Trump y la gerentecracia

Las placas tectónicas de la geopolítica mundial se sacuden inusitada y vertiginosamente. Donald Trump es el autor intelectual y material del fenómeno. El caprichoso millonario elegido presidente por la singular democracia de los Estados Unidos, día tras día cosecha en casa y fuera nuevos enemigos o, por lo menos, adversarios que refutan sus delirios. Las decisiones de Trump, tomadas en otros países y presidentes, digamos del centro o sur de América, habrían provocado en las poderosas industrias de opinión andanadas de juicios sumarios sobre su estado mental, cuestionándose el talante democrático de una nación que se atreve a ungir tales esperpentos.

El personaje no es un sujeto anormal. Él es uno, producto de esa ideología retrógrada que poseen millones en su país, inoculados del veneno que se apropió del concepto de “América” para ellos, o que decretó que fuera de sus fronteras, en casi todas partes tienen “intereses”, que es una forma sutil de dictarnos: por tanto, derecho a la injerencia y a meter las narices donde quiera que se les pegue la gana, cuando se les antoje.

Estados Unidos es un país de maravillas y de mentiras. Eduardo Galeano recordó con lucidez juguetona que su ministerio siempre dispuesto a las agresiones, al atropello y las violaciones de los derechos humanos se denomina “de Defensa”. En sus poderosas industrias crearon a todos los súper héroes (infatigables, siguen y siguen) que, cuando se cansaron de salvar al mundo enemil veces, aburridos, se inventaron guerras fratricidas.

Trump es producto de esa “cultura”. Para él, el planeta es un juego de turista mundial, de quita y pon, pero donde solo jugaría él y los demás deben admirarlo, aplaudirlo, condescender y, si se molestan, ser sancionados por el enviado de los dioses del dólar.

Un día después de escribir mi artículo leo en “El País” a Pablo Gentili. Su descripción es magnífica: “los atributos que definen la odiada personalidad del nuevo presidente norteamericano son, nada menos, que las principales características del sistema al que supuestamente él se opone: hiperconcentración de riquezas, egoísmo, cultura narcisista, sexismo, discriminación y violencia de género, racismo, guerras, opresión. No creo que haya cualquier disonancia entre la personalidad codiciosa y vehemente del millonario devenido en presidente y la enorme injusticia social, violencia y desigualdad que estructura y da sentido al desarrollo capitalista contemporáneo”.

Lo dijo con claridad el papa Francisco: todos los muros caen, no nos dejemos engañar. Y Trump, muro en sí mismo, ha de caer, más temprano que tarde. Por eso ya dirige sus misiles contra las iglesias y sus discursos político, porque sabe que en el Vaticano tendrá un contrincante de enorme poderío.

La gerentecracia (así llamada por Mario Benedetti tiempo atrás) que pretende imponer Trump podría acelerar el ansiado momento de reconfigurar el orden mundial y, entonces, nuevos equilibrios de fuerzas habrán de dar paso a otra etapa. Sin ingenuidades, ni pronto, ocurrirá y recordaremos con una sonrisa las excentricidades autoritarias de este sátrapa, gerente de un país tan poderoso para el mundo, pero tan frágil frente a sí mismo.

Finalizo con una interrogante esperanzada del propio Benedetti: “¿A quién pueden caberle dudas de que, tarde o temprano, las grandes mayorías se negarán a barrer las hojas secas de la fatuidad minoritaria?”

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