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Libros y autores vitales

tp-galeano-altaHay libros, o sus autores, o los autores de quienes hablan los libros, que me merecen absoluto respeto, a veces admiración. A los de esa clase no los puedo leer en cualquier momento, en indistinta circunstancia o lugar. No. Requiero el tiempo vital para disfrutarlos y aprender, o por lo menos intentarlo.

Hoy tengo en mis manos uno de esos libros. Se llama Galeano. Apuntes para una biografía, escrito por el periodista bonaerense Fabián Kovacic. Lo conseguí apenas salir al mercado mexicano, hace algunos meses, y me esperó y esperó paciente en la mesa de trabajo de la biblioteca casera, hasta que anoche, cuando me disponía a elegir el arsenal de palabras que viajarían conmigo, decidí que era la oportunidad, que debía comenzar la lectura de esta suerte de biografía no autorizado del fallecido y querido (por mí) uruguayo Eduardo Galeano.

Las esperas en la central de autobuses, el aeropuerto, el avión y las noches en el hotel me darán el cobijo. Comenzaron esta madrugada, cuando apenas salíamos de la ciudad, y seguirán esta noche, aunque no avanzaré mucho. El cansancio reclama colocarme en posición horizontal y decir hasta mañana, o ni siquiera llegar a pronunciarlo.

¡A por eso!

Chihuahua

Mis enemigos

Tengo muy pocos enemigos. Poquísimos. Podrían ser suficientes los dedos de una mano. De aquí para allá, claro. Si para algunos cuantos más lo soy, no es problema mío. No se me juzgue por ellos.

Si cada cual elige sus enemigos, no necesito muchos. Los tres o cuatro me sobran y bastan para perder impunemente el tiempo en odios malsanos.

Uno de esos enemigos que más me provocan sufrimiento es la aglomeración, el gentío. Me resisto y casi estoy dispuesto a cualquier batalla familiar cuando el cine, por ejemplo, estará repleto y habrá que hacer filas en boletería y dulcería. Por eso el fin de semana no salí sino por lo estrictamente obligatorio. No estuve cerca de las gangas y lo festino. La indiferencia familiar contribuyó enormemente.

Cuando el domingo termina y debo comenzar los preparativos de mi viaje, el buen fin terminó con resultados altamente satisfactorios: libré la basura, las compras superfluas, la tentación consumista.

EL BUEN FIN. ¿EL BUEN FIN?

Logotipo-BUENFIN-1Aunque a veces el falso orgullo nos hace caer en extremos grandilocuentes, los mexicanos no somos una raza de otro planeta. El “Como México no hay dos”, analizado con un poquito de cabeza y sin rasgarse vestiduras (ni ánimo antipatriota), aplica para cualquier país del mundo, poderoso o miserable: porque no hay dos Alemanias, ni dos Perús, ni dos Australias, ni dos Francias. Es verdad, hay dos Coreas, pero no son la misma cosa. Así podríamos seguir.

A donde quiero llegar, sin muchos rodeos, es a algunas conductas que no son exclusivas, pero que con nuestra peculiar idiosincrasia parecen geniales muestras de locura.

Vivimos (¿disfrutamos?) la semana del llamado “Buen fin” y no pude eludirlo. Este mediodía debí pasar por Soriana en el camino a la sucursal de Banamex; me desconcertó la enorme cantidad de vehículos y la romería de compradores que entraban y salían con sus carritos, unos más llenos, otros menos, muchos apenas rumbo al oasis del consumo en el desierto de la crisis.

Rumbo a casa pasé por Walmart para comprar algunas cosas de la despensa. Y casi me aplasta el alud de carritos con sus conductores de ojos desquiciados. Libré mi ruta tan pronto pude y me aposté en las cajas más abiertas que nunca. La chica bostezó después de saludarme y su cansancio me conmovió. ¿Estás cansada? Sonrío apenada: un poquito. ¿Y a qué hora cierran hoy? A la una. ¡A la una! Casi le grité sorprendido. Sí. Uf.

Salí sorteando los clientes afuera del área de atención a los clientes y luego en el estacionamiento. Como cuando Patricia, pero con motivos felices (¿será?).

Así podríamos seguir, sin que necesariamente estemos de acuerdo. Pero creo que las horas apremian: unos se irán a ver a Luismi y otros a comprar hasta lo que haga falta. Buen fin, buenas noches. Me quedo en casa con Serrat, Sabina y una copa de tinto.

VIERNES NEGRO

ParisDespués de una sesión de trabajo de cinco horas en la Escuela Vasco de Quiroga, llegué a casa un poco cansado pero contento. Creí que sería un buen viernes, preludio de sábado intenso. Cené ligero y descansé.

Cerca de la medianoche encendí la computadora para escribir el Diario. No estaba muy seguro del tema y tenía dudas si podría cumplir. Abrí páginas habituales de noticias y en Twitter me sorprendió el TT con la etiqueta de París. La curiosidad me mostró las reacciones frente al brutal atentado en la capital francesa. Las imágenes fotográficas de El País me atraparon y se formó un grueso nudo en la garganta. No conozco la ciudad, no me es familiar, pero me estremeció el horror vivido hace unas cuantas horas.

Otra negra noche, otro negro viernes que nos recuerda, triste, infaustamente, que la condición humana sigue siendo tan endeble, como indignos de portarla una buena cantidad de grupos e imbéciles fundamentalistas que pululan por el mundo.

DE LAS CALIFICACIONES EN LA ESCUELA

Esta tarde pasé por el colegio de Mariana Belén para recoger sus calificaciones del primer bimestre en el cuarto año de primaria.

Camino a casa, con la sonrisa por los resultados, divagué acerca de las conversaciones que solemos tener en las mañanas. Le inquieta el valor que tienen las calificaciones y yo, no me canso de repetirle, con palabras diferentes y buscando nuevas argumentaciones, que sacar 10 no es el motivo más importante, que el 10 no es la medida del éxito escolar que persigo en la escuela, ni para ella ni para su hermano. Que un 10, obtenido sin el máximo esfuerzo y aprendizajes, no merece aplausos o felicitaciones. Así pienso que debería funcionar la escuela.

Es verdad, en esta época en que la escuela pondera las estrellas, las competencias y la competitividad, el individualismo o las medallas de oro en lectura, hay que tener mucho cuidado en el mensaje para no provocar disonancias incapaces de resolver los niños con sus medios.

A contracorriente, le insisto, no tengo obsesión por hijos de 10 en las escuela, o máximas calificaciones con esfuerzos regateados, ni quiero como meta ser mejores que los demás. La medida de la comparación es siempre uno mismo, si se trata de compararse.

La educación, si la entendemos como el proceso de formación de las personas y no se reduce a la escuela, trabaja con personas y no con objetos o mercancías, por tanto, es mucho más compleja e interesante, más delicada y requiere de un sentido común que hoy es elementalmente escaso.

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