Las siestas y yo

No tengo buena relación con las siestas. A pesar de sus beneficios, confirmados por expertos y usuarios felices, mi romance con la siesta duró menos que los peces de hielo en el whisky de Joaquín Sabina. Las veces que lo intenté, el despertar fue amargo, peor que la intención.

Después de varios días de insomnio, hoy, cerca del mediodía, luego de terminar la conferencia que presentaré mañana, no pude más y cuando había rebasado 30 minutos de lectura, decidí que debía parar, escapar del trajín y continuar. El tío del espejo no me deja mentir.

La cosa no fue tersa. Primero, me costó mucho tiempo, bueno, un cuento de Juan Villoro de 57 páginas, así que fue tiempo bien invertido, pero que debía ocupar en otros menesteres. El despertar, una hora después, fue recibido con salvas en mi primer acto consciente, como el segundo despertar maravilloso de un día, pero con el paso de las horas, volvimos a la fría relación y aquí estoy, a las 20:59 h., apenas, tratando de escribir la página de mi Diario, leer los 35 minutos programados en lengua extranjera y el repaso preliminar de la conferencia.

No, no cabe duda que las disociaciones entre el cerebro y el cuerpo, o el corazón y la mente a veces son irreconciliables.

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