MANUAL PARA EL CIUDADANO 2

Es difícil sostener que todo tiempo pasado fue mejor en México. Ni eso, ni lo contrario, en absoluto. Antes existían, en general, mejores relaciones entre las personas, más convivencia entre abuelos y nietos, entre niños y calles mediante el juego; el deterioro medio ambiental no tenía los rasgos gravísimos de estos días.

También es verdad: la vida duraba menos porque muchas enfermedades que ahora no lo son, eran mortales. Los niños recibían durante buena parte de su vida una educación en casa y escuela más parecida a la instrucción militar; las mujeres eran poco menos que objetos y resolver los conflictos a balazos y machetazos era infrecuente.

La condiciones de opresión política son incomparables. Las libertades de que gozamos no tienen parangón con ninguna otra época de la historia, y hoy basta que alguien se enfade con el presidente o el gobernador y pueden insultarle sin contemplaciones (incluso, sin razones) en cualquier medio electrónico.

Ni antes ni ahora vivimos en el infierno, pero hay muchas ventajas en las sociedades contemporáneas. En el terreno más familiar, el analfabetismo del México posterior a la Revolución no se compara con el actual, aunque en el siglo XXI sea inadmisible. En el acceso a la universidad, siendo todavía elitista, hace 50 años estaba vedado para la gran gran mayoría de la población. Hay problemas, pero los logros no se pueden negar.

Hemos avanzado al mismo tiempo que perdimos cosas buenas. Pongo otro ejemplo: mejores condiciones de igualdad para las mujeres, al mismo que hijos más dependientes de la televisión o los aparatos electrónicos que nunca porque están solos ante padres que trabajan, o porque en casa ya no hay dos o más adultos cuidándolos.

El tiempo pasado fue, y ya está. El presente proyecta el futuro, y lo que nos queda a las generaciones que ahora vivimos es intentar que el porvenir recupere lo positivo y mejore lo que cualitativamente provea condiciones más dignas a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos.

Toda esta digresión, para sugerir que en el terreno de las campañas políticas encuentro menos avances de los que cabría esperar. Es verdad que hoy somos más democráticos si nos comparamos con la época de López Portillo o Echeverría, pero menos que lo deseable, posible o necesario. Esto no significa la negación de los fraudes en elecciones, o el dinero del narco infiltrado en campañas, o las televisoras y las iglesias con injerencias en procesos electorales. O autoridades electorales alineadas con partidos.

En la actual sociedad las campañas han penetrado en casi todos los resquicios de la vida pública y privada, con recursos públicos o de procedencias oscuras, que conceden ubicuidad a los candidatos en redes sociales, en el teléfono, en radio, en prensa, en televisión, en el cine. El resultado no fortalece la democracia, porque ella no se circunscribe a las campañas electorales, o peor, al día de la elección.

La democracia reclama ciudadanos que participen, voten libremente y que sus votos sean contados. Cierto. Pero si sólo la reducimos a ello, es como los ríos de Colima en época de estiaje: la democracia sin adjetivos necesita que la opinión de los ciudadanos cuente en todos los momentos trascendentes, por ejemplo, cuando se discuten leyes, reformas, presupuestos.

En ese hilo me pregunto: ¿un candidato a presidente municipal propondrá para Colima el ejercicio de los presupuestos participativos?

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