Lotería fatal

Aunque la Declaración Universal consagra los derechos humanos, las realidades de miseria, los esquemas económicos inmisericordes, las visiones políticas y la atroz voracidad se encargan de pulverizar la libertad, igualdad y fraternidad, junto con todos esos discursos que ponderan las bondades de los años que corren.

Hoy, las posibilidades de vivir con dignidad, alimentarse, educarse y rebasar la barrera de los 35 años dependen de la región del mundo donde se nace. En una lotería extraña, los poquitos que nacen en algunos países, en algunas regiones dentro de esos países, y en ciertas colonias de aquellas regiones y países, vivirán como ciudadanos de primera. El resto, la gran mayoría, sobrevivirá apenas. El horizonte es negro: los hijos parecen destinados a vivir peor que los padres; circunstancia inédita en la historia.

Distintos informes mundiales, aunque pretenden ser optimistas, no pueden esconder terribles imperfecciones. Por ejemplo, el informe de la UNICEF 2009, “Estado mundial de la infancia”, es cruda expresión de la terrible inequidad en el planeta. Nacer en un país pobre entraña un riesgo 300 veces mayor que quienes nacen en países industrializados. 10, 20, 50, 300 veces es éticamente inaceptable; ni siquiera políticamente parece sostenible una sociedad mundial con esas grietas. Mientras en Níger el riesgo de morir en el parto es de uno entre siete, en Irlanda es de uno entre más de 47 mil. De esa forma, eran cuatro millones los niños recién nacidos (hasta 28 días) que morían al año por causas evitables.

Aunque se redujo la mortalidad en menores de cinco años, en los recién nacidos no ocurrió tal descenso: el 40 por ciento de los fallecimientos en esa franja de edad suceden durante los primeros 28 días. La fatal condición de las mujeres analfabetas y miserables marca el destino de sus hijos, presos de las “enfermedades de la pobreza”, mismas que desaparecieron de los hospitales de los países poderosos y son vergonzosas muestras de la distancia que separa a unos de los otros.

Frente al cruel panorama, es imposible no recordar las agudas reflexiones de Eduardo Galeano en Patas arriba. La escuela del mundo al revés:

Día tras día, se niega a los niños el derecho a ser niños. Los hechos, que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana. El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa. El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, para que se conviertan en basura. Y a los del medio, a los niños que no son ni ricos ni pobres, los tiene atados a la pata del televisor, para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños.

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