¿Dónde está el equilibrio?

Hace días leí el comentario en redes sociales de una persona que no conozco. Era mujer, solo eso registré, además, por supuesto, del contenido. Confesaba estar harta de “romantizar” la pandemia.

No me había pasado por la cabeza la idea de lucrar emocionalmente así, declarándonos enamorados, de palabra o hechos, por una circunstancia que tiene al mundo convulsionado y se convertirá en uno de los momentos más terribles de la historia del siglo XXI, por lo menos de la primera mitad.

Romantizar la pandemia, si entendí el contexto, equivalía a tratar de suavizar la negrura de la noche, encontrar aspectos positivos, quizás cursis: recuerdo ahora el video genialmente diseñado por la Asociación del Futbol Argentino; el mensaje más simpático del director técnico catalán, Pep Guardiola; la canción que canta La Oreja de Van Gogh o los cortos de distintas ciudades; antes, los cantantes italianos mirando azoteas y calles vacías. Llamadas todas a la responsabilidad, a la cordura, a controlar la impaciencia; pero también de gratitud y solidaridad con quienes se juegan la vida todos los días en ocupaciones vitales.

Por otro lado, tenemos a la pandilla de instigadores, gatilleros que aprovechan todas las circunstancias para disparar a la cabeza de sus enemigos; infectados de intolerancia y con el instinto fratricida a flor de piel. Que no desaprovechan la menor oportunidad de agredir o insultar con palabras, porque tal vez de frente les sobra cobardía y tiran con frecuencia desde el anonimato.

En el medio o en los extremos habrá otras posiciones, pero apunto las dos que observo con más claridad y mayor número de partidarios. Si tengo que formarme, me sumo a los primeros, que toman las lecciones de lo que sucede y, a veces con nostalgia, se repiten: era tan fácil caminar tranquilamente, salir con amigos, tomar una copa, abrazarnos y besarnos, era tan fácil vivir sin este miedo a que, en cada instante, fuera de casa, cojamos un problema para nosotros y la familia.

¿Dónde está el equilibrio entre una y otra actitud? Depende. Depende de la escala de prioridades y valores, de la calaña de cada cual. Rehuyo a los segundos, casi por sistema. Y cada vez tengo más clara una lección personal imborrable de esta pandemia: eludir el olor de la sangre ajena, del odio a lo diferente como estrategia cotidiana.

No apuesto a esconder la cabeza; debemos estar informados, enterarnos, leer distintos medios, de México y otros países, atender la información oficial, cuestionarla cuando sea preciso. No se trata de la ingenuidad porque sí, pero tampoco del discurso de la amargura y el terror. La situación no es grata ni fácil; al velorio no precisamos simular dolor. Necesitamos valentía para enfrentarnos a lo desconocido y esperanza para darle vuelta a la desgracia.

Sí creo, como muchos, que esta pandemia nos hará distintos. A algunos, mejores; otros iguales o peores, todos con sus manías.

No creo en milagros, pero sí en la infinita capacidad de aprendizajes y resiliencia del ser humano.

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