Cuaderno del Mundial 2026

Mis escritores en el fútbol

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

Hay personas que recuerdan los mundiales por los goles. Otras, por las camisetas, los estadios o las canciones oficiales. Los más privilegiados, por los trofeos que conquistaron sus selecciones. Excepto el último motivo, también conservo recuerdos por algo de todo eso. Pero cuando repaso mi biografía futbolera descubro otra colección menos visible: una biblioteca.

Todos tenemos una selección de jugadores favoritos. Yo, además, tengo una selección ideal de escritores. Con ellos he jugado algunos de los mejores mundiales de mi vida.

He vivido muchos partidos acompañado por escritores. No son escritores que celebran únicamente la victoria. Todos, a su manera, han escrito sobre la fragilidad: la derrota en Eduardo Galeano (claro, también la victoria de Uruguay en Brasil ’50), la melancolía en Eduardo Sacheri, la ironía en Juan Villoro, la mirada crítica en Martín Caparrós, la reflexión en Jorge Valdano, el humor de Roberto el Negro Fontanarrosa. Quizá por eso me resultan tan memorables. Nos ayudan a entender que el futbol es importante precisamente porque no lo es tanto. Porque en él ensayamos alegrías, pérdidas, lealtades, ilusiones y desencantos que pertenecen a la vida.

Todos ellos vivieron y persisten en libros, periódicos, columnas, entrevistas y conversaciones, o en películas basadas en sus historias. La más especial: Metegol, con un guion coescrito por Sacheri basado en un cuento de Fontarrosa, que mi hijo y yo, él pequeñito, de cuatro años, disfrutamos muchas veces en cines argentinos, y luego en casa, cuando compramos la película. Hoy volvería a verla con Juan Carlos, aunque no sé si él estaría de acuerdo.

Gracias a esos escritores estupendos aprendí que el fútbol es algo más que noventa minutos y un marcador final. El que fuera. Este deporte puede ser memoria, identidad, política, humor, nostalgia, belleza y hasta una forma de entender la condición humana. Algo de esto sabía Albert Camus, aficionado al balompié, premio Nobel de Literatura, quien habría cincelado una frase que sacude los templos de la academia:  “Todo lo que sé con certeza acerca de la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”.

Entre todos ellos, el primero que aparece en mis recuerdos ahora es Juan Villoro. Tal vez porque es paisano y porque tiene el talento de escribir sobre futbol sin dejar de escribir literatura de la mejor. Y porque tuve la fortuna de conversar con él justamente del balompié, en una velada con colegas y amigos en Colima. En las páginas de Juan encuentro una mezcla de inteligencia, ironía y emoción. Villoro parece decirnos que un estadio también puede ser una biblioteca y que los aficionados, a veces, somos personajes de una novela colectiva. O tal vez ya lo dijo y lo plagié.

Muy cerca de él está Martín Caparrós. Un periodista que debería estudiarse en todas las carreras de periodismo en nuestro continente. Martín, hincha de Boca Juniors, es menos sentimental, más incómodo, más dispuesto a cuestionar las certezas. Lo leo como quien conversa durante horas después de un partido interminable. Sus reflexiones me enseñaron que el futbol también puede ser una excusa para hablar de países, desigualdades, sueños y desencantos. En su libro El hambre me inspiré para un libro no publicado aún.

Juan y Martín escribieron juntos un libro epistolar (Ida y vuelta) durante el Mundial de Sudáfrica 2010. Ahora reanudaron el intercambio en el Mundial de México 2026, una suerte de duelo fraterno con sus ataques y contraques. El título no podía ser más certero para un encuentro estelar.

Eduardo Galeano es el escritor que más profundamente marcó mi manera de sentir este deporte. Nadie como él para convertir una gambeta en poesía o una derrota en una historia digna de ser contada. Cuando caminé sin prisa las calles de Montevideo fui a su café predilecto, por suerte, vacío, y no elegí su mesa; preferí sentarme frente a él, para pasar las horas comiendo y tomando mientras en su silla lo imaginaba sonriente e hilando historias.

Galeano jugaba con las palabras como otros jugaban con la pelota. Nos enseñó a “sentipensar”: a anudar razón y emoción, crítica y pasión. Gracias a él comprendí que los aficionados también construimos memoria y que cuando llega el momento del partido, hay que colocar un letrero en casa o la  biblioteca que diga: Cerrado por futbol.

Después aparece Eduardo Sacheri, cronista de las pequeñas épicas, hincha de Independiente de Avellaneda. Sus relatos me recuerdan que el futbol ocurre mucho antes y mucho después del silbatazo final. Vive en los barrios, en las conversaciones de café, en los amigos que discuten una jugada durante años o en una misión para cuidar a la hija menor de su amigo. En sus cuentos y novelas encontré el eco de millones de vidas anónimas atravesadas por una pelota.

Jorge Valdano tiene sitio especial. Argentino campeón del mundo. Autor de uno de los goles de aquella final de México ‘86. Para mí ocupa otro lugar: el de quien fue capaz de pensar el fútbol desde la cancha y contarlo con una lucidez exquisita. Valdano me ayudó a descubrir que la inteligencia también juega, y que la elegancia engrandece.

Finalmente, jerarquía caprichosa de la memoria, aparece Fontanarrosa. Nadie retrató mejor la comedia humana que habita en las canchas. Sus personajes exagerados, entrañables y ridículos se parecen demasiado a nosotros. Leyéndolo comprendí que el humor también es una forma de amor por nuestro deporte.

Con los años he leído a muchos otros autores. Varias biografías de legendarios jugadores, como Iniesta, Cruyff o Maradona. Las locuras geniales de Pep Guardiola. Pero son aquellos quienes integran mi alineación titular. Ellos fueron mis interlocutores favoritos cuando la televisión estaba apagada. Mis compañeros de viaje entre un mundial y otro.

A veces imagino una cancha imposible. El césped de papel. Las líneas trazadas con tinta. No hay tribunas sino estanterías. Galeano avanza por la izquierda. Villoro organiza el juego. Caparrós increpa al árbitro. Sacheri conversa con los espectadores y, como buen profesor, da clases. Fontanarrosa provoca carcajadas en el banco. Valdano explica la jugada antes de que ocurra, listo para lanzarse por la banda hacia la portería enemiga un domingo cualquiera en el Estadio de CU o el Azteca.

Yo, sentado en algún rincón de esa cancha-biblioteca, sigo leyendo el partido. Porque una parte de mi historia en los mundiales no está hecha de goles, sino de páginas y conversaciones.

Leo a Galeano, Villoro, Sacheri, Valdano, Caparrós y Fontanarrosa… como otros juegan al futbol: para seguir participando en el partido. Para ganar el partido de mi vida. O perderlo con una sonrisa satisfecha.

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