DOLORES AJENOS

Tristeza profunda me dejó la noticia del fallecimiento de un jovencito que no conocí, pero a cuyo padre, profesor universitario y amigo, aprecio desde hace algunos años.

Conocí a José Arturo Andrade cuando él laboraba, si no me falla la memoria, en el bachillerato universitario de Comala. Siempre tuvo estupendos resultados como profesor en la valoración que hacían los estudiantes. Serio, profesional, responsable. Más de una vez le merecieron ser calificado como el mejor docente. Después salí del mundo de los bachilleratos y nos encontramos menos, pero siempre conversamos amistosamente, de la Universidad, a veces del fútbol, y en la penúltima ocasión, de mezcales, porque nos encontramos en ese departamento de Liverpool.

Hace poco, ya en confinamiento, lo vi en una sucursal bancaria al mediodía. Él salía, yo hacía fila. Me dio sus opiniones sobre la página de mi Diario de ese día y nos despedimos amistosamente.

Un día, lejano ya, en mi pueblo escuché a un hombre mientras despachaba gasolina: perder a un padre o a la madre es doloroso, pero no se compara nunca con la pérdida de un hijo.

Ayer, cuando leí la esquela del director del Bachillerato 2, donde labora José Arturo como subdirector, recordé nuestros dos encuentros y me dolió imaginar la terrible pena de sufrir un dolor de esa magnitud. Me duele la partida de un joven, del hijo de un amigo y más, desde que soy padre.

Un abrazo fraterno a la familia, a José Arturo y a sus hermanas, Celina y Rosa María.

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