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Perspectivas para la educación en 2013

GUERRERO08Con prudente optimismo observo los cambios que se vislumbran en el sistema educativo mexicano, como producto de las modificaciones al artículo tercero constitucional.

La nota positiva es el sitio estelar que ocupa la educación en los medios y en ciertos espacios de debate, aunque no muy profundos ni informados. Pero eso, que podría saludarse con entusiasmo, es una buena razón para aguardar cautelosos.

Dos señales me inquietan. Una es la imposibilidad de alguna garantía para suponer que una reforma legal como la emprendida penetrará hasta donde se necesita, en las escuelas, en las aulas, en el trabajo de maestros y directores, es decir, en la educación de niños y jóvenes.

La historia es una vieja maestra que deja lecciones contundentes: también son constitucionales los derechos a la educación básica o la obligación de invertir el 8% del Producto Interno Bruto en educación y en ambos, el saldo es desastroso. La única certeza que nos deja esta reforma, hasta aquí, es que modificará el artículo. Parece broma, pero fuera de esa, no hay más.

La otra señal inquietante es la ausencia de la sociedad civil. Exceptuando organizaciones ligadas claramente a poderosos grupos de interés político-económico, y un reducido núcleo crítico de investigadores educativos, la reforma tocó pocas fibras y su debate público es incipiente.

Ambas señales, juntas, son la fórmula perfecta para que un cambio como el que se requiere en la escuela mexicana siga esperando tiempos mejores. Ojalá me equivoque y atrás de las nubes grises aparezca un cielo más despejado que nunca.

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El camino es el destino

El camino es el destino, suele decirse desde una particular perspectiva de la vida. Así lo creo.

Es el mensaje de una pequeña narración de Eduardo Galeano en su más reciente libro, “Los hijos de los días”, que comparto ahora.

Había sido copiosa la bebedera, diciendo adiós al año que pronto se iría, y andaba yo perdido en las calles de Cádiz.

Pregunté por dónde se iba al mercado. Un viejo desprendió su espalda de la pared y muy desganadamente me respondió, señalando la nada:

-Tú haz lo que la calle te diga.

La calle me dijo, y yo llegué.

Algunos miles de años antes, Noé había navegado sin brújula, ni velas, ni timón.

El arca se dejó ir, por donde el viento le dijo, y se salvó del diluvio.

Es también el mensaje del poeta griego Constantino Kavafis que Lluís Llach musicalizara e interpretara magistralmente en “Viaja a Ítaca”. Dice ese bellísimo poema:

Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:

llegar allí, he aquí tu destino.

Mas no hagas con prisas tu camino;

mejor será que dure muchos años,

y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,

rico de cuanto habrás ganado en el camino.

No has de esperar que Ítaca te enriquezca:

Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.

Sin ella, jamás habrías partido.

Ahora que termina un año este es el mismo deseo. Que 2013 sea el más pletórico; que cada una y cada uno de ustedes anden el más largo y mejor de los caminos, porque la vida es el camino, no el destino.

Sobre la vida y la muerte

La mejor definición que encontré sobre la muerte es la más corta y parece muy simple: así es. Su autor es un pensador rumano heterodoxo, corrosivo y provocador: Emil Michel Cioran. Tiene razón. La muerte es así. Nada hay contra la muerte, y la única condición para que aparezca, el único requisito es estar vivo. Solo lo inanimado escapa a ese destino.

Frente a la inevitabilidad de la muerte hay distintas opciones. Una es cuidarse en extremo hasta la huida, que Joaquín Sabina caricaturiza magistralmente en “Pastillas para no soñar”.

Otra es la actitud de los niños pequeños que no tienen clara consciencia del riesgo y de la propia muerte; que juegan y su vida toda parece un juego. Bueno, me refiero a los niños que tienen papá y mamá, casa y comida caliente, no a los que viven en las calles pegados a la espalda de la madre o durmiendo en los camellones mientras ellas ganan unos pesos, por ejemplo.

Una tercera actitud es la de asumir, como el filósofo francés André Comte-Sponville, que la vida es riesgo y, por tanto, oportunidad, que debemos vivir sin dejarnos paralizar por el miedo, sin correr hacia el precipicio pero tampoco acostarnos a esperar la muerte.

Vivir así es una aventura cotidiana, una experiencia vital, y se vive igual el lunes o el miércoles que el sábado o domingo. La muerte nos encontrará siempre, más tarde o más temprano, y cuando llegue mejor haber vivido que haber huido; creo.

Pasen felices fiestas decembrinas: disfrútenlas y cuídense lo necesario.

¡Hasta pronto!

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La alegría de enseñar

Cada sábado por la mañana acompaño a mi hija, Mariana Belén, a sus clases de inglés en la Facultad de Lenguas Extranjeras. Allí, junto a muchos otros niños aprende con jóvenes estudiantes de la licenciatura en enseñanza de lenguas. La experiencia como espectador es grata. A la inevitable y contagiosa alegría de los niños que caminan hacia sus aulas o ya en ellas, se suman los rostros relajados y contentos de los estudiantes universitarios. Lo veo en sus caras y movimientos, los escucho mientras trabajan con los niños o conversan  afuera de sus aulas.

Ambos hechos reconfortan: la enseñanza y el aprendizaje con emoción y alegría está casi garantizada, porque la escuela no se vive como una tortura, porque las clases no se experimentan como castigo y la diversión no riñe con las tareas.

¡Qué distintos los rostros de esos aprendices de profesores a los que solemos tener cuando ya ejercemos! Las preocupaciones con los años han crecido, alguna frustración se habrá colado y aquellas primeras experiencias inexorablemente han ido también insensibilizando, gastando la emoción de los primeros tiempos.

Me pregunto quién pierde con la fricción que consume la vitalidad. La educación y los alumnos, sin duda, pero sobre todo nosotros mismos, quienes ejercemos la docencia, porque perdemos una de las más grandes cualidades de los educadores: la alegría de vivir. Como bien dice Fernando Savater: los pesimistas pueden ser buenos domadores, pero no buenos educadores.

¿Cómo conservar la alegría de enseñar en un contexto hostil? No lo sé, en todo caso, mientras no la tengamos, la probabilidad del éxito se reduce y la escuela se convierte en canción de cuna y no en desafío para los alumnos. Difícil, pero posible y necesario.

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Enseñanzas de “El Principito”

En el capítulo 2 de “El Principito” se lee: “A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial… Nunca se les ocurre preguntar: ‘¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?’… en cambio preguntan: ‘¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?’ Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: ‘He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado’, jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: ‘he visto una casa que vale diez millones de pesos’. Entonces exclaman entusiasmados: ‘oh, qué preciosa es’.”

Con la lectura hay una asociación automática en mi cabeza entre ese pasaje y el sistema educativo nacional, pues algo semejante sucede en la realidad. Para el sentido común que, ya sabemos, es el menos común de los sentidos, solo se tiene alguna credibilidad y se es digno de respeto, si se tienen las cifras, los datos, los llamados “indicadores” para ser esgrimidos cuando se requiera, para llenar un informe o dictar un docto discurso. Solo con tasas, indicadores, pesos y centavos, es decir, con números quien habla ostenta “autoridad”.

Y me temo que los procesos más estrictamente sustanciales son invisibles frente a esas visiones: que ni el aprendizaje ni la enseñanza pueden cuantificarse como zapatos o ladrillos. Por ejemplo, los exámenes estandarizados, como PISA o Enlace, son aproximaciones distantes y, quizá, antagónicas con la buena educación, porque olvidan y desdeñan lo esencial: aquellos pilares que el libro de la UNESCO conocido como Informe Delors llama “aprender a ser y aprender a convivir con otros”, tan indispensables como nunca.

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Twitter@soyyanez