del estómago. Necesito trabajar esta tarde en el hotel y luego, si el calor lo permite, caminar un poco, reacomodar ideas y regresar para una cena igualmente frugal y a reposar. Espero que las dos horas de diferencia no me afecten, aunque la primera noche fuera de casa suele ser poco afortunada.

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El viaje en el avión no ha sido placentero. Elegí un libro que debía leer, terminar de leer. Pronto las circunstancias se confabularon en contra. Atrás de mí, a la izquierda, dos ingenieros de la construcción no pararon de conversar para ellos y varios a la redonda, incluso por teléfono cuando no debían, para dejar las malditas instrucciones que no dieron antes; a mi lado, una pareja extraña, con un bebé que la mitad del tiempo estuvo bajando y subiendo, bajando y subiendo, bajando y subiendo, subiendo y bajando la mesita y la ventanilla. Varias filas atrás un niño desafinó a sus padres y nuestros oídos con un concierto de llanto. Para colmo, el respaldo del tipo de adelante no servía correctamente y tuvieron que soportarlo en parte mis rodillas. En fin. Leí y dormía una media hora, así que descansé.

Ya aterrizando terminé la última página. Tarea cumplida.

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Salí a las 17:10 de Guadalajara. Llegué a las 17:20 a Hermosillo. Nos recibe un viento caliente, sol abrazador y 39 grados de temperatura. Soportaré. No tengo duda. La primera prueba era clave.

Llegada al hotel. Camino a la habitación 203 paso por una alberca que parece espléndida, y lo mejor, solitaria. Debe disfrutarse mucho con este clima. Lástima, no soy afecto al agua en esas cantidades; prefiero la regadera discreta.

Ya en la habitación, cómodamente sentado, reparo en mi obligado olvido; esta vez, cepillo y pasta dental. Por suerte el material de trabajo está completo y ya dejo esta página para ordenar mis dos sesiones de mañana: cinco horas matutinas y tres vespertinas.

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