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Entradas con las etiquetas ‘Joan Manuel Serrat’

Renacer cada día

Tarde nublada, día lluvioso. Cansancio de la jornada larga. Salgo de la oficina con las tareas hechas. Cojo la mochila, la cuelgo en la espalda, apago luces y cierro la doble llave de la puerta. Es hora de descansar, pero voy sin prisa hacia el auto que me espera a dos calles del campus. Miro a un lado y a otro, distraído, abro y dejo caer el cuerpo. La mochila al asiento trasero y la llave al encendido. Arranco cuando el tráfico me permite. Apago a Rodrigo Pacheco en radio. No me gusta lo que escucho. Prefiero el disco: Sabina y Serrat. Lo conozco de memoria, pero no tengo ganas de cambiarlo o conectar el teléfono. Termina la canción; sigue Cuando me hablan del destino. Ahí empiezo a sentir que la sangre fluye de nuevo. Escucho cada verso con atención: “Cuando me hablan del destino, cambio de conversación”, dice el monstruo de Jaén; luego, otros geniales:

¿De qué voy a lamentarme?,

bulle la sangre en mis venas,

cada día al despertarme

me gusta resucitar,

a quien quiera acompañarme

le cambio versos por penas…

Me quedo pensativo, dándole vueltas, mientras Sabina termina y toca el turno de Serrat.

Viene a la cabeza un fragmento de la película El gran simulador, sobre la vida de Rene Lavand, ilusionista argentino nacido en Tandil. La asociación llega sola. En la narración de la historia, Lavand cuenta su afición a dormir la siesta, porque así, afirma, tiene el privilegio de dos amaneceres en un solo día. Sonrío y espero que el camino sea más largo.

Sí, despertar cada día, o dormir la siesta dos veces, son un privilegio nada más porque sí. El privilegio de estar vivos y sentir, aunque sea dolores.

75 años de Serrat

Olvidé donde comenzó mi gusto por Joan Manuel Serrat. A diferencia de lo que sucedió con Joaquín Sabina, a quien recuerdo desde la primera vez, como si no hubieran pasado 27 años, con Serrat la historia es más vieja, unos cuantos años más. Debió ser en la época de estudiante universitario, y es posible que las primeras canciones sean Para la libertad y Nanas de la cebolla, de Miguel Hernández, otro poeta excepcional para quien tengo sitio aparte.

A Serrat lo conocí en la Plaza de Toros México hace 20 años, en su concierto El gusto es nuestro, junto a Ana Belén, musa entre mis musas, Víctor Manuel y Miguel Ríos, en un concierto que hoy, cuando lo escucho, vibro como entonces.

Joan Manuel, Juan Manuel, Serrat cumple años 75 años y no quería dejar de recordarlo en este Diario. Una compañía musical y anímica entrañable, tanta, que mi tesis doctoral, en un gesto un poco extravagante, tiene escrito su nombre, con gratitud por las horas que estuvo conmigo durante incontables madrugadas, avanzando en una faena que pesaba como losa y urgía a concluirla.

Me pregunto ahora, si tuviera que elegir, cuáles serían mis canciones favoritas, solo por ejercitar la memoria. Encuentro muchas, pero destacan algunas, como Canço de matinada, Palabras de amor, Esos locos bajitos, Aquellas pequeñas cosas o Pare; y un disco, 1978, del cual puedo recitar todas las canciones. La lista es parcial e injusta.

El cumpleaños del Nano es motivo de regocijo. Muchas felicidades para el prodigio del Poble Sec, el yerno perfecto, como lo calificó Sabina, con quien disfrutó tanto y tanto en aquellas memorables giras de la Orquesta del Titanic y Dos pajaros de un tiro.

¡Gracias, maestro!  ¡Visça el Barça y visça Serrat!

Posdata consternada

La tarde se ensombreció. Al mediodía hablé por teléfono con mi querido amigo Pedro Vives, y con cierto esfuerzo me contó de un serio problema de salud que tuvo antes de la Navidad. Convalece en Guadalajara y confía en volver pronto a Colima. Estoy dolido y triste, pero esperanzado en la recuperación de su salud, para sentarnos de nuevo en la mesa de su casa y conversar de Argentina, de México, del fútbol, de tangos o de la vida, esta vez, lejos, bien lejos de los cigarros y el vino tinto.

El querido maestro Serrat

En la imaginaria película de mi vida la música tiene sitio protagónico. Criado entre dos hermanas, primero de la familia, primero en salir de casa y del pueblo, tuve escasos interlocutores constantes. Aunque nunca me faltaron amigos, la compañera excelsa de los primeros veintitantos años de la vida fue mi madre, pero ella, amiga y más fue, antes que todo, ternura y comprensión.

Allí, en esa relativa orfandad, la música encontró espacio para volverse imprescindible: compañía, energía, solidaridad en el dolor, arrebato frente a injusticias percibidas con alerta indignación juvenil.

La música y poco a poco la lectura y la escritura me volcaron en un mundo del que apenas lograron zafarme las muchachas en flor que por momentos me desquiciaron temporalmente. Cuando todo volvía a la normalidad y bajaba la calentura emocional estaban en casa mi leal madre y la música que acumulaba con los pesos que me sobraban, nunca muchos porque competían con libros que ansiaba leer.

Ni entonces ni hoy fui de gustos extendidos. Aunque no evado experimentos o probar otros sabores, infrecuentemente los incorporo al arsenal más íntimo.

De entonces, de esos distantes pero indispensables años viene mi afición por el cantautor más antiguo en querencias: Joan Manuel Serrat, el niño mimado del Poble Sec, como recita irónico y admirada el genio de Úbeda,  Joaquín Sabina, el otro monstruo español que idolatro.

Mi baraja musical es pobre, se agota en los dedos de ambas manos, pero soy fiel a muerte. Joan Manuel Serrat ocupa un trono que solo podría disputarle el citado Sabina. Y juntos, no podría ser distinto, acaparan el soundtrack vital.

Hoy Juan Manuel, Joan Manuel, el Nano, cumple 73 años. No lo recordaba; he leído suficiente como para no olvidarlo, pero lo extravié. Twitter me lo recordó en sus tendencias, y cuando lo leí, juro, sentí un frío recorrerme ante la idea de que se hubiera ido. Por fortuna para nosotros, para él, nada más cumple 73 y yo, conmovido, solo tengo palabras de alegría y gratitud.

¡Felicidades al maestro Serrat! Y el personalísimo agradecimiento por la compañía entrañable en una larga aventura que va de los años donde abandonaba la niñez, hasta la madurez más gozosa que jamás pude imaginar.

AQUELLAS PEQUEÑAS COSAS

IMG00022-20110429-1255Este mediodía, al regresar a casa, Mariana Belén se acercó contenta a donde me encontraba sentado en el segundo peldaño de la escalera. Su hermano luchaba por quitarse la ropa del colegio de cualquier forma y por cualquier parte del cuerpo. El natural alboroto cobraba vida en casa. Feliz pero misteriosa, frente a mí abrió su boca todo lo posible y me preguntó señalando con su dedo de la mano diestra: ¿qué ves aquí? No muy seguro agaché un poco la cabeza para mirar una línea blanca cortando la encía superior. ¡Tu diente, mi amor! Le respondí jubiloso. Nos abrazamos mientras su hermano desde la sala nos miraba con cara extrañada. En ese instante, fundidos, allí en el inicio de la escalera, me vinieron a la memoria los recuerdos de un año atrás, cuando Laura y ella me enviaron a Córdoba la foto donde mostraba el hueco rojizo abierto en su dentadura, con ojos chispeantes. Los recuerdos de aquel día, el instante actual y su algarabía me emocionaron sobremanera. Uno más, pensé entonces, y ahora que escribo, uno más de esos instantes maravillosamente cotidianos que se agolpan en la memoria, en el baúl de recuerdos imborrables, o casi, que obligan al agradecimiento por el privilegio de sentir cosas especiales ante cosas aparentemente ordinarias. Que alegran el fin de una jornada e insuflan el ánimo. Como en la canción de Joan Manuel Serrat: son las pequeñas cosas que nos deja un tiempo de rosas. Y, tal vez, nos hagan llorar un día cuando nadie nos vea.

¡Pobres vidas!

Si el trabajo dignifica al hombre, por qué se aburren tanto, preguntó al aire Joan Manuel Serrat en un concierto de 1983. Escuchándolo recordé uno de los primeros correos electrónicos que leí a mi regreso de las últimas vacaciones. El correo decía, palabras más palabras menos, lo que sigue: “Estimadas y estimados, espero que hayan pasado excelentes vacaciones. Bienvenidos a la realidad”.

Quién lo escribió no importa, en realidad es intrascendente. Y si me lo preguntan, creo que ya no lo recuerdo, pero me temo que otras muchas personas habrán redactado algo semejante a sus múltiples amigos, colegas, empleados, súbditos o superiores.

“Bienvenidos a la realidad”. Y la realidad, supongo, es el trabajo, el trajín cotidiano, las tareas y obligaciones de todos los días. Apenas leído sentí pena por la autora del mensaje. Pensé: qué desgraciada forma de vivir la vida, si dichas palabras pueden aplicarse. Es cierto, la vida tiene demasiados problemas, y hasta Mariana Belén, con sus cuatro añitos y medio, ya lo advierte.

Podríamos decir, por ejemplo, que el mundo va terminar aplastado, entre otras desgracias, por la basura que tiramos a la calle, o achicharrado por el cambio climático. Pero es el mundo que nos hemos merecido, no hay otro, y a pesar de todos los problemas, no deja de ser maravillosa la experiencia de estar vivos y disfrutar, por ejemplo, un par de hijos, un buen libro, una canción, una copa de vino, una noche fresca o tirarse entre nubes de ocio.

Aunque cada uno vive la vida como quiere, y es muy respetable, tengo la certeza de que “vivir” sólo durante las seis o las ocho semanas de vacaciones, o los días de quincena, es una forma tristísima de habitar el planeta, o es lo mismo que habitarlo en estado vegetativo. Pienso con un poquito de pesar –ya lo dije, ya lo dijo Serrat: cada uno es como es- en esas personas desgraciadas que cada lunes lamentan regresar a la realidad, como lo harán el martes, el miércoles, el jueves, y de nuevo el lunes, el martes… como Sísifo y su maldición, la de subir la piedra por la cuesta sin la esperanza de que un día se quede arriba.

Fuente: Periódico El Comentario