El día uno

A las 19.43 horas el indicador personal me sugirió entrar en modo “ahorro de batería” para evitar un apagón del cuerpo. Un café doble para soportar el ramalazo y luego un mate caliente para despertar la lengua son el remedio para aguantar unas horas más [eso espero].

Es el primer día de clases de los niños y solo a los imbéciles se les ocurre ese mal chiste de que ¡por fin los niños se van a la escuela y los adultos a descansar! Mire usted, pues no, hay que levantarse hora y media antes de lo habitual, deprisa preparar desayunos, sortear las calles atestadas de otros apresurados, llevarlos a la escuela y luego comenzar la jornada propia; por la tarde o mediodía, recogerlos, comer y enseguida los rituales de las escuelas que llenan de tarea a los niños bajo la idea que ninguna evidencia científica o pedagógica comprueba: que más tareas o más horas en la escuela equivalen a mejores aprendizajes y niños felices, felices, felices.

El primer día ha sido buenísimo. Los niños despertaron a tiempo y de estupendo humor, hicieron todo con calculado ritmo y estuvimos en el colegio casi media hora antes. Perfecto para evitar aglomeraciones. Salieron contentos y yo con ellos, conversando de los maestros y sus nuevos compañeros.

Mi tarde se completó con la entrega del libro nuevo, colectivo, que tendrá por título Colima: avances y retos. Educación, primero de una colección que inaugurará Fundación Cultural Puertabierta con el tema educativo.

Un día cargado de tantas emociones, y algún sobresalto, descargó mi batería y aquí estoy, escribiendo estas líneas para distraerme y volver a lo que, obligadamente, ya tendría que estar haciendo.

 

 

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