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Entradas con las etiquetas ‘Responsabilidad social’

HACIA LA RESPONSABILIDAD SOCIAL UNIVERSITARIA

En las páginas finales del último capítulo del libro Universidad, responsabilidad social y bien público. El debate desde América Latina (2012), Ernesto González Enders, profesor de la Universidad Central de Venezuela, propone cuatro líneas de acción para dar contenido al discurso de la responsabilidad social universitaria.

El capítulo forma parte de un volumen coordinado por el ex rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, y por Axel Didriksson, académico de la UNAM y ex funcionario en el gobierno de la Ciudad de México. Junto a González Enders escriben otros habituales en el análisis de la educación superior regional, como José Dias Sobrinho, Ernesto Villanueva y Carlos Tünnermann, quienes dan cuerpo a un volumen que merecía mejor edición de Miguel Ángel Porrúa y la Universidad de Guadalajara.

El conjunto de trabajos se unen por varias ideas poderosas que argumentan con solvencia: el compromiso social de las universidades, una singularidad que aporta Latinoamérica al mundo y que encuentra un punto de referencia en el Movimiento Universitario de Córdoba (1918); la defensa racional de la educación como un bien público y un derecho humano, cuya obligación reside en los Estados; la necesidad de adaptar las universidades latinoamericanas a las transformaciones sociales de la mano del desarrollo de sus respectivos países, así como la construcción de proyectos propios de internacionalización en respuesta al entorno global.

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Agenda para las universidades

El jueves anterior presenté una conferencia para ingresar al Seminario de Cultura Mexicana corresponsalía Colima. A continuación compartiré un extracto.

Los desafíos de las universidades son enormes y complejos. Me detendré en algunos de los estratégicos para delinear una agenda de la educación superior mexicana:
1) La UNESCO ha reconocido, recientemente, que no hay educación de calidad sin equidad, y que debemos pasar de la igualdad en el acceso todavía lejana en nuestro país a la igualdad de oportunidades de calidad.
2) Consolidar la noción de la educación como un derecho y no como una mercancía sujeta al libre mercado. La cobertura en la educación superior, por ejemplo, es un asunto de derechos humanos, un desafío ético; tenemos que preguntarnos: ¿los mexicanos deben ser educados, merecen educarse, pueden educarse? Los discursos dictan una respuesta, los hechos desmienten. A Pesar de los avances en la materia, ocupamos sitios secundarios en América Latina, para no compararnos con otros continentes.
3) Revitalización de la academia frente a tres procesos que crecen y pueden aplastarnos: la jubilación de sus académicos (no sólo como dificultad financiera, sino como problema académico); el imperio de la burocracia, que trastoca la relación entre fines y medios, y la pulverización del trabajo colegiado auténtico.
4) Ponderar la relevancia social de la educación en un contexto lacerado por pobreza y violencia. El compromiso social de la universidad es un clamor de varias reuniones internacionales; de las cumbres mundiales de París, por ejemplo.
5) La formación de los profesores que conformarán las plantas docentes en las próximas dos décadas es un asunto clave. Hoy tenemos más doctores que nunca, más investigadores en el Sistema Nacional, la pregunta es si tenemos mejor docencia que antes. El profesorado de tiempo completo, en aras de conquistar el perfil Promep de la SEP, que significa la adscripción a una élite formal, puede ganar el perfil indeseable frente a los alumnos.
6) La evaluación como un discurso técnico está desviando la mirada hacia lo formal, perdiendo de vista lo cualitativo. El frenesí por indicadores y progresos trimestrales es semejante a la pretensión de determinar el número de arcángeles que caben en la cabeza de un alfiler.
7) La universidad es una institución reflexiva y no puede abandonar dicha responsabilidad. Desde la fundación de la Universidad de Bolonia las universidades son sede de discusiones públicas, no pueden plegarse ciegamente a los Estados, aunque de ellos dependen. No es ingratitud, es la función social que les corresponde.

Fuente: Periódico El Comentario

La universidad, proyecto cultural

Frente a múltiples problemas sociales como la inequidad, la banalización de formas y contenidos culturales, la pobreza o la violencia, la escuela como institución social -y la universidad, en particular tienen una función vital: construir proyectos educativos capaces de oponerse al desasosiego cultural.

Es urgente la compenetración de la universidad en la sociedad y su participación en la búsqueda de una nueva perspectiva civilizatoria. En ese sentido, el profesor argentino Roberto Follari propone un conjunto de pistas para una inserción distinta de las universidades en el contexto. Comento tres a continuación.

Primera. Enriquecer la cultura institucional rompiendo con el aislamiento. Dice: “Llenemos la universidad con gente de la calle, con exposiciones, conferencias, mesas redondas, cursos breves de difusión con calidad… Es uno de los modos de dejar de ser instituciones fundamentalmente profesionalistas, dirigidas al otorgamiento de credenciales y títulos”.

Segunda. Fortalecer las carreras y áreas humanísticas. La educación es un espacio determinante en la transmisión de valores y bienes simbólicos; de autoconciencia y reflexividad social. Es, también, indispensable para equilibrar la idolatría por la técnica.

Tercera. La universidad tiene que ser un espacio central en la discusión plural, y debe empezar por sí misma. Es la universidad un sitio donde se debe enseñar y practicar la crítica responsable, en donde la sociedad encuentre vías de reflexión y propuestas.

Estas son algunas de las tareas más importantes de las universidades mexicanas. A ellas debemos dedicarnos, aunque a veces se pierden de vista porque se cree que la única válida es repartir títulos. No, la educación no es una mercancía, ni la universidad una fábrica de profesionistas desvinculados de sus realidades. La universidad es, esencialmente, un proyecto cultural.

Fuente: Ángel Guardián

La universidad, conciencia crítica

Perdidos en los vericuetos que a cada uno interesan, solemos perder de vista lo esencial, el sentido de las instituciones, los programas o los seres humanos. Eso concluí después de la lectura de un lúcido ensayo de Carlos de la Isla, eminente profesor del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), quien ofrece un excelente compendio de reflexiones sobre la misión de las universidades.

En principio, invita a precisar qué entendemos por universidad. No es una pregunta irrelevante, pues más que de la universidad, en singular, tenemos que hablar de las universidades, en plural y con una enorme y a veces contradictoria diversidad. Hay de universidades a universidades. Milton y Rose Friedman, padres del neoliberalismo, propusieron hace algunas décadas la noción de universidad mixta (algo así como pública-privada), también existen las universidades empresariales ligadas a los grandes monopolios comerciales, las públicas y privadas, cada una con sus múltiples variantes, desde las auténticas grandes universidades hasta aquellas que, en estricto sentido, sólo podríamos calificar como “establecimientos educativos”, un eufemismo para referirse a mercaderes de diplomas.

La disertación introductoria no es una pregunta alimentada por el ocio intelectual. Merece la pena de ser pensada y repensada para estimar, por ejemplo, cuál es su papel en la sociedad y cuánto contribuye a su desarrollo económico, pero también democrático y cultural.

En el ensayo, Carlos de la Isla recoge varias opiniones sobre el significado de la institución universitaria. Expongo algunas. Para el Cardenal Newman, dice, la “universidad es la comunidad de estudiantes y profesores que se reúnen para pensar”. Para Sartre, “la universidad está hecha para hombres capaces de dudar”, mientras que Robert Hutchins la define como “el espacio recogido para meditar los problemas intelectuales del mundo”. Karl Jaspers afirma: “la universidad es el recinto sagrado de la razón”.

Es obvio el denominador común: pensar. Una universidad no se concibe alejada de la función de pensar, meditar, analizar, dudar, razonar. Las universidades piensan y enseñan a pensar. Entonces, concluye Carlos de la Isla, la universidad es conciencia crítica de la sociedad, en especial frente a la destrucción del planeta, guerras inhumanas y azuzadas por intereses comerciales, ante el hambre y la miseria, las asimetrías sociales, la injusticia y las falencias de la democracia. La universidad tiene que jugar un papel crucial; primero, dice Carlos de la Isla, no ser cómplice de la irracionalidad y la barbarie, a las que debe denunciar y desenmascarar: “la universidad debe conservar siempre su independencia, autonomía y libertad para juzgar, denunciar, anunciar e inventar para preservar la independencia y la libertad de la sociedad. Por eso se ha dicho con mucha razón que el pueblo que no fomenta la educación superior, que no robustece su Universidad, está destinado a la dictadura -de un hombre o partido, de la miseria, de la estupidez. Porque la actitud crítica de los universitarios, de los ilustrados, no sólo de los que aún piensan en las aulas, sino de todos los egresados que son la proyección de la Universidad, constituyen la gran defensa de la libertad. Aunque hay que decirlo también: existen universitarios ilustrados que caen en el servilismo y éstos son los que generan el despotismo ilustrado.”

Si esta es la definición, o el carácter que atribuimos a la universidad, cuánto estamos avanzando en ese camino, en México, en Colima: ¿en ellas cuál es el lugar del pensamiento, de las ideas, de la crítica? Un colega del profesor De la Isla, también del ITAM, José Ramón Benito, escribió un texto urgente: “Hay que defender la inteligencia si queremos salvar la universidad, si no queremos privar al hombre y a la sociedad de una óptima, más aún, necesaria condición para salvaguardar su dignidad y lograr su desarrollo integral.”

Fuente: Periódico El Comentario

La universidad, conciencia crítica

El discurso del rector de la UNAM en la apertura del segundo encuentro de rectores del grupo Universia mereció, en muchos medios periodísticos nacionales y extranjeros, menciones destacadas. No fue una oportunidad más de expresar la opinión de otros mexicanos y latinoamericanos: a pocos metros de donde leía su mensaje lo escuchaba el presidente de la República, destinatario de una exigencia respetuosa pero enérgica, igual que otros presidentes que comparten la misma visión sobre la educación, su contribución a las sociedades y la inversión que deben hacer los gobiernos.

El mensaje de crítica y esperanza de José Narro me llevó a releer partes de un libro que tengo por excepcional, como su autor: “De la perplejidad a la utopía”, escrito en capítulos independientes por Carlos de la Isla. Allí reencontré páginas provocadoras y sugerentes. De una de ellas tomé el título para esta colaboración.

De Carlos de la Isla, de su proclama de la universidad como conciencia crítica se pueden desprender múltiples lecciones. Ahora me interesa destacar la obligación de ser participantes de su tiempo, de nuestro tiempo, entre otras vías, mediante la reflexión, especialmente en momentos en que las sociedades son víctimas de sus propios demonios, encarnados en la violencia, el crimen, la impunidad, la corrupción, la ambición, todos ellos humanos y nada más habituales en nuestra especie.

Frente a ese mare magnum de circunstancias difíciles, las instituciones sociales, la escuela en primer término, tienen que dar una batalla ardua pero necesaria: educar a los ciudadanos en las virtudes que nos hagan construir tejidos sociales donde se reinstalen la convivencia, el respeto a la diversidad y la búsqueda de la felicidad para todos.

En esa búsqueda las universidades tienen una enorme tarea, y de ella deben derivarse, entre muchos beneficios, las ideas, las preguntas y las respuestas provisionales, siempre necesarias y siempre urgentes para encontrar la brújula que reoriente el camino. En las universidades no están todas las respuestas, ni deben estarlo, pero sí está la obligación de pensar todas las preguntas.

Afortunadas coincidencias

Tengo por costumbre primitiva, desde hace algunos años, escribir mis colaboraciones periodísticas a mano, en la primera hoja que encuentro disponible. Luego, mientras la tecleó en la computadora tengo la oportunidad de revisarla y corregirla, o como también sucede, desecharla. Esta vez, mientras me disponía a escribir la colaboración de turno, leí en “El país” un artículo que llamó mi atención, por su autoría y por el título: “La ciencia y la universidad reivindican el pensamiento crítico”, escrito en coautoría por Federico Mayor Zaragoza, doctorado honoris causa por la Universidad de Colima y ex director general de la UNESCO.

En su carta los autores se adhieren a un manifiesto firmado en España por más de 900 universitarios y científicos de 45 universidades públicas españolas en defensa, precisamente, del pensamiento crítico. El texto merece una glosa aparte, y por la extensión disponible sólo compartiré un párrafo muy ilustrativo: “Creemos que ha llegado el momento de manifestar en público el malestar latente y de hacer frente al miedo ante la situación que se está creando en el país. Tenemos suficientes razones para pensar así. Entendemos que la generación de conocimiento y la capacidad de crítica son misiones sustanciales de la universidad y son también parte del espíritu científico cuando éste se quiere a la vez cívico y ciudadano. Reivindicamos, pues, el pensamiento crítico. Y pensamos que reivindicar aquí y ahora el pensamiento crítico, como científicos y como intelectuales, incluye asumir la responsabilidad de nuestro trabajo, responsabilidad que ha de ser tanto mayor cuanto más se goza de ese privilegio que es contribuir a la producción y generación de conocimiento. No sólo eso: creemos que el tiempo del silencio ha concluido. Que las comunidades científicas, artísticas y académicas deben impulsar la movilización democrática para la gran transición de súbditos resignados a ciudadanos plenos y participativos.”

Fuente: Periódico El Comentario