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Tarde de sábado

1. Decía Rene Lavand, el extraordinario ilusionista argentino, que la siesta tenía como recompensa o corolario un doble amanecer. No soy asiduo a la práctica, pero hoy me rindió el cansancio de la jornada y la semana de fatigas causadas por la condición de salud que no termina de llegar al cien por ciento.

Tuve pesadillas y desperté con el cuerpo sudado, por el calor y los sueños inquietos. Pasados los minutos de reconocimiento del día y hora, me levanté con pesadez y fui a la regadera. Recordé a mamá cuando el agua bañó el cuerpo. Estaba fresca, casi fría. Cerré los ojos para continuar el recuerdo. El agua fría amansa a los locos, decía riéndose, cuando le reclamaba por un poquito de agua caliente para el baño en las tardes frías de mi pueblo. Bañarse así era común, y se me volvió hábito cuando vine a vivir a Villa de Álvarez. Solo un tiempo interrumpí esa costumbre, hasta que con rubor me descubrí esperando que saliera el agua caliente mientras el termómetro rebasaba con facilidad los 34 grados. Desde entonces, cada vez que voy al baño, la recuerdo con la misma cantaleta y su sonrisa, a la que ahora acompaño de otra, gozosa por el aprendizaje y la delicia del agua refrescante. No sé si es verdad que el agua helada aplaca la locura, sé que la mía sí se atempera, y se dulcifica en el recuerdo amoroso.

2. Hoy tuve mi segunda clase de francés en la Facultad de Lenguas Extranjeras. Me sentí más cómodo. Tenemos un excelente profesor, jovencísimo, pero con estupendos dotes para el oficio. Llegaron seis nuevos compañeros. Todos podrían ser mis hijos, pero parece no incomodarles la presencia adulta. Hoy confirmé lo que intuía, creo: los diccionarios, en este caso, español-francés, son cosa del pasado. En los celulares está casi todo y un poquito más.

¿Adiós al Colegio Inglés?

Solo una vez, hace muchos años, entré al Colegio Inglés. No lo conozco. Nunca hablé con la directora, no tengo entre sus principales colaboradores a algún amigo. Ignoro los pormenores (y los pormayores) del asunto que los tiene postrados. He escuchado en estos años opiniones sobre su servicio educativo, la mayor parte buenas, otras no tanto, como sucede con cada escuela, pero sobre eso no caben los juicios con sustento para hacerlos públicos.

Esta tarde, después de volver de la Universidad, vi un video de la diligencia de desalojo transmitido por un medio digital local. Ignoro qué harán los operadores del Colegio. Las cuestiones legales no son de mi interés, pero mi preocupación tiene un foco colectivo: las decenas de profesores que ahí laboran, desde preescolar hasta el bachillerato. Los trabajadores, en general.

Me preocupan todos ellos, entre los cuales, estoy seguro, habrá algún egresado de nuestra facultad. Cada uno de los maestros y maestras que allí laboraban me inquietan, su suerte personal y su fuente de trabajo. El Colegio tendrá unos 20 años, así que habrá trabajadores con esa antigüedad que habrán dejado parte de su vida entre sus aulas y oficinas, para quedarse, de la noche a la mañana, sin un lugar donde cumplir su tarea profesional.

Una segunda preocupación me ronda. La insolidaridad de los otros colegios privados, su falta de sensibilidad. Salvo que las pruebas del delito sean contundentes, podrían haberse externado muestras de apoyo para exigir justicia y reparación de presuntas irregularidades. Un poquito de alivio frente a la desgracia. Probablemente hubo alguna, y pido perdón. Si no es así, lamento que la competencia por el “mercado” gane de nuevo la partida.

Carta a un amigo: Pedro Vives

Querido amigo:

Cumples hoy 85 años. O como dices: 85 pirulos. ¡Felicidades! Me faltan palabras para expresarte mis sentimientos por este día. Gratitud, agradecimiento, es palabra que se acerca un poquito a ese sentimiento, porque me sale del hondo cariño que tengo por vos. De eso quiero contarte un poco.

La ocasión de escribirte estas líneas es accidental. Pude escribirte ayer, hace una semana o algunos meses, cuando te recuperaste del terrible accidente cerebral, pero lo hago ahora, porque no ha sido posible estar allí en tu casa hoy, sentados en la misma mesa de seis sillas, escuchando a veces tangos, con la copa siempre llena, a veces solos, otras en compañías entrañables y disfrutando las conversaciones de todos los temas que nos tocan.

¡Sos un ejemplo, Che! No lo olvides nunca. Mucha gente llega a los 85 años, los rebasa, con más o menos facilidad, con más o menos efectos del tiempo y quebrantos en la salud, pero alcanzarlos con la entereza, vitalidad y memoria que tienes, desborda lo ordinario.

Cuando viví en la Argentina y veía a los viejos sentados en el parque, caminando las calles de Buenos Aires, conversando con un café, era imposible el contraste: en estos pagos nuestros esas imágenes son excepcionales; allá es habitual. La vejez no se esconde, no se arrincona ni se encierra a esperar la fatalidad; persevera, sigue apostando a mañana. Personificas esa actitud, con entereza total.

A algunos colegas les fastidiará, pero he dicho a veces que lees más que muchos profesores que conozco. Eso es parte de esa vitalidad, por supuesto.Es un placer siempre estar frente a ti, a un lado, escuchando anécdotas de O’brien, tu pueblo, de Argentina; de tus correrías juveniles, de la escuela de entonces, de la vida política en tu país, de tu peronismo sin precio; o de los libros que aprendiste y sigues teniendo en la memoria en pasajes enteros, como el Martín Fierro. Disfruto también de las andanzas por el continente y por México, pero prefiero las primeras, con las discrepancias que nos arrojan nuestros colores futbolísticos, tú de River, yo de Boca, aunque compartimos pasiones por Messi y el Barça, y nos alegran los triunfos de México y Argentina, como minimizamos las derrotas.

Es un placer siempre, Che, y quiero que sigamos pasando muchas otras noches plenos y contentos, mirando siempre con optimismo y despidiéndonos con la promesa del hasta pronto.

Siempre habrá un tango esperándonos, una charla, un puñado de sonrisas, historias de alguna jermu, un tinto, un partido, un nuevo encuentro.

Un abrazo enorme, y que vengan muchos otros momentos, en Colima o donde sea.

Estudiante de nuevo

Viernes distinto. En estricto sentido ninguno es igual. Este es el primero del nuevo ciclo escolar, que impone una rutina distinta a la jornada laboral. Por eso es singular. Pero también porque mañana será mi primer día del curso de francés que tomaré en la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad.

Será un semestre escolar especial. Mis hijos también tomarán un curso; ellos de inglés. Ambos son hábiles en ese idioma. Además de las sesiones desde la guardería, luego en el colegio, ya pasaron por algunos cursos en la misma facultad universitaria. Les gusta. En su examen de colocación obtuvieron estupendos resultados.

Nada me obliga a tomarlo, nadie me lo exige, me lo propuse cuando me liberé del trabajo en el INEE. Y lo cumpliré. Quiero leer habitualmente, incorporar otros autores y otras lecturas a mi cotidianidad laboral. No soy totalmente ajeno. En el plan de estudios que cursé en la licenciatura había dos cursos de francés que aprobé sin problemas; luego, en la UNAM, para cumplir requisitos de egreso, debí acreditar dos idiomas, uno, el idioma de los hoy campeones del mundo del fútbol. Lo libré en el primer intento.

Me ilusiona llegar a la nueva aula y comenzar un ciclo de aprendizajes. Dormiré temprano y despertaré a tiempo.

Viacrucis en Banco Santander: ¿el banco serio?

Mi relación con los bancos nunca ha sido tersa. Y cada día se deteriora más. Mi animadversión sube de tono. Primero fue Banamex, y hoy es Santander.

La ruptura con Banamexfue casi definitiva. Sigo con lo mínimo para una vida imposible sin plásticos. Pero les rechazo todo y no les pido nada, ni sus promociones dignas del usurero más elegante.

Cerrado el capítulo Banamex confié mi vida bancaria en Santander y me defraudan con cíclica mala onda;  pero no puedo zafarme porque ahí cobro mi salario.

En los últimos meses las afrentas del Santander son insoportables. Al temor de venir al banco en una ciudad peligrosa, sumo el trato que me dispensa el banco. La lista de situaciones es larga. Con paciencia las voy borrando para no amargar la nube de mis emociones, pero hoy me sucedió de nuevo en la sucursal de Villa de Álvarez.

Resumo. Tenía que hacer dos pagos a la Universidad de Colima. Hice el primero

para mi hija, en el cajero automático, donde debo hacerlo. Sin problema. Vino el turno de mi hijo. Error en la operación. El cajero no reconoció uno de los billetes que otro de sus semejantes me había dado cinco minutos antes, a menos de cinco metros.

Me indicó que cancelara o pagara el total. ¡Ya había pagado todo! Pedí cancelar y que me devolviera el dinero, como marcaba la opción. Ruidos extraños y luego de varios minutos reanudó su servicio. El comprobante es claro. Se quedó con mi dinero.

Hablé con un funcionario. Me pidió pasar a la caja 1. Vino un pequeño viacrucis: imposible darme el dinero o saldar la operación. Debo hablar con la subdirectora. Ella, con la tersura de un refrigerador no se inmutó: apúntese y espere a levantar acta.

¿Cuánto tiempo? ¿Dos horas? Pregunté medio ingenuo. Ella es una fiera de la contundencia: el que sea necesario. Sin rubor. Patada doble en los testículos con pulla.

En conclusión, Santander, el dizque banco serio, me tiene aquí esperando que reclame por una estupidez que no cometí, por un dinero mío, en un tiempo mío y con la paciencia agotada. En la lista quedan unas 18 personas. ¿Cuánto tiempo permaneceré? Bajé al auto, tomé un libro, escribí estos tuits exorcizadores y luego a leer.

Ah, y además, debo volver a pagar mientras se resuelve “el error de operación”. En serio: ¿Santander es el el banco serio?

Posdata

Diez tuits tirados a la basura en Santander, como el tiempo perdido. Espero que por lo menos no mi dinero.

Más de una hora después sigo mi viacrucis. Me tocaba el turno pero no, debo esperar a la única empleadas que atiende esos casos. ¡Qué maldito banco serio!