Cuaderno

México no es piñata de nadie

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

La presidenta dijo hoy que México no es piñata de nadie.

Tiene razón.

Ningún país extranjero debería usar a México para sus campañas electorales, sus guerras comerciales, sus obsesiones ideológicas o sus necesidades de encontrar culpables cómodos. La dignidad nacional no es un juguete diplomático ni una bolsa llena de dulces para que cualquiera venga a robarla.

Hasta ahí, de acuerdo. Nosotros tampoco deberíamos hacerlo contra otras banderas.

El problema comienza cuando uno mira alrededor y descubre que, si bien México no es piñata de nadie de afuera, lleva décadas siendo piñata de muchos de adentro.

Mientras exigimos respeto internacional, los mexicanos hemos desarrollado una notable capacidad para sacudir el árbol nacional hasta que caiga el último fruto. Y vuelta a empezar.

Unos se llevan contratos, otros concesiones, otros plazas, otros favores, otros
silencios y algunos, los más talentosos para el mal, se llevan todo al mismo tiempo.

La lista está barnizada democráticamente: gobernadores deshonestos, alcaldes enriquecidos, líderes sindicales eternos, empresarios favoritos, funcionarios que descubren súbitamente el amor por las residencias de lujo, familiares inescrupulosos, policías corrompidas, legisladores que cambian de principios con la misma facilidad con que cambian de bancada y criminales que parecen disfrutar de una protección que los ciudadanos honestos jamás conocerán.

Advirtámoslo claro: no es un problema de colores, ni partidos políticos.

México ya fue saqueado por quienes juraban defender la Revolución, por quienes prometían modernizar la economía, por quienes ofrecían alternancia democrática y por quienes llegaron anunciando una transformación histórica.

Cambiaron los logotipos, cambiaron los eslóganes, cambiaron los himnos de campaña. Lo que parece resistirse al cambio es la tentación de confundir el servicio público con una oportunidad de negocio. Con una piñata apetitosa.

Por eso conviene escuchar la frase completa, aunque nadie la haya pronunciado así:
México no es piñata del extranjero. Pero tampoco debería ser piñata de sus gobernantes, de sus partidos, de sus grupos de interés, de sus mafias, de sus élites económicas.

Porque la soberanía no consiste solo en impedir que otros nos golpeen. Consiste también en dejar de golpearnos nosotros mismos.

Distingamos entre patriotismo y complacencia. En México oscilamos entre dos extremos igualmente pobres: quienes creen que criticar al país es traicionarlo y quienes disfrutan describiéndolo como un fracaso permanente.

No repartamos certificados de inocencia a quienes usan los mismos colores o partidos. Eso no es solidaridad, es connivencia.

Quizá algún día logremos esa hazaña extraordinaria: indignarnos con la corrupción sin preguntar primero quién la cometió; exigir justicia sin revisar la militancia del acusado; defender al país sin confundirlo con un gobierno; y criticar a un gobierno sin desear que fracase el país.

Ese día, tal vez, México dejará de ser una piñata y comenzará a parecer una república.

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