Lo mĂo con JoaquĂn Sabina fue amor a primer escucha. HabrĂĄ sido en 1991 o 1992. Estaba en el Distrito Federal, estudiando en la UNAM. Entonces, como ahora, disfrutaba caminar sin rumbo, silencioso, solitario. AsĂ llegaba a Ciudad Universitaria; una ilusiĂłn juvenil en sĂ misma.
A veces bajaba a la Facultad de FilosofĂa y Letras desde el estadio universitario, luego de tomar el colectivo en la esquina de mi departamento, entre Xola y Universidad, colonia Narvarte. Otras, subĂa desde el metro Copilco, cuando viajaba desde la estaciĂłn mĂĄs cercana, EtiopĂa.
Ya en FilosofĂa, antes de las clases o estudiar en la Biblioteca Samuel Ramos, deambulaba por la romerĂa de los pasillos aledaños. Una mañana mis oĂdos descubrieron a Sabina. Me quedĂ© parado, dudĂ© unos instante, regresĂ© y tomĂ© el disco: El hombre del traje gris. No pude escucharlo de inmediato; no tenĂa forma, asĂ que debĂ esperar la prĂłxima visita a la casa familiar. Fue pronto: ese o el siguiente fin de semana. Me encerrĂ© la tarde del viernes y lo escuchĂ© en mi equipo todavĂa nuevo, hasta aprenderlo de memoria, cada canciĂłn y cada verso.
De allĂ a la fecha, 23 o 24 años, ÂĄquĂ© mĂĄs da!, ninguna desavenencia, ningĂșn conflicto, ningĂșn reproche. Casi siempre el siguiente disco fue mejor, pero sigo escuchando los primeros, aunque uno de ellos, mi favorito, no le guste a JoaquĂn. Inventario, se llama.
En una semana los aficionados a Sabina tendremos nuevo disco. Ya lo espero con la misma pero cada vez mĂĄs madura alegrĂa de aquella tarde en que lo descubrĂ, tirado en el piso de mi habitaciĂłn.

Hesed
En mayo lo vamos a tener en Guadalajara, buena oportunidad. Saludos Doctor.