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Niños diputados por un día

La idea de los cabildos o congresos integrados por niños un día me parece demagógica en extremo casi insoportable. Una suerte de mea culpa, de falsa corrección política, de inclusión fácil, de mercadotecnia política agotada.

Sucede cada año por estas fechas, ante la llegada del 30 de abril. En un síntoma de anemia mental, no hay nada nuevo cada año, a nadie se le ocurre imaginarse (y actuar) algo distinto, creíble, formativo, trascendente más allá de la nota efímera. No digo que no resulte (o pueda serlo) una experiencia inolvidable para los niños elegidos, pero no produce impacto alguno en la sociedad.

En el mundo se han ensayado ideas para atreverse a resonancias o apuestas mayores; por ejemplo, un cabildo infantil permanente, que sesione un día cada mes, una mañana o una tarde, integrado por representantes de las escuelas del municipio, con un encargado de coordinar, tomar notas, llevar seguimiento, ayudar en las gestiones. Ese cabildo llevaría a las sesiones el sentir de sus compañeros de los centros escolares, plantearía problemas, propondría soluciones, en suma, ejercería el derecho de los niños a opinar sobre los temas de interés colectivo.

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Alianza estratégica por la educación colimense

Cuando se publicó en 2018 la convocatoria para el Fondo INEE/Conacyt, la Dirección del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación en Colima invitó a las instituciones públicas dedicadas al campo educativo, a reunirnos para analizar la posibilidad de presentar proyectos interinstitucionales. Durante varias sesiones, entre agosto y septiembre, tuvimos la asistencia de representantes del Instituto Superior de Educación Normal de Colima (Isenco), la Unidad 61 de la Universidad Pedagógica Nacional y varias áreas de la Universidad de Colima, así como de la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado.

El ánimo en todos los participantes era propositivo, de compromiso con las instituciones y la educación estatal. No fue posible concretar los proyectos colectivos para competir en la convocatoria, pero esbozamos distintas posibilidades de colaboración. El primer producto ya se concretó: la Red de Evaluación Educativa de Colima, anunciada el 11 de febrero en la Universidad de Colima.

El segundo reto parecía más ambicioso, porque implicaba un compromiso formal, pero fue posible por la voluntad del rector de la Universidad, ante quien expuse las bondades del acuerdo; el secretario de Educación, por su parte, expresó también la decisión de sumarse en el acompañamiento y a través del Isenco. Con los directores del Isenco y de la UPN, colegas y amigos, la gestión fue fácil porque había convencimiento de las posibilidades.

El jueves pasado se firmó el documento en la Sala de Juntas de Rectoría, y en los discursos se palpó la decisión de que sea un hecho histórico para la educación colimense. Gracias al compromiso de las partes, serán factibles, entre otras acciones, la movilidad de estudiantes, un ejercicio cada vez más indispensable para completar la formación profesional; así, por ejemplo, los alumnos que estudian pedagogía en la UdeC podrán cursar un semestre o materias en las otras instituciones, para profundizar su preparación en el campo docente, ámbito esencial de la UPN y el Isenco. Y viceversa, por supuesto.

Los profesores podrán realizar movilidad académica, desarrollar investigaciones conjuntas, asesorar tesis, publicar artículo o libros, y de forma muy necesaria, emprender programas para la formación y actualización de los maestros en ejercicio, a través de cursos, talleres, especialidades, diplomados o maestrías.

El territorio para la cooperación no tiene fronteras; la voluntad de sumar enriquece. Estoy seguro: la firma del convenio no será solo una imagen para la foto o la nota periodística; es punto y aparte en la historia reciente de la educación en Colima. Las autoridades hicieron su parte; toca a los actores centrales la suya.

Lo que me enseñaron los niños 2

La semana pasada se publicó en este espacio la primera parte de un ejercicio colectivo con estudiantes del sexto semestre grupo A de la Facultad de Pedagogía en la Universidad de Colima. Cada uno escribió un párrafo a partir del enunciado que titula esta colaboración. Esta es la segunda mitad.

Los que nos enseñaron los niños

Los niños transmiten la alegría que a veces nos falta a para ver el mundo de colores. Siempre pueden enseñar tres cosas a un adulto: a ponerse contento sin motivo, a estar ocupado en algo y a exigir con todas sus fuerzas aquello que desea.

Los niños son el motivo para continuar luchando por el futuro; inspiran para trasmitir una sonrisa frente a situaciones adversas.Son la alegría de un salón de clases y se aprende de ellos, como ellos de nosotros.

Un niño es increíble; te pueden sacar mil sonrisas con el simple hecho de verlos, escucharlos, convivir, jugar, entenderlos. Cuando me preparo para trabajar con niños, en ocasiones entra mi desesperación por no saber qué actividades elegir, con la preocupación de que no les gusten. Mi hermana dice: «acuérdate de lo que te gustaba hacer cuando eras niña»; y aparecen ellos, porque tienen el poder de hacerte retroceder el tiempo, de hacerme pensar como cuando era niña para lograr comprenderlos; no es fácil, porque he trabajado tanto en ser adulto que me olvido que en algún momento fui niña, pero ellos lo consiguen.

Los niños me enseñan a vivir el presente; no les importa lo que pasará mañana o después. Disfrutan el momento y mientras vamos creciendo nos va importando más el futuro, tenemos más preocupaciones de qué sucederá y no disfrutamos el día a día.

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Lo que me enseñaron los niños

Propuse a los estudiantes del curso “Gestión y administración de la educación superior”, sexto semestre (grupo A) en la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Colima, que escribiéramos un artículo colectivo. No dudaron y pronto hicieron su aporte. La idea surgió luego de observar el fragmento de una charla estupenda de José Antonio Fernández Bravo; es simple: uno de ellos, cualquiera, escribe el primer párrafo, luego los otros se suman, escribiendo del párrafo previo o agregando nuevas ideas. Así nació este artículo que, por su extensión, felizmente, dividiré en dos semanas. Al final aparecerán los nombres de los participantes en la grata experiencia.

Lo que nos enseñaron los niños

Los niños me enseñan a ser valiente, a querer y hacer las cosas sin miedo de qué dirán, a imaginar aventuras que sacan de la rutina, a conocer lo hermosa que es la vida, a dar amor y cariño sin esperar nada a cambio, a no juzgar, a comprender la causa de los comportamientos, y que formar parte de un equipo, como la familia, es lo más valioso que tenemos.

La familia es un elemento significativo para el desarrollo de cada uno de nuestros pequeños; ahí aprenden de nuestros buenos y malos ejemplos, es por ello que debemos actuar con acciones edificantes para que no se les dificulte asimilar el obrar con el bien, cuidando la pureza y bondad del infante.

Los niños no tienen prejuicios. Cualquiera puede ser su mejor compañero de juegos, no importa el color, el origen o si la persona tiene alguna discapacidad.  Con el tiempo pueden ser crueles, pero eso lo van aprendiendo de los adultos y el medio.

La escuela es su segundo hogar, donde pueden expresarse libremente y desarrollar sus habilidades; en ella el docente se transforma en una figura paternal y guía, va más allá de solo cumplir su trabajo, tiene vocación, que implica paciencia, creatividad, actitud, imaginación y, sobre todo, amor.

Los niños son la base primorial que generan ganas de seguir explorando conocimientos; transmiten paz, alegría y generosidad mediante sus actitudes.

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Educación indígena: mirada desde Colima

Desde el viernes he dedicado algunas horas del fin de semana a la tesis elaborada por Diana León y Carlos Miramontes, jóvenes recién egresados de la licenciatura en pedagogía en la Universidad de Colima. Tengo presente el momento en que nació en su cabeza la idea de emprenderla en un tema inédito entre los proyectos de los pedagogos colimenses. Fue hace dos años, al terminar una conferencia que impartí en nuestra Facultad, durante la cual dediqué unos minutos a comentar el informe entonces muy reciente del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) sobre la educación indígena.

Las cifras que expuso aquel reporte documentaban lo que ya podía suponerse, se sabía de manera aislada o se ignoraba de esa descuidada parcela del sistema educativa nacional. Los datos contundentes revelaban la magnitud del muro que el país había levantado para aislar a la considerable población indígena.

Conmovidos probablemente por aquella información, Diana y Carlos me esperaron y en el camino a la salida me preguntaron si podríamos trabajar en ese tema, para su proyecto del seminario de investigación. Acepté sorprendido por su interés. La experiencia fue positiva: ambos fueron estupendos estudiantes y muy responsables en su tarea investigativa.

La tesis tiene como título “Análisis de políticas educativas indígenas”, y analiza la respuesta que cuatro estados del país, Guerrero, Chiapas, Oaxaca y Yucatán dieron a las directrices o recomendaciones de política educativa emitidas por el INEE, especialmente a la quinta de seis, a saber: Garantizar centros escolares con infraestructura y equipamiento que respondan a las necesidades de las comunidades indígenas.

Las respuestas estatales podrían intuirse, y su precariedad explica el abandono de la educación indígena y su previsible persistencia; pero del contenido, el proyecto o las conclusiones no me corresponde hablar por ahora, mientras se presenta en el examen profesional.

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