Velada eterna

Rendido por el insomnio se movía con desesperación entre las sábanas. Una hora, dos horas, tres horas. El tiempo pasaba rengueante. No supo en qué momento se le cayeron un instante los párpados y creyó que por fin escaparía del tormento de recordarla sin cesar, que abandonaría el tren con las mil imágenes amorosas que recordaba de quien no estaba más con él. Entonces, suspirando, pensó que por fin empezaba la noche reposada. Cerró los ojos. Era tarde. La maquinaria de aquel dolor no daba tregua. Ella vino veloz y alcanzó a penetrarlo, arrasando la débil fortaleza. Mientras él empezó a respirar suavemente, ella, maliciosamente cómoda se instaló en su cabeza o en sus sueños o en el proyector de las imágenes, tomó un trago de tequila y soltó la risa más vengativa que sonora, augurio de otra velada eterna.

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