Cuaderno

Cuando la violencia entra a la escuela

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

Lo ocurrido en estos días —en México, en Argentina, en otros puntos de nuestra región— no puede leerse como una suma de hechos aislados. Nos obliga a detenernos.

Cuando un estudiante ataca a sus docentes o a sus compañeros, la conmoción es inmediata.

Lo primero que emerge es la pregunta por la escuela: ¿qué falló?, ¿qué no se vio?, ¿qué faltó?

Pero hay una verdad incómoda que necesitamos sostener: la violencia que irrumpe en la escuela no nace en ella. La escuela la recibe.

Llega con los estudiantes, inscrita en experiencias previas, en vínculos frágiles, en entornos donde muchas veces la palabra perdió lugar frente a la inmediatez, la saturación y, en algunos casos, el odio organizado o delirante.

Vivimos en un tiempo que amplifica todo: emociones, conflictos, pertenencias. Pero no necesariamente profundiza la comprensión. Se habla más, pero se elabora menos. Se reacciona más; se escucha menos.

En ese contexto, algunos jóvenes quedan atrapados en formas de malestar que no logran traducir.

Cuando no hay mediación simbólica suficiente, el riesgo es que el conflicto no se diga: se actúe. Esto no convierte a la escuela en culpable. Pero tampoco la deja intacta. Porque la escuela es uno de los pocos espacios donde todavía es posible intervenir en ese tránsito: entre lo que se siente y lo que se hace.

Reducir la discusión a medidas de control o seguridad es insuficiente. Son necesarias, sí. Pero no alcanzan.

La pregunta de fondo es otra; por ejemplo: ¿qué condiciones sociales, culturales y relacionales estamos produciendo para que estos actos se vuelvan posibles, incluso pensables? Hay más: ¿qué lugar le estamos dejando a la palabra, al vínculo y a la escucha en la formación de nuestros jóvenes?

La respuesta no está solo en la escuela. Es evidente. Pero sin la escuela, tampoco hay respuesta. Lo que está en juego no es únicamente la seguridad escolar. Es la posibilidad misma de sostener espacios donde el conflicto no desemboque en destrucción, donde el malestar encuentre cauces, donde alguien, antes de cruzar un límite irreversible, pueda ser escuchado.

Esa tarea es más lenta, menos visible y más exigente que cualquier protocolo. Pero es la más urgente. O por lo menos, un camino.

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