Blog

La Ley General de Educación Superior

Este lunes nos reunimos para analizar la propuesta de Ley General de Educación Superior, a invitación del senador Joel Padilla, integrante de la Comisión de Educación del Senado. La reunión contó con la participación virtual del presidente de dicha Comisión, Rubén Rocha Moya.

A la sesión asistieron casi todas las instituciones públicas y un buen número de las privadas. Fue un ejercicio plural, abierto, donde los representantes expusieron opiniones sobre la propuesta de Ley y otros asuntos de índole más operativa, o peticiones al senador Padilla.

La magnitud del subsistema de educación superior en Colima es adecuada para emprender un proyecto innovador ejemplar para México, aunque tal vez sea difícilmente replicable por las condiciones.

Un par de propuestas contenidas en la Ley podrían instrumentarse el margen de la inminente aprobación: el programa estatal de educación superior y la vigorización de la comisión estatal para la planeación de ese tipo educativo, como órgano deliberante que oriente, ordene, acompañe y evalué su transformación.

Muchas de las intervenciones expusieron irregularidades o deficiencias más de carácter procedimental, que no pueden subsanarse desde una Ley, prueba para sostener que un ordenamiento jurídico es insuficiente para concretar las aspiraciones colectivas.

Sobran argumentos para afirmar la necesidad de una Ley General de Educación Superior. En mi turno expuse varios de ellos. No son sencillos de resolver, como las dificultades para asegurar el derecho a la educación, la calidad deficiente o los modelos de enseñanza y evaluación predominantes, que están arraigadas en el sistema educativo y en las culturas institucionales; otros, como el financiamiento precario, que se asientan en otros territorios igualmente complejos.

Por esas y muchas razones, al principio de la tercera década del siglo, resulta ineludible comenzar ya la transformación más profunda de la educación superior mexicana, cuando se cumplirán 100 años de haberse creado la Secretaría de Educación Pública, de la mano de un ilustre rector de la Universidad Nacional.

¿El fin del aula tradicional?

El filósofo argentino Darío Sztanjnsrajber nos provoca a la reflexión con una pregunta inquietante: ¿con la pandemia murió el aula tradicional?

¿Usted se lo preguntó ya? ¿Usted que me escucha, se lo preguntó antes?

¿El aula pospandemia será distinta del aula que conocimos?

No me refiero al espacio físico, material, al rectángulo con ventanas que aisla del ruido de la realidad y suele educar de espaldas a ella.

No. No hablo de la dimensión material. Aunque cambiar la arquitectura de la escuela es deseable. En efecto, la escuela no tiene por qué ser un edificio frío, como un cuartel, un manicomio o un hospital.

Me vuelvo a preguntar: ¿volveremos a la misma escuela? Es decir, a la misma situación que teníamos antes de la pandemia, o la transformaremos para humanizarla un poco más. Mucho más.

La escuela tendría que ser un desafío a nuestras capacidades. Un desafío inteligente, por supuesto. No siempre lo es. No muchas veces lo es. Con frecuencia se aleja de ese ideal. Sí, la escuela suele ser aburrida. Hay que reconocerlo, para cambiarlo.

La pandemia, en la coyuntura histórica que tenemos puede ser la oportunidad para convertir a la educación en una aventura que desafíe comodidad, mediocridad e indolencia.

Si muere el aula tradicional, habría otra mejor, no lo sé. Quizá. Quizá no. Ojalá en veinte años los historiadores, sociólogos, pedagogos y maestros, sobre todo maestros y niños, atestiguen que una de las cosas positivas que nos dejó este fatídico 2020 sea el salto del aula tradicional a otra vibrante, sin muros que separen de la realidad, llena del ruido febril de la actividad, como la soñamos muchos, y como muchos trabajaron por ella en los últimos cien años.

La muerte del aula tendría que prodigarnos alegrías, dice el filósofo argentino de apellido impronunciable para quienes hablamos la lengua de García Márquez. La muerte de esa aula es el fin del aula vertical, cerrada, autoritaria, desarticulada de la realidad, pero entonces, ¿cuál será el aula que venga? ¿Será posible?

 

La educación también es buena noticia

La publicación de un libro es, casi siempre, una buena noticia. Un texto sobre educación es una muy buena noticia, pero cuando ese libro sobre temas pedagógicos está escrito por profesores que viven del oficio docente, entre alumnos, escuelas y aulas, la noticia es excelente.

Esta semana presentamos un libro así. Se llama Cuando enseñamos y aprendimos en casa. La pandemia en las escuelas de Colima, editado por Fundación Cultural y Editorial Puertabierta, con el Gobierno estatal.

La obra es testimonial, con registros personales y ensayos académicos.

Cada uno de los 17 autores de capítulo eligió estilo y enfoque. Se trata de un ejercicio colectivo desde la memoria y para la memoria, que nos permite re-conocer, en el sentido de identificar a otros colegas haciendo lo mismo, y de reconocer, como admiración por la forma en que se ejerce un oficio tan desafiante en tiempos pandémicos.

Son 17 capítulos breves, escritos por profesores, directores y supervisores de distintos niveles educativos, de varios municipios de Colima. Publicado en un tiempo muy corto que ya se puede descargar de manera libre.

La obra invita a la reflexión sobre los desafíos de la escuela en estas circunstancias y el porvenir.

Tengo dos ideas para comentar. Una, es que las crisis son oportunidades. Oportunidades para reinventarse y encontrar soluciones distintas que mejoren los sistemas o las instituciones; o bien, oportunidades para repetir fórmulas, simular o desdeñar las complicaciones.

Entre una y otra, no hay opción. Debemos elegir la reinvención del sistema educativo. El peor resultado de esta pandemia es fingir que todo está bien y lo vivido pasará pronto y volveremos a la escuela de nuevo, como en la tierra de los ositos cariñositos.

La segunda idea es que estas circunstancias nos imponen desafíos intelectuales también, no sólo prácticos, y que entonces, debemos preguntarnos, más que nunca: ¿qué escuela tenemos y a qué escuela queremos volver? ¿Qué sistema educativo requerimos para estar a la altura del desarrollo económico, democrático y cultural que nos permita dejar de ser la eterna e incumplida promesa de bonanza y equidad para todos?

Me preocupa, lo digo sin cortapisas, que repitamos trágicamente la cruel y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, es decir, que vivamos condenados a la mediocridad y la esclavitud moral por los siglos de los siglos.

Nos sobran razones

Nos sobran razones para la preocupación y nos faltan otras cuantas para alguna certidumbre dentro de la perplejidad reinante.

El aval de la Comisión de Presupuesto de la Cámara de Diputados, para avanzar en la eliminación de más de cien fideicomisos, afectando áreas sensibles para el desarrollo del país, es inexplicable por la manera como ocurre y sus previsibles efectos.

Con el argumento de combatir la corrupción y ayudar a contener la pandemia, no se plantean alternativas para impulsar ámbitos como la cultura, el deporte o la ciencia y la tecnología, entre otros.

No se puede estar en contra del combate a la corrupción. Pero sería indispensable que el gobierno ofreciera las pruebas contundentes de las fechorías y que los responsables enfrentaran las consecuencias, sin linchamientos públicos oficiales y con juicios justos. Evidencias y no sólo consignas deben sustentar las políticas públicas.

Tampoco podemos oponernos a la inyección de recursos para la pandemia, pero un poco de más claridad y transparencia nos ayudaría, como estar infectados un poco menos del virus de la obediencia ciega.

Lo insensato, además, es que dichos argumentos nobles se pretendan a costa de suprimir apoyos a la ciencia, la tecnología o la cultura, por citar las áreas cercanas a mi campo profesional. Donde hubo corrupción, que se corrija y se limpie, o se propongan esquemas superiores.
La semana pasada el debate educativo nacional se concentró en los recortes proyectados para 2021 en programas que uno supondría estratégicos para el sistema educativo, como la formación de los nuevos maestros y la actualización de los que ya laboran, o el programa Escuelas de Tiempo Completo.

Los anuncios de esta semana ensombrecen más las perspectivas.

¿Qué país desarrollado en el mundo logró construirse sin las bases de una buena educación, una ciencia y tecnología de excelencia, cercanas a los problemas de la realidad y sustentadas en la rigurosidad científica?

¿Qué país puede volar sin las alas de la educación, la ciencia y la cultura?

Ahora empiezan a recorrerse las rutas trazadas en el presupuesto federal del próximo año y las decisiones parecen tomadas lejos del Congreso de la Unión.

Decía y repito: nos sobran razones para la preocupación y las dudas, nos faltan certezas, algunas, por lo menos, para el optimismo.

La necesidad democrática de la educación

Los regateos presupuestales a la educación son inexplicables en un gobierno que promete transformar la vida del país, que ha declarado una y otra vez que camina al lado de los maestros.

El Proyecto del Presupuesto de Egresos para el 2021 que presentó la Secretaría de Hacienda contradice todas las declaraciones.

El gobierno federal no duda en cumplir su hipótesis para revertir la desigualdad social. La apuesta a las becas como mecanismo de igualación social es positiva, pero no a costa de sacrificar otros rubros que la experiencia internacional y la propia, demuestran como eficaces a la hora de mejorar la calidad de los sistemas educativos.

Millones de alumnos becados en escuelas pobres con una pobre educación sólo disfrazará la profundización de las brechas sociales. En México, antes y ahora, los más pobres han recibido la más precaria de todas las educaciones. Eso es lo que el gobierno tendría que cambiar. Sólo becas no es la solución.

Ahora que se discutirá en el Congreso de la Unión el presupuesto para el 2021, especialmente el educativo, conviene leer a los que saben, como Fernando Savater. En su conferencia magistral al recibir el doctorado honoris causa en la Universidad de Colima (febrero de 2010), el filósofo español nos dejó unas palabras excepcionales:

“Nuestras democracias tienen que educar en defensa propia. Lo que defiende la democracia es una buena educación. Si una democracia quiere sobrevivir, mejorar, generalizarse, si quiere hacerse de todos y para todos, necesita educación. Es un punto fundamental; no es optativo, no es que la educación sea una especie de adorno, de guirnalda que haya que colgar. Es un pilar para el funcionamiento de la democracia. Eso, nuestros abuelos griegos lo vieron de manera clara. Para ellos, democracia y paideia, democracia y educación, estaban necesariamente unidas: no había una verdadera democracia sin paideia, sin educación”.

Dicho eso, ¿quién puede aplaudir los brutales recortes presupuestales que se propone el gobierno federal? ¿Quién está de acuerdo en eliminar el programa Escuelas de Tiempo Completo que, además de su bondades pedagógicas, les ofrece el único alimento caliente y nutritivo a millones de niños en el país? ¿Quién?