TEMAS INVISIBLES PARA LA REFORMA

El analfabetismo no es una hierba dañina que debe erradicarse; es la expresión de una sociedad injusta, decía Paulo Freire. En ese pensamiento anida una profunda concepción del sentido social de la educación y su naturaleza política. No es el único, pero el analfabetismo es uno de los datos más reveladores del clima educativo de una sociedad y la jerarquía de valores de sus gobiernos. Lo fue antes, cuando se pugnaba por elevar las condiciones de escolarización en nuestro continente, y hoy  frente a los discursos de la sociedad del conocimiento en países donde persisten desigualdades enormes.

En uno de sus más recientes libros, “Pedagogía de la igualdad. Ensayos contra la educación excluyente” (Siglo XXI, Buenos Aires, 2011) Pablo Gentili, argentino radicado en Brasil, expone algunas cifras que ayudan a comprender (y problematizar) el panorama educativo en Latinoamérica, a partir de la revisión de varios indicadores en las últimas décadas.

En el examen del analfabetismo entre 1950 y una proyección a 2015 (datos de Rama, Nassif y Tedesco, y estadísticas de la CEPAL), se aprecian los progresos, pasando de un analfabetismo promedio de 26.3% en 1950, a 8.3% en 2010, que podría disminuir a 7.1% en la mitad de la década en curso. Para el caso de México, en 1950 el analfabetismo era de 43%, es decir, hace 60 años cuatro de cada diez mexicanos (mayores de 15 años, la medida del analfabetismo) eran analfabetos, pero hubo una disminución visible de aproximadamente ocho puntos porcentuales cada década, moviéndose a 34.6% en 1960, 26.5% en 1970, 18.7% en 1980 y después una desaceleración: de 10.5% en 1995 a 8.8% en 2000, hasta alcanzar 6.2% en 2010.

Los resultados de una política de expansión de la escuela están a la vista, pero los avances son insuficientes: el analfabetismo que presenta México no está distante de países como Bolivia (9.4%), Brasil (9.6%), Jamaica (9.8%), Panamá (6%) o Perú (7%), mientras otro grupo de países redujeron aun más el analfabetismo, como Antillas Holandesas (2.8%), Argentina (2.4%), Bahamas (3.8), Barbados (0.2%), Chile (2.9%), Cuba (2.1) o Uruguay (1.4%).

El otro indicador que quiero comentar es el de esperanza de vida escolar, para el cual Pablo Gentili selecciona una muestra de naciones y compara entre 1970 y 2005. En ese cuarto de siglo la evolución del indicador es positiva. Países como Argentina caminaron de 10.3 años de escolaridad a 15.2, Bolivia de 7.6 a 13.8, Brasil de 7.1 a 14.2, Chile (el más alto) de 10.1 a 16.1, Nicaragua de 5.3 a 10.7, Venezuela de 8 a 12.7 y México de 7.9 a 13.2.

Con estos indicadores es posible derivar conclusiones sucintas para el subcontinente y nuestro país. Primera: el esfuerzo educativo produjo importantes incrementos cuantitativos. Segunda: el acceso a la escuela incluyó a sectores sociales antes marginados. Tercera: la elevación promedio de la escolaridad ocurrió en paralelo con dos fenómenos: una masa privilegiada que cada vez tiene más grados escolares, al tiempo que los excluidos de antaño siguen padeciendo limitaciones severas para una conclusión exitosa. Cuarta: derivada de las anteriores, Gentili diría que hay un proceso de universalización del acceso a la escuela, pero sin derecho a la educación, especialmente por la persistencia de la pobreza y las desigualdades. Quinta: los esfuerzos estatales en varios países no resolvieron el drama de la exclusión ahora desde el interior de la escuela, porque no diseñaron nuevas alternativas ante un problema que es crítico en naciones pequeñas, como Haití, Honduras, Guatemala y Nicaragua, pero también en Brasil y México. Sexta: la escuela pública, antes que privatizada o instalada en el mercado del libre comercio, debe fortalecerse para atender a esos segmentos todavía excluidos y garantizarles condiciones de culminación exitosa de su escolaridad. Séptima: un reto enorme es la construcción de pedagogías incluyentes y relevantes, capaces de formar profesores que enfrenten a alumnos heterogéneos, que exigen una nueva actitud, otros compromisos y condiciones.

En México, la reforma educativa en marcha desdeñó o desconoció esta problemática. ¿Habrá una nueva reforma? ¿Cuáles son las otras etapas de esta reforma? ¿Los problemas del analfabetismo o el rezago no son relevantes para el gobierno en turno? Finalmente, conviene preguntarnos: ¿será posible que los actores principales (gobernantes y especialistas en educación, pedagogos, maestros y otros expertos que aterrizaron en el campo) construyan políticas y una pedagogía para darle vuelta de una vez por todas a la ignominia?

 

Comentarios

  1. Arthur Edwards dice:

    Coincido contigo..pero trato de diferenciar entre el “inalfabetismo” y el “inalfabetismo funcional”. Los indicadores parecen considerar la mecánica de leer…..cuando sabemos que el sentido léxico es otra cosa. Si empleamos este segundo criterio, menos de la mitad de mexicanos, sospecho yo, saben leer. Y si incluimos el hábito…pues no me atrevo comentar.

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