No todas las maestras son ignorantes

Escribo estas líneas apenas observar un video de solo dos minutos y 20 segundos en el cual la reportera, sarcástica sin piedad, exhibe las inadmisibles ignorancias de un grupo de maestras a las cuales entrevista con preguntas que cualquier ciudadano medianamente instruido tendría que conocer: la capital de los Estados de México o Chiapas, el nombre del primer presidente mexicano, una división matemática o el pretérito del verbo amar. Las respuestas fueron, en todos los casos, desacertadas, algunas grotescamente.

El video, de Imagen Televisión, es un buen producto de ese estilo tan habitual para escandalizar y mofarse, aunque sea fugazmente: sin contextos, sin análisis, sin contrapesos, sin respeto a las personas, exhibiendo a las maestras frente a sus alumnos.

Lo que esconde la nota evita la comprensión: ¿cuántas maestras fueron entrevistadas en total? ¿Las tres o cuatro que aparecen, o diez, veinte? ¿Ninguna respondió correctamente alguna pregunta? La conclusión es peligrosa y falsamente simpática: “todas las maestras son ignorantes y no saben ni lo que deben enseñar”; “las maestras son un costal de ignorancia”; “en estas manos se deposita la instrucción de los niños mexicanos”, y perlas de racionalidad semejante.

El desconocimiento de dichas maestras es elemental, y lamentable, tanto como el estilo periodístico, la rudeza de las formas, el descrédito sin piedad, la preeminencia del chisme, la visión miope. Lo que este estilo busca no es acercar elementos para la comprensión, menos la verdad (si existe), solo una nota de impacto, titular de escándalo, un poco de gasolina a la cretina hoguera de la incomprensión.

Es claro: con maestros iletrados, sin una base cultural mínima, el esfuerzo para que la educación sea un proceso de salvación de la barbarie social está prácticamente cancelado, pero no son las maestras las culpables. La responsabilidad es compartida y muchos los interpelados: las instituciones formadoras de maestros, las políticas de contratación que alimentaron las aulas de educación básica, las componendas, las prácticas oscuras y corruptas, las decisiones que se tomaron lejos del interés pedagógico y un largo etcétera que, reitero, no pretende disculpar lo imperdonable.

Admitamos que a la prensa le corresponder encender la luz para apreciar las zonas feas o sucias, o que en su decálogo no tiene como prioridad informar verdades sino noticias; sin embargo, un rincón no es suficiente para descalificar una profesión donde no sobran zafiedad e indiferencia, pero abundan docentes brillantes, comprometidos y generosos.

 

Comentarios

  1. Edgar dice:

    Es correcto Juan Carlos, al mirar el trabajo de la colega me sentí incómodo por el estilo tipo reportero gringo de las series gringas. Si bien es cierto nuestro país tiene severas carencias en muchos ámbitos, entre ellos el educativo, pero la forma de ridiculizar y exponer no es de mi agrado y coincido con las preguntas que planteas a cerca de si fue la única entrevistada y cómo se seleccionó. Por lo pronto admito que no vi el video completo, me dio pena la humillación, sentí casi lo mismo que cuando Loret entrevistó a Kalimba y que más tarde el propio conductor admitiría en una entrevista que es lo más bajo que ha hecho.

    • Hola Edgar, gracias por leerme y dejarme tu comentario. Eludí profundizar en la reportera y esa clase de periodismo, pero tu autoridad profesional y moral te concede los argumentos suficientes para cuestionar ese tipo de ejercicios. Me alegra la coincidencia contigo; me pesan esos lastres en educación y en la prensa.

      Un abrazo.

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