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Regreso a clases en enero. Sí, pero no así

El martes el secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, fue de nuevo noticia. Anunció que en enero los estados en el verde del semáforo epidemiológico regresarán a clases con protocolos sanitarios y de manera voluntaria.

Para los estados en amarillo podrían abrirse Centros Comunitarios de Aprendizaje, donde se impartirían asesorías pedagógicas, psicológicas y sociales a estudiantes e, incluso, a docentes.

Por supuesto, causa controversia. Entre algunos expertos hay urgencia en el retorno a las aulas, apelando a argumentos basados en las evidencias de otros países, pero no serán ellos quienes vayan a las escuelas o a centros comunitarios. Son las maestras, los niños y, por supuesto, las mamás, quienes opinan distinto.

En su discurso y en el boletín de prensa, el secretario privilegió el retorno gradual y seguro de los estudiantes a las escuelas. De los dichos de Moctezuma a las condiciones para cumplirse, hay brechas y dudas.

Para los Centros Comunitarios de Aprendizaje se informaron medidas concretas, acordadas con la Secretaría de Salud, por ejemplo: filtros escolares, sana distancia, uso de cubrebocas, asistencia escalonada y limitada, priorizar espacios abiertos y limpiar mobiliario y equipo después de cada clase.

El secretario sigue pensando en un modelo de escuela que no es la realidad generalizada: la de organización completa y con personal de apoyo. Pero los datos del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación reflejaban que el 40 por ciento de las escuelas primarias del país son multigrado, con sus variantes, y no cuentan con más personal que uno, dos, tres maestros.

¿Está pensando el secretario de Educación Pública que los maestros operarán los filtros escolares, darán las asesorías, revisarán actividades, luego tomarán los utensilios para la limpieza y desinfección de los espacios y mobiliario?

¿Cuándo recibirán las escuelas termómetros y los materiales indispensables? ¿Enviarán computadoras e internet a donde no existen?

¿Cuánto dinero destinará el gobierno federal (y los estatales) para acondicionar las miles de escuelas donde no existen servicios sanitarios y agua? ¿Cuándo comenzarán?

¿Cuánto personal contratará la Secretaría de Educación Pública para realizar las tareas de apoyo psicológico y emocional para estudiantes y docentes?

¿Otra vez será con pura buena voluntad?

Lo dije la semana pasada y lo repito: cuando a estos anuncios no los acompañan pesos y centavos, tenemos razones (y obligación) para la sospecha.

 

 

 

¿Importa la educación?

El martes, en otro espacio radiofónico compartí una propuesta radical de Naomi Klein, periodista, escritora y activista canadiense.

En su libro Los años de reparación, nos dejó una idea provocadora para la reflexión, pero temeraria para las autoridades de los sistemas educativos y la cultura instituida en torno al cambio en las escuelas.

Dijo Naomi Klein: “En lugar de fingir que es posible subsanar décadas de austeridad en unas pocas semanas de vacaciones de verano, deberíamos cerrar esas escuelas durante un año entero y usar ese tiempo para repararlas y reimaginarlas… mientras tanto, los maestros, con ayuda de un cuerpo juvenil, podrían impartir las clases al aire libre”.

Pensé, pienso, si es posible hacer algo semejante en México.

Me vienen a la cabeza las recientes declaraciones del secretario de Educación Pública, aplaudiendo que en estos dos años hemos avanzado muchísimo, porque no hay huelgas, porque hubo acercamiento con el magisterio, porque se instaló la Nueva Escuela Mexicana y porque tenemos Aprende en casa 1 y 2, y otras bondades por el estilo.

Con ese optimismo, dirán que cambiar no es necesario si ya estamos revolucionando la pedagogía.

En otras esferas, alimentadas por datos y perspectivas distintas, la idea de Klein es muy sugerente. No sólo es posible, sino urgente y necesaria en muchos lugares, donde no existen condiciones materiales, ambientales, tecnológicas e higiénicas para volver a una mejor escuela que la de marzo pasado.

Se nos fueron otra vez los meses. Es decir, se le están yendo a las autoridades, que en este momento ya tendrían que estar haciendo todas esas reparaciones.

Pero eso significa, como podrán imaginarlo, que hay presupuesto y un proyecto para que volvamos a otra escuela.

Sin embargo, no aparecen en el horizonte ni dinero, ni proyecto. Así, entonces, es impensable.

La lección que aprendí con Alejandro Morduchowicz, argentino radicado en México, es imperdible: sospechemos, siempre sospechemos cuando al discurso del cambio en la educación, no lo acompañan los presupuestos.

La pandemia como maestra

El domingo por la mañana leí Los años de reparación, de Naomi Klein, periodista y escritora canadiense que se volvió indispensable para los movimientos sociales del mundo, a partir de la publicación de sus libros No logo y La doctrina del shock.

Los años de reparación es la conferencia que presentó en la Cumbre Inaugural de la Internacional Progresista, el pasado 18 de septiembre, editado por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

Se trata de un texto con ideas provocadoras, repaso de la situación mundial provocada por, adjetiva, los hombres poderosos de nacionalismos machistas e identidades supremacistas, que tienen al borde del colapso a la Tierra, agravada con los efectos del COVID-19.

Dos ideas quiero destacar de la obra. La primera, está en el título. Debemos procurar tiempos para la reparación de los daños causados al planeta a través de un “Nuevo Acuerdo Verde”, lo cual implica “cambiar prácticamente todo con respecto a nuestros sistemas políticos y económicos”.

La segunda idea es no demonizar la pandemia, sino convertirla en maestra y entender las lecciones que nos enseña, como la valoración más adecuada del tiempo para vivir o la necesidad de reducir los sobreconsumos del 20 por ciento más rico.

Una frase en la página 35 me persigue desde que la pesqué: cuando nos apresuramos a vivir como lo hacíamos antes, también se acelera la propagación del virus. Es una advertencia inapelable.

Naomi Klein ofrece propuestas disruptivas. Afirma: En lugar de fingir que es posible subsanar décadas de austeridad en unas pocas semanas de vacaciones de verano, deberíamos cerrar esas escuelas durante un año entero y usar ese tiempo para repararlas y reimaginarlas… mientras tanto, los maestros, con ayuda de un cuerpo juvenil, podrían impartir las clases al aire libre.

Sí, sería fantástico, porque ante los graves problemas sólo caben grandes alternativas. Pero será un sueño, nada más. O tal vez no.

 

Regreso a la escuela: el debate naciente

Hace dos meses entre nosotros no se hablaba del regreso a las aulas. Hoy la situación empieza a cambiar. Cada vez más voces piden la vuelta a la escuela, con controles, gradual, escalonada. El debate está abierto, como sucedió en otros países.

¿Por qué volver a las escuelas es tan importante en el argumento de quienes lo solicitan?

Porque la escuela en casa produce distintas experiencias y afecta sobre todo a los niños en condiciones más precarias, en un país donde la mitad de la población vivía en pobreza antes de la pandemia.

Porque la ruptura de la socialización que ocurre en la escuela no la sustituyen muchos miles de hogares, más preocupados por el día a día.

Porque la violencia en casa, por costumbres, miedo y hartazgo parece crecer en contextos de confinamiento y afectar a niños y mujeres. Al respecto, la Unesco estima que la violencia doméstica contra ellas aumentó 30 por ciento durante la pandemia.

Porque las condiciones en casa, materiales, habitacionales y tecnológicas son insuficientes para millones de estudiantes.

Hay más razones, pero ese conjunto vuelve plausible el argumento de retornar a la escuela poco a poco.

Pero también del otro lado hay argumentos válidos. La pandemia no cesa, como sabemos, y sólo se domó en el reino de la palabra. Miles de escuelas en el país no tenían las condiciones elementales para su funcionamiento, ni personal suficiente, circunstancia adversa cuando se requieren medidas especiales para protegerlas de contagios.

Hacer voluntario el regreso a las aulas podría representar una multiplicación insostenible de la carga para los docentes, e impensable en ámbitos como la secundaria y el bachillerato.

Las lecciones fuera de México son elocuentes y nos conviene tomar notas. En países como Argentina o Chile, aunque los ministerios de Educación pidieron el regreso, enfrentan oposición del magisterio y negativa de las familias. El resultado: baja proporción de niños estudiando de nuevo en sus aulas.

No veo cerca el regreso, pero cada vez está menos lejos y convendría comenzar a prepararnos, quiero decir, los gobiernos federal y estatal, para evitar los tropiezos e improvisaciones que sigue exhibiendo la Secretaría de Educación Pública.

 

Pandemia y juventudes

América Latina dejará de ser una sociedad juvenil en el año 2037, según las estimaciones del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía. Seremos entonces naciones donde los adultos superen en número a los jóvenes y niños. Los retos cambiarán en muchos ámbitos, como educación, salud y empleo.

Una buena parte de los adultos de esa sociedad hoy son jóvenes. Jóvenes que viven en el continente más desigual y que en millonarias cantidades enfrentan desigualdades de distintos tipos.

La pandemia recrudeció las brechas y podría agudizar sus efectos. Ya está demostrado con amplia evidencia.

Si queremos una mejor sociedad en 20 años, es imperativo resolver las inequidades que nos atraviesan y podrían condenarnos al atraso por lo menos la mitad del siglo. No sólo en educación.

Ante esas realidades resulta más incomprensible la situación que enfrenta el sistema educativo mexicano con los presupuestos asignados para programas estratégicos. Es verdad que el gobierno federal destina enormes cantidades de dinero para becas a los jóvenes, pero no a las instituciones educativas o a políticas que permitirían mejorarlas; tampoco a la formación de maestros ni a la enseñanza de los niños más pobres, en cuyas manos estará jugándose, en buena medida, el futuro.

Por eso, me resulta incomprensible leer que el Tec de Colima requiere 13 millones del presupuesto estatal, pero sólo tiene contemplados 8 millones.

Pregunto. ¿La pandemia no dejó en claro todavía a gobernantes y políticos los distintos valores que tiene la educación? ¿Por qué se tiene que limosnear el presupuesto para educación?

Es en estas horas, al destinarse recursos económicos, cuando en definitiva se mide el valor que tiene la educación para quienes toman decisiones que afectan o benefician a las sociedades. Es ahora, no en los discursos ni documentos. Es en los presupuestos.

¿Importa la educación? Es decir, ¿importan presente y futuro? Lo demás es pura demagogia.