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La escuela de mi niñez

Han pasado tres décadas, cierto, pero no recuerdo que en mis años de la escuela primaria los exámenes despertaran especial agitación o paralizaran el resto de las actividades escolares. Eran otros tiempos, y con ello no quiero juzgar que había mayor o menor calidad. Lo que no creo es que hayamos aprendido menos que en el presente.

A diferencia de antaño, en los días en curso las escuelas públicas y privadas aplican constantemente exámenes porque así está dictado. Entre quienes tenemos hijos en la escuela primaria, lo descubrí recién, es tema común escuchar o decir: “ayer fue el examen de español”, “mañana toca matemáticas”. La “cultura evaluadora” que padece la escuela es inocultable, casi motivo de orgullo. En sentido contrario a lo que piensan las voces dominantes, sostengo que es un síntoma de la enfermedad, no de buena salud.

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Un nuevo proyecto de civilización

En los días del huracán que asoló Colima estaba leyendo, por casualidad y compromisos, tres textos sobre problemáticas contemporáneas, con el común denominador del deterioro de nuestro planeta. Las reflexiones al respecto me resultan imperiosas, por la urgencia del tema y las ideas recogidas.

En uno de los libros a que aludo, “El año I de la era ecológica”, Edgar Morin afirma que en el mundo necesitamos un nuevo proyecto de civilización, capaz de establecer distintas formas de relación entre los seres humanos, los pueblos y entre ambos con la naturaleza. Los ejemplos de la destrucción planetaria son abundantes y la dilación en la respuesta pone en juego la propia sobrevivencia. No se necesita demasiada agudeza para entender estos pasajes de Morin: “la naturaleza vencida supone la autodestrucción del hombre”.

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Después de la tempestad…

“La naturaleza vencida supone la autodestrucción del hombre”, afirma Edgar Morin en las primeras páginas de su libro “El año I de la era ecológica”.

El filósofo francés, uno de los más influyentes y heterodoxos del mundo contemporáneo, en tan solo en ocho palabras nos recuerda la maravilla y la fragilidad humanas, que la naturaleza no es nuestra, que no es infinita y somos miembros de un sistema vital, cuyo daño en una de sus partes, más tarde o más temprano, ha de revertirse contra nosotros.

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Consensos peligrosos

“Manifiesto de economistas aterrados” es un estupendo libro escrito en 2010 por cuatro prestigiados economistas: Philippe Askenazy, Thomas Coutrot, André Orléan y Henri Sterdyniak. Desde las primeras líneas el opúsculo enfoca el centro de su crítica: “La crisis económica y financiera que ha sacudido al mundo en 2007 y 2008 no parece que haya debilitado el dominio de los esquemas de pensamiento que orientan las políticas económicas desde hace treinta años. No se han puesto de ninguna manera en cuestión los fundamentos del poder de las finanzas.” A su juicio, dicha persistencia ahondará la crisis europea, y es alentada por un consenso dominante entre “expertos”, dicen, que sólo justifica “la actual sumisión de las políticas económicas a las exigencias de los mercados financieros.”

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Página ocho

Dos acontecimientos ensombrecieron hace algunas semanas el panorama en la Universidad de Colima. Cada uno en su dimensión violenta y trágica nos dejó una cauda de sensaciones que corren del pasmo al miedo. La realidad ya nos había despertado violentamente, tiempo atrás, del sueño plácido, del “en Colima no pasa nada”, ahora añorado.

Primero fue la muerte salvaje de una estudiante de bachillerato a manos de dos sujetos drogados, según cuenta la prensa. Víctimas ellos, también, de ese flagelo mundial y mexicano, y que habrán de pagar por un acto irracional y el arrebato impulsivo de instantes que no olvidarán nunca y se repetirán todos los días, encontrando en ello, quizá, el peor castigo. Por supuesto, en el caso de que estemos frente a sujetos normales y con remordimientos en alguna parte de sí mismos.

El otro hecho que nos cimbró apenas unos días después fue la irrupción violenta de policías en el campus Coquimatlán, para disparar a un tipo que huía, miembro de otra corporación policiaca. Una escena impactante para quienes allí estuvieron, lo vivieron o escucharon a pocos metros del lugar. Del suceso sangriento no hablaré. Tampoco de las explicaciones.

Ahora pienso en la pregunta que allí escuché repetidas ocasiones pocas horas después y que luego le formularon al rector en su visita: ¿quién nos garantiza que no volverá a ocurrir? Una pregunta que surge del miedo, de la rabia, de la irritación y la valentía ciudadana.

Pero ¿quién puede garantizar que eso no volverá a ocurrir? ¿Qué o quién puede garantizar que no habrá más hechos violentos contra la ciudadanía, en Colima, en Monterrey, en México? ¿Quién puede garantizar la protección de ciudadanos e instituciones, en sus calles y espacios públicos? Quién puede, cuando el cáncer que carcome a nuestra sociedad avanzó tan letal como sigilosamente en lugares como nuestro Estado. ¿Quién puede garantizar seguridad, si en las policías se enquista también la corrupción y la impunidad?

No, no sé la respuesta ni me propongo averiguarlo. Todos somos responsables, leemos, escuchamos. Tenemos que aguantar, dicen otros. Es probable que casi todos seamos responsables, o muchos. Mis dos hijos, de menos de seis años, no pueden serlo, por ejemplo; ¿o estoy equivocado?

Aceptando que casi todos somos responsables, hay unos más responsables que otros, los que tienen la obligación de proteger a la sociedad, por ejemplo, los que cobran por la tarea, mucho o poco, son más responsables. Así que, por favor, continuemos esta dura batalla llamando a las cosas por su nombre. La lucha no está solo en las calles, también está en nuestras mentes. Desalojemos las mentiras y, tal vez, se haga un espacio pequeño para la valentía y la dignidad.