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LA ENSEÑANZA PRIVADA TAMBIÉN ES PÚBLICA

Leí con interés varias notas periodísticas sobre la nueva ley de educación estatal en Puebla. Una lectura descuidada sesga juicios. Omitiré los míos, en tanto no se basen en la revisión del documento en cuestión.

No obstante, me detengo unos momentos para escribir al respecto, porque tengo algunas ideas con conocimiento de hechos. Puebla, como todos las entidades, tiene la obligación de armonizar su ley estatal con la nueva Ley General de Educación. En ese marco, se suscitó una polémica por el presunto atropello del gobernador poblano en contra de las escuelas particulares. El tema debe dirimirse legal y políticamente, porque tiene implicaciones serias, de comprobarse la verdad de las acusaciones contra el singular personaje.

La enseñanza privada cumple una función pública, como alfabetizar, socializar, instruir, preparar a los más jóvenes para incorporarse a la vida social y en algunos niveles, formarlos para la vida productiva y la ciudadanía.

Estoy convencido que la educación privada en México está flojamente regulada; que cualquier persona en casi cualquier espacio puede abrir una escuela sin muchas complicaciones, ni sujetarse a criterios mínimos de calidad educativa. Basta con cumplir un  procedimiento administrativo y las instituciones son aprobadas.

Eso no sucede en otros países. Pongo un ejemplo palmario: en México las instituciones de educación superior pueden abrirse sin pasar ninguna evaluación institucional o de las carreras, con objeto de acreditar su calidad. Una vez abiertas, tampoco están obligadas. O sea, puede ofrecerse instrucción basura sin problema, si los alumnos y sus familias aceptan y pagan.

Con aquel escenario es fácil adivinar consecuencias: la educación de los particulares no garantiza calidad académica; con frecuencia ofrecen muy pobre enseñanza en sitios precarios y con programas elaborados por inexpertos o despachos con todólogos. En fin.

Sí, creo que la educación privada en México debe regularse mejor, con criterios basados en la relevancia y solidez de sus programas, maestros, sistemas e instalaciones. Pero creo también que las autoridades educativas en todos los niveles, repito, en todos, tendrían que demostrar una sólida competencia o formación en el ámbito, y que no cualquiera podría sentarse en una silla desde la cual se toman decisiones que afectan las vidas de miles o millones de estudiantes y maestros.

COLIMA Y LA PANDEMIA

Los domingos de esta cuarentena interminable opté por disminuir casi a cero mis actividades laborales para la Universidad. Hoy no fue la excepción. La tesis del equipo de Gabriela, Elías y Uriel me espera a mañana, para revisarle detalles finales y expedirles la carta de aprobación; así será con las tareas que me enviaron los estudiantes del curso. Muy temprano me desembaracé del compromiso de la columna semanal y por la noche solo quedaba un par de revisiones finales.

Los domingos es el único día que descanso todo lo que puedo, pero no me desparramo en el sillón a ver la tele o tirarme selfis. Es divertido y respeto a quienes lo hacen, pero les envidio: me aburro.

Descanso como me gusta y recupero energía: en silencio, a veces meditando, mirando el cielo o leyendo en territorios lejanos a la academia. Las películas no son mi afición favorita. Escuchar y ver música sí, eso me gusta. En ello estaba esta noche, cansado ya, cuando abrí Twitter. Me arrepentí. La cifra de muertos y contagiados por COVID-19 en Colima no para. Leí varias notas al respecto, y recordé mi salida más reciente a Soriana, con el alboroto en las calles como un día cualquiera; recordé el viernes que Mariana y yo debimos pasar a su colegio para recoger libros y materiales, con el lleno del estacionamiento en Walmart al mediodía. Entonces, solo me queda cerrar los ojos, esperar que la noche termine y que la curva se aplane de una puta vez.

PANDEMIA Y UNIVERSIDADES

Muchas horas de trabajo reciente dediqué a estudiar las consecuencias de la pandemia en las instituciones de educación superior. Complemento el aprendizaje con una dotación sustanciosa de seminarios web y conferencias en línea con personas de distintos lugares del mundo, en temáticas diversas y posturas amplias.

Cuesta procesar tal profusión informativa. El cuaderno rojo que destiné para tomar notas suma sin cesar páginas en tinta negra. A veces pauso la agenda y observo otros paisajes, luego vuelvo.

En la semana leí, entre otros documentos, el libro con más de treinta capítulos breves escritos por académicos del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM, que me envió su director, Hugo Casanova, con quien tuve la fortuna de estudiar en uno de sus cursos de posgrado.

En el libro encontré algunos capítulos muy interesantes; lo mejor es la intención de contribuir a un debate que va requiriendo puntos cardinales para no sucumbir ante la infodemia.

Entre las reflexiones más interesantes que escuché están las de Boaventura de Souza Santos en su conversación con Pablo Gentili para el Ministerio de Educación argentino. Para “Boa”, las universidades antes de la pandemia ya vivían acosadas, maltratadas por el gobierno en algunos países, como Brasil; en otros, sujetas a restricciones presupuestales, México por ejemplo.

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ALUMNOS O ESTUDIANTES

En México se celebra hoy el Día del Estudiante. La ocasión es propicia para la reflexión sobre ellos, desde un ángulo inédito: estudiantes sin escuela, estudiantes en casa, estudiantes con enseñanza remota en situación de emergencia.

Jorge Larrosa, en un estupendo libro, P de profesor, diferencia entre jóvenes, estudiantes y alumnos. Desde su punto de vista la frontera es nítida: la juventud es una condición biológica, una edad, una etapa de la vida. Crítica la “juvenilización” de los jóvenes, como un proceso “por el que algo o alguien se convierte en un cliché, en una máscara, en una imagen, en una especie de doble convencional de lo que es”.

Los alumnos lo son a partir de que se inscriben a la universidad (ese es el ámbito de sus reflexiones, pero podríamos extenderlo): “es una condición puramente administrativa. Y se constituyen en alumnos, también, en el momento en que atraviesan la puerta de la sala de aula y ocupan su lugar”. Les preocupa su calificación, la forma en que deben presentar sus trabajos; toman la materia como trámite.

Estudiante es una condición “existencial y pedagógica”, a la cual debe llevar el profesor a los alumnos, quienes ya en ese papel asumen una actitud y compromiso más allá de notas y pruebas.

Aplicado al lenguaje nacional, caricaturizaría: el alumno se conforma con pasar de panzazo y solo por cumplir requisitos o cubrir créditos.

Con esas disquisiciones, podríamos concluir: alumnos son todos, ser estudiante es un proceso o un camino.

¡Felicidades a los estudiantes!

La nota color esperanza

El fútbol alemán volvió a las canchas la semana pasada, sin aficionados. Hoy la nota genial la brindó el club Borussia Mönchengladbach, en su estadio, el Borussia-Park: 13 mil aficionados del club pagaron 19 euros para apoyar a su equipo con su fotografía pegada a un cartón en el graderío. Para darle un tono más delirante a la idea, abrieron también espacio para aficionados del equipo contrario que, en menor proporción, también estuvieron presentes y sonrientes. Hoy cambio mi concepto de la frialdad con que conocí a la poderosa maquinaría teutona.

LUCES Y SOMBRAS

Mentiría si no confesara que estoy contento, dentro de la perplejidad. En estos días he cosechado muchos frutos del trabajo cotidiano en el encierro forzoso. Hoy el blog “Distancia por tiempos”, de la reconocida revista Nexos, publicó un artículo que tejí con los hilos de muchas personas que la semana pasada aportaron sus generosos comentarios. La sola inclusión me hace feliz, porque cumplí un objetivo y el resultado me dejó muy satisfecho.

Ayer se publicó en El Diario de la Educación, mi casa periodística en España, un artículo que fue recibido estupendamente en redes sociales. Junto a esos, tengo otros motivos para el gozo y algunos más vienen en camino, pero no puedo esconderme de la realidad atroz.

México vivió hoy su peor día por la pandemia, según el número de muertes reconocidas. La contabilidad fúnebre es incesante y si la maleable estadística del súper subsecretario de Salud no hace magia, la siguiente semana rebasaremos los diez mil fallecimientos.

Aunque la curva se aplanó, oficialmente, el gobierno no termina de entender que la realidad no cambia a golpe de discursos y conferencias mañana, tarde y noche. Para muestra otro botón: la corrupción, según informa el INEGI, aumentó en 2019.

No hay tiempo para divisiones o fracturas, es verdad, pero tampoco para las aventuras irresponsables y el negacionismo. Ojalá mis peores pronósticos fallen. Ojalá.