Diez en la escuela, cero en la vida

Presionada por bajos resultados de los jóvenes mexicanos en el examen internacional conocido como PISA, que mide los aprendizajes en lengua, ciencias y matemáticas, la Secretaría de Educación Pública acentúa las políticas que promueven la competencia y la rivalidad entre escuelas.

La fiebre evaluadora se sustenta en la creencia ilusoria de que entre más exámenes, mejor se aprende y se superará el lugar que ocupa el país en las pruebas. En la literatura especializada y entre los expertos, nada lo sustenta. A pesar de la evidente fragilidad –y falacia- del supuesto, la opción frente a los resultados es proliferación de exámenes y una visión estrecha; sin embargo, un paciente no se alivia colocándole con más frecuencia el termómetro.

A los niños de primaria que aprenden a leer apenas ya se les calificará su “velocidad lectora”, que quiere decir, cuántas palabras leen en un minuto. ¿Y eso, qué refleja, esencialmente? ¿Acaso el que sube más rápido de peso o aumenta más centímetros a su talla tiene garantizada buena salud? Me dirán que no es el único parámetro, y es verdad, pero este desnuda prioridades.

Entiendo la meta gubernamental: elevar los puntajes de los niños mexicanos en una prueba internacional. Pero el tamaño de ese despropósito es inversamente proporcional a la limitada visión que lo engendra. Aumentar indicadores debe ser una consecuencia, no el fin. Un día nos preguntó un investigador visitante en la Universidad de Colima: ¿quieren abatir la reprobación o promover el aprendizaje? Lo primero es fácil, nos dijo: cambien la escala y que aprueben con un 3 de calificación.

Diez en la escuela y cero en la vida, ese podría ser el producto de estas políticas para la escuela mexicana.

Escucha la nota

Deja tu comentario