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Desvaríos

Hoy desperté antes de lo habitual. A las 5:03 abrí los ojos, despejé la cabeza y tuve la certeza de que no seguiría dormido. Un leve dolor en la nuca me incomodó. Mejor levántate y siéntate a escribir, pensé.

El 10 de febrero fue mi última entrada al Diario. ¡La semana entera! No me había ocurrido, pero no es extraño. Han sido días intensos, como una montaña rusa de emociones, entre actividades extra e infraordinarias, entre las alegrías de presentar un libro nuevo y las inquietudes de conocer su destino, entre el cierre de un ciclo laboral y las estrecheces del tiempo siempre finito.

La presentación de un libro produce sentimientos con los cuales debemos ser cautos para evitar fatuidades. El martes fue una noche muy especial, entre la comunidad pedagógica universitaria, casi todos viejos conocidos, buenos amigos, respetados y pródigos en afectos. Miro adelante y las tareas no paran. Es hora de continuar.

En la semana comencé mi trabajo de campo en una escuela nueva, peculiar, en Quesería. Las primeras entrevistas con estudiantes y directoras me dejaron varias preguntas que esta mañana empezaré a indagar.

Hoy estaré en una entrevista en Radio Universo, la estación de la Universidad de Colima. Conversaremos de Elogios de lo cotidiano. Espero tener la lucidez para responder las preguntas antes de que los escuchas opten por cambiar la estación. Ya veremos.

Oficialmente es mi último día de trabajo en el Instituto. No será un día fácil ni normal. Pero no quiero convertir esta página en un paño de frustraciones. La vida sigue y los proyectos ilusionan.

 

 

Elogios de lo cotidiano

¡Tengo nuevo libro! Disculpen la confesión: me desborda la alegría. Con el pequeño entre las manos cerré una pausa de dos años esperando el momento irrepetible en que abrimos por primera vez las páginas [en este caso] de un producto que costó esfuerzo, incalculables horas, algunos sufrimientos, larga demora y caudalosas satisfacciones.

Con Elogios de lo cotidianoincursiono en un campo distinto al habitual. No es un texto de pedagogía, educación o didáctica, territorios naturales, donde me muevo con cierta familiaridad. Pero tampoco los olvida y, de alguna forma, emerge de su simiente.

No es un libro académico o técnico. A pesar de la confesión, faltaría a la verdad si no reconozco que lo inspiran dos grandes fuentes: la lectura que una noche abrasadora de mayo hice de Georges Perec, escritor francés poco conocido y, por otro lado, los atributos que me parecen imprescindibles en la tarea compleja y apasionante de la educación: la memoria, la lectura, la escritura, la pasión y el valor de reconocer la trascendencia de lo infraordinarioen nuestras vidas, esas pequeñas piezas casi insignificantes que forman el Lego de las vidas humanas.

Cada una de esas motivaciones, la memoria, la lectura, la escritura y la pasión son componentes del ethos pedagógico. A ellas sumo mi afecto por los detalles, por el recuerdo que parecía perdido, abrevado en distintas fuentes, de Joan Manuel Serrat, por ejemplo, cuando elogiaba “aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel…”; o Philippe Jackson en La vida en las aulas, ese formidable texto que me abrió al entendimiento de la compleja atmósfera cotidiana de las escuelas, donde las minucias tejen la vida escolar.

Finalmente, aunque tal vez debía comenzar por aquí, Elogios de lo cotidianoes un libro que escribí rememorando a Quesería, mi pueblo, para honrarlo desde la memoria que conservo, y con él, a mis amigos de la escuela, de la calle, a sus calles, a las estrellas de su cielo, a mi madre.

Es el libro más personal, inesperado, que no tenía en proyecto, y se me apareció una noche. Regalo para festejar un año más de vida que, en el balance final, hasta aquí, presenta saldo feliz, con las arrugas del inoxidable paso del tiempo.

Sábado agridulce

Tengo varias razones para la alegría: anoche presenté nuevo libro en mi pueblo, allá donde todo comenzó; mi hija leyó un texto de su autoría con un contenido extraordinario; me reencontré con varios antiguos conocidos; esta mañana lo presenté en una Universidad con buenos amigos, escuché un par de comentarios estupendos y vi los rostros de los asistentes… podría seguir con un largo etcétera. No puedo omitir del recuento las malas: la burocracia delirante de los sitios donde trabajo, uno, que cambia las reglas y formatos horas antes de cumplir los tiempos, en franco desprecio a sus trabajadores, la otra, que insensata se empeña a empoderar al absurdo o la estupidez.

Todo se oscurece. Lo que me duele ahora es la noticia que leo en Diario de Colima. El hecho es terrible, tremendo, irritante. Sucedió en Suchitlán, en un preescolar. Un grupo de niños se encimaron en un compañero de 5 años y lo patearon, según declara el padre. Las consecuencias son inadmisibles: perforación de pulmón y traquea lastimada. ¿Por qué unos niños menores de 6 años golpean con tanta saña a otro igual?

No lo entiendo, y no puedo entenderlo. Me resisto a suponer que esto es natural, que los niños estaban jugando y lo sucedido fue algo intrascendente.

¿Dónde estamos perdiendo la batalla por la humanidad, por la sensatez y la sensibilidad? Quisiera, pero no puedo estar feliz.

LOS VOUCHERS EDUCATIVOS DE AMLO. PREGUNTAS

El sistema de cupones, vales escolares o vouchers educativos es una idea impulsada por Milton Friedman, padre, si tiene, del neoliberalismo.

¿Y cómo nos explicamos entonces que ahora el gobierno federal subsidie a las familias y no a las estancias infantiles?

El sistema no es novedoso. Hace un buen rato que se usó en algunos partes de los Estados Unidos.

¿Funcionará o no en México? ¿Funcionará en Colima? ¿Tendrán la misma libertad para elegir los padres de Colima capital a los de Ixtlahuacán o Minatitlán? ¿Es una forma de combatir la inequidad?

¿Es una forma efectiva de combatir la corrupción? ¿Cuál es la garantía? ¿La libertad del mercado?

Aquí el video de Friedman explicando la lección en menos de dos minutos. https://www.youtube.com/watch?v=KJAk9zAjwVI&fbclid=IwAR1gA_2WFE2BMzwj6xdIHrCqmmFNGv6xoNH1pyDShYfnq44Ne8lzjE1fVbo

 

Los privilegios de la noche

Anoche tuve la fortuna de compartir la mesa con un selecto grupo de invitados y amigos en la Fundación Cultural Puertabierta. Para el huésped principal, Juan Villoro, sobran presentaciones. Estar allí fue un privilegio enorme: cena exquisita, buenos tequilas, cervezas, vino tinto y, sobre todo, la compañía y el buen humor.

Solo una vez había visto a Juan Villoro por un rato sentados en la sala 75, terminal 2, del aeropuerto de la Ciudad de México, cada uno en lo suyo. Allí me pareció un hombre demasiado serio, tanto que ni por la cercanía me atreví a saludarlo, con nuestros vuelos demorados a distintos destinos.

Ayer desde su llegada a la casa de Miguel Uribe repartió simpatía y amabilidad. Bromeó, ilustró, contó, sin poses ni fatuidad. Nos escuchó atento y habló de los temas que le interesan y de los que le preguntamos, incluido el fútbol, el Barça y Messi, en ambiente festivo, como así debe ocurrir cuando los motivos son tan indispensables como la amistad y la fraternidad, nomás porque sí.

Una noche linda para cerrar larga jornada. Juan está en Colima y sus conferencias en el Teatro Hidalgo, hoy y mañana, serán sin duda una prueba, si hacía falta, de que la inteligencia no está reñida con la claridad, el humor y la sencillez.

Esta tarde tuve mi primera clase del curso Gestión de instituciones educativas en la Universidad. Salí cansado pero contento, deseando conducir un viaje lleno de aprendizajes con un puñado de 25 estudiantes respetuosos e inquietos.