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Humor perro

Colima Noticias, portal de periodismo local, me regala esta tarde una nota que no sé cómo interpretar desde el sentimiento. No sé, lo confieso sin mala onda, si reírme o llorar. Dice la nota que en playas de Tecomán no habrá servicio de salvavidas en las próximas semanas “porque las playas están cerradas”.

Por fin alguien resolvió mi duda, porque la Secretaría de Salud, muy responsablemente, no se ha detenido en mi pinche pregunta para contestarme en Twitter lo que ya hizo el director de Protección Civil de aquel municipio.

Zanjada esa duda presocrática, entonces vinieron otras: ¿si está prohibido el acceso a las playas para bañarse, porque se siguen ahogando, o casi? ¿A quién le toca vigilar? ¿Hay que confiar de nuevo en el pueblo sabio y bueno (y desmadroso e irresponsable)? ¿Si está prohibido, pero la gente sigue yendo a la playa a bañarse, y la gente lo sabe, porque los “ramaderos” reclaman servicio de guardavidas, y todo mundo lo sabe, en algún momento alguien tendrá la determinación de actuar?

¿Seguiremos jugando a ser responsables: el gobierno tapándose los ojos y los ciudadanos exhibiendo miseria en la materia?

La relatividad de la hoja

A veces una hoja no es nada. A veces una hoja se pierde entre miles o millones de hojas en el árbol frondoso. A veces una hoja no es sólo una hoja. A veces una hoja es más que una hoja. A veces una hoja es todo el árbol. A veces la hoja es la historia resumida de todas las hojas de ese árbol. A veces la hoja es el último aliento vital. A veces la hoja. A veces.

A veces una hoja, la última hoja, no es una hoja, a veces es la vida toda.

El hombre de la tristeza infinita

La fría madrugada de enero lo despertó. Intentó dormir de nuevo y después de unos minutos, rendido, encendió la lucecita de la lámpara en su vieja mesa de noche. Asomó por la ventana y observó la calle. El viento meciendo los árboles y las sombras le deprimieron. El viento helado que se colaba lo regresó a la cama y tomó su libro. En 46 minutos recorrió las páginas finales de El hombre de la tristeza infinita. Triste. Concluyó la lectura con pesar. Miró al techo y la penumbra le apresó el corazón. Sintió una tristeza que parecía la del personaje leído. Abatido, como el personaje, no supo que tristeza le dolía más: la propia o la del alicaído. Entonces no supo quién era: el personaje fugado de la historia o el lector que había huido de su cuarto, pero las tristezas de ambos le dolieron como el primer grito humano.

Otro día negro

Otra vez se rompió el récord de infecciones por día en México. En el mundo sucedió lo mismo, con infectados y fallecidos.

Si la nueva ola está resultando más fatídica que la primera, lo que viene en enero puede ser peor. En Colima la gente parece respirar con calma, pues ven cierto control de los números oficiales, pero es engañoso. Los hoteleros de Manzanillo sonríen porque se incrementa la ocupación, así, garantizan que en semanas aumente la ocupación en hospitales y funerarias.

En Colima fuimos en la cola siempre, en infectados y fallecidos; en algunas semanas subiremos de nueva cuenta y, si se repiten patrones, el sistema sanitario colapsará.

Cuando más determinación de las partes se necesita, los mensajes oficiales siguen contradictorios, como el dislate del doctor López-Gatell, desdeñando el semáforo epidemiológico para aplicarlo en Ciudad de México.

Las variables se mantienen, por eso los resultados: irresponsabilidad ciudadana y torpeza gubernamental. La pandemia de la muerte cabalga más viva que nunca. Ella sí puede decir, si fuera político: vamos muy bien.

Premio al amor, al dolor y la esperanza

Escuché el mensaje de una de las madres y luego leí las notas periodísticas sobre la entrega del Premio Estatal de Derechos Humanos a la organización Red de Desaparecidos en Colima, A. C.

Me llamó la atención, anecdótico nada más, que la mayoría de las premiadas son mujeres. La intervención de una de ellas en la ceremonia es conmovedora: no queremos medallas, queremos a nuestros hijos.

No quise imaginar, ni un poquito, el enorme dolor y vacío que las acompaña cada día, en que siguen su lucha buscando y buscando.

El premio es incuestionable, pero ¿quién quiere un premio así? ¿Quién disfruta un premio en esas circunstancias?

Junto al dolor de las madres, es inevitable poner al ladito, pegadito, el reclamo enérgico a quienes debiendo cuidar, no lo pudieron hacer. Y cuando ocurrieron las desapariciones, fueron ineptos en la tarea de hacerlos aparecer.

Es un “premio” a ellas y un reclamo indignado al gobierno, a los gobiernos.