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La luz al final del confinamiento

Con la vacunación al personal del sector educativo en Colima se empiezan a sentar condiciones para el regreso gradual y seguro a las escuelas.

Celebro, al mismo tiempo, que el gobernador se pronuncie porque eso ocurra cuando Colima esté en semáforo verde y vacunados todos quienes debamos estarlo para agosto.

Las instituciones y autoridades educativas deben mirar el reloj y avanzar en los planes para instrumentar no sólo la vuelta a las aulas, también el escenario pedagógico más adecuado para las tareas pendientes: evaluar lo sucedido, escuchar a los maestros y estudiantes y articular las necesidades surgidas de ese diagnóstico con los tiempos y objetivos oficiales mirando un porvenir esperanzador.

La operación sanitaria y las estrategias educativas son cruciales. De la primera, lo material e higiénico, dependerán las condiciones para que en ninguna escuela falte lo indispensable en bienes y servicios. Descuidarlo puede implicar brotes infecciosos y cierre de escuelas, como ya ocurrió en Campeche.

La segunda tarea, lo pedagógico, implicará una enorme cruzada para recuperar aprendizajes y convertir las lecciones en parte del proyecto que marque un punto de inflexión en la historia local.

La escuela pospandemia no puede conformarse con volver a la normalidad de 2019. Tiene que aprovechar las condiciones que afloraron con el largo confinamiento contemplando el futuro con optimismo y alguna certidumbre.

Debe nutrirse y potenciar el valor del trabajo colectivo, la articulación entre la escuela y la familia, el uso inteligente de los medios y tecnologías, la expansión de los espacios de aprendizaje más allá de los muros escolares y el compromiso de maestras y maestros.

Colima puede ser un modelo educativo para el país, por su demografía, geografía, potencial educativo y tamaño del sistema escolar. Cómo lo harían y cuánta determinación tienen son preguntas que debemos plantearles a los candidatos al gobierno del estado que en esta materia, en general, navegan en aguas repletas de sentido común, compromisos baratos e inercias.

Por ahora, la pequeña lucecita al final del túnel aparece a lo lejos.

Ser niño en pandemia

En México el Día del Niño se celebra desde 1924, cuando se aprobó el 30 de abril la Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño, y así lo decretó Álvaro Obregón.

Será el segundo año que millones de niñas y niños mexicanos lo vivan en confinamiento, después de 400 días con las 260 mil escuelas cerradas, en medio de una reapertura gradual que apenas comenzó el 19 de abril en 137 escuelas de Campeche.

Antes de la pandemia la fecha era especial. Ya lo sabemos. Para mi hijo, por ejemplo, era la mejor semana del ciclo escolar. Se rompía la rutina, la escuela se llenaba de colores y se agregaban actividades lúdicas.

La pandemia constituye un formidable obstáculo para avanzar en la consumación de los derechos de la infancia, no sólo a la educación, salud y alimentación, sino también a los de participar, ser escuchados e incluidos.

Desde visiones adultocéntricas, los infantes, como los maestros, en menor grado, no fueron escuchados por las autoridades escolares y educativas.

Ser niño en tiempos de confinamiento tiene distintos significados: enclaustramiento; postración frente a los aparatos televisivos o pantallas de computadora, en muchos casos, ante teléfonos celulares; tareas escolares más o menos sensatas, aburrimiento; lejos de la parte más emocionante de la vida pedagógica: las relaciones con los amigos, juegos en patios de recreo, encuentros personales y abrazo de las maestras.

Ser niño en tiempos de pandemia significó, para cientos de miles, despedirse de la infancia, de los juegos y juguetes, para empezar a convertirse en hombrecito y mujercita, empeñando los años y fuerzas infantiles a cambio de unos pesos. Para otros miles, empeoró la convivencia dolorosa con los violentadores que habitan el mismo techo.

Ojalá la experiencia de la infancia en estos meses fuera sólo un sueño febril y no el adiós a las ilusiones de una carrera o una vida distinta.

Ojalá en 2022 todos los niños y niñas, de nuevo, festejen el 30 de abril en sus escuelas.

Buenas noticias: el regreso a las aulas

La buena noticia de la semana es el comienzo del regreso de los niños a las aulas en las escuelas públicas mexicanas. 137 escuelas y poco menos de seis mil estudiantes campechanos son la avanzada.

400 días después del cierre por la pandemia, las aulas volvieron a ocuparse. Los edificios fríos y vacíos volvieron a ser escuelas con la vida que les inculcan las voces infantiles.

En las próximas semanas veremos a otros estados integrarse al retorno voluntario. Si el camino es terso, el próximo ciclo escolar todos los días llegarán maestros y niños a las aulas.

Sin embargo, hay riesgos. El control de contagios en las comunidades, pueblos y ciudades es condición indispensable para que las escuelas no se conviertan en foco infeccioso. Sin cuidados, podemos vivir lo que Argentina sufre ahora: que la apertura de escuelas explote los contagios en los grupos de edad escolar.

Colima puede preparar muy bien el retorno aprovechando las lecciones de la experiencia: acuerdos políticos entre autoridades federal y estatal, dirigencias sindicales, padres y madres de familia; un plan de retorno cuidadosamente elaborado con base en evidencias y criterios técnicos; preparación del magisterio sobre los objetivos del regreso; protocolos aplicados y en condiciones de seguridad y una comunicación social eficiente, oportuna y precisa.

La última es una variable mal manejada durante la pandemia en México. Los mensajes de las autoridades circulan de forma tardía, deficiente e imprecisa, engrosando el rumor, desinformación y temores.

Ojalá las lecciones de la pandemia, cuando sean recogidas por las secretarías de educación, adviertan que es crucial la comunicación, tanto como las condiciones de las escuelas y la preparación de los maestros para las nuevas realidades.

Ojalá la buena noticia de estos días sea el principio de una transformación extraordinaria en el sistema educativo.

 

La pandemia y los derechos infantiles

Ayer 14 de abril participé en la Tercera Cumbre Nacional de Gobierno Abierto, organizada por el Instituto Nacional de Acceso a la Información. Me invitaron a un panel con el tema “Falta de garantías en los derechos humanos durante el COVID”. Hablamos del derecho a la salud en mujeres, adultos mayores, hombres y, en mi caso, la educación de la infancia.

Enseguida algunas de las ideas que expuse.

Con la pandemia todos los pasajeros del sistema educativo experimentamos efectos perniciosos, aunque de diferentes intensidades. Y de nuevo, están perdiendo más, quienes menos tienen y más requieren una plataforma para romper la transmisión crónica de la pobreza.

La pandemia nos confirma que, en el mejor de los casos, el sistema educativo amortigua la profundización de las brechas socioeconómicas y culturales, aunque algunos podrían sostener que funciona como parte de una maquinaria despiadada e insensible ante las diferencias sociales.

La pandemia es una vieja maestra sabia. No inventó los problemas educativos. Nos colocó frente a muchas pantallas para observar lo que no habíamos visto, querido ver, que diagnosticamos erróneamente o fuimos incapaces de resolver.

El confinamiento es antitético a la pedagogía, porque la educación es un proceso de encuentros, dialógico.

Significó, para millones de estudiantes, el congelamiento de los derechos que posibilitan la escuela y el trabajo pedagógico. Un paréntesis del derecho a los aprendizajes, a la socialización, al juego, pero también, a los deberes del estado de alimentar a los niños más pobres.

Otros derechos negados fueron los de opinar, de pronunciar su palabra y ser escuchados, cuando se abrieron las clases en las pantallas o por otros medios, y ahora, desde una visión adultocéntrica, muchos opinamos sobre el retorno a las aulas, menos los infantes y adolescentes.

La escritora estadounidense Anna North, poco antes de la pandemia, corregía su libro más reciente donde afirma: “Las pandemias tienen el potencial de conmocionar a las sociedades para que adopten nuevos estilos de vida”.

Hoy, están en juego muchas cosas en el sistema educativo, entre otras, la capacidad de cambiar y construir un presente y un futuro más promisorio para la infancia, o la desgracia de cristalizar la profecía de Unicef, de que podríamos asistir a una catástrofe generacional, la de los niños y adolescentes de ahora, pero también la nuestra, los adultos que no fuimos capaces de erigir un entorno social más sensible, abierto y justo.

 

Endeudando presente y futuro

En el teatro de la educación nacional se anuncian varios actos inesperados y de final incierto.

Primero. La instrucción del presidente de la República para un regreso presencial a clases antes del 9 de julio. Esta vez, habla de vacunar en las próximas semanas a 3 millones de maestros, según la nota que leo en La Jornada.

Como se ha vuelto costumbre, los pronósticos presidenciales se desbarrancan con facilidad, y si no han terminado con todo el personal médico y adultos mayores, la promesa de vacunar al magisterio para volver a las aulas es temeraria.

En segundo lugar, el escándalo provocado por las decisiones de renovar los libros de textos gratuito de primaria en un tiempo insólitamente breve, con mecanismos y responsables improvisados. Las críticas son fundadas y suscitan genuina indignación.

Si faltara, tenemos también la desorganización en la convocatoria para la promoción horizontal del magisterio, con fallas elementales para un sistema informático sin demasiadas pretensiones.

Y debemos sumarle la persistente falta de claridad en las condiciones para el retorno a las aulas.

En todos estos hechos, y en cada paso que observamos durante el sexenio educativo, cuesta mucho encontrar criterios razonables, solidez en las decisiones y algo distinto a improvisación, ignorancia o incompetencia.

Pasaba con Esteban Moctezuma y con Delfina Gómez no ocurre algo mejor, a pesar de las ilusiones de muchos creyentes en su trayectoria magisterial.

Con el mínimo sentido crítico y lejos de banderas partidistas o campañas electorales, la actuación de la SEP es desafortunada.

La peor de todas las lecciones es que la educación, como ha sido constante en nuestra historia, es un asunto de menor importancia, encargada a políticos de escasa estatura que tuvieron el privilegio de dirigirla, y la desgracia de endeudar  presente y futuro de millones de niños y jóvenes.