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Divagaciones vacacionales

Si me propusiera leer un libro cada semana alcanzaría el fantástico promedio de 53, como todo mundo medianamente alfabetizado calcula. 53 libros al año, en un país donde se lee tan poco, es una cantidad desmesurada. Uno solo habría leído lo que 20 o 25 mexicanos. No está mal, nada mal. Pero si uno tomara un curso de esos de lectura rápida, que te prometen miles y miles de palabras en muy poquito tiempo, aprenderlo todo y mejor, podría convertirse en un fenómeno que todas las estadísticas oficiales querrían reclutar para elevar los promedios de lectura del municipio o del estado. Con un contingente de mexicanas y mexicanas lectores ultra veloces, la nación podría subir varios peldaños en los rankings internacionales en la materia. No estaría mal; o tal vez sí. 

Ese frenesí que cultiva la velocidad puede tener sentido en muchos ámbitos, o en casi todos, pero no creo que valgan mucho la pena en los más esencialmente humanos, en aquellas pequeñas cosas que recordamos como los momentos felices. ¿Cómo apresurar el enamoramiento (como lo conocimos en mi época moza) a base de miradas furtivas, roces ligeros de manos o pieles, palabras nerviosas? ¿Cómo redactar de prisa la carta (o el correo electrónico, si quieren) donde contamos desventuras a nuestro mejor amigo, lejos de nosotros, para leer su respuesta empática y sensible, meditada por el buen tiempo y la paciencia de la palabra precisa? ¿Para qué apresurar el primer beso a la chica/chico que uno desea? ¿Para qué leer con el reloj en la mano los versos de Neruda, si una copa de vino, las sombras, una luna llena o el viento en la cara son parte de la escenografía más idílica? 

Así podría seguir, contando otras situaciones para las cuales sobra el velocímetro, pero esas son suficientes. 

No sé cuántas páginas ni cuántos libros leeré este año. No me hice un propósito semejante. Deseo, en cambio, que cada libro y cada página valgan la pena porque me dejaron una enseñanza y me ayudaron a pensar, sentir y actuar mejor. Si no es para eso, la lectura, como otras actividades de la vida, no tienen sentido.

Corrección de textos

Desde las primeras incursiones en el mundo de la escritura para publicarla en forma de libro procuré participar en todas las dimensiones del proceso. O casi en todas, pues ya las tareas de impresión requieren su propio entrenamiento. Me refiero a las que siguen a la escritura del autor y hasta el momento en que el documento pasa a la imprenta: la corrección de textos, la corrección de las correcciones, la corrección de pruebas, la elección del tamaño del libro, portada y, en proyectos especiales, el diseño de interiores o la persona que diseñará la cara del libro.

Cuando más he participado en esas varias facetas, más conforme quedo con el resultado. No hablo de su calidad profesional, sino de mi satisfacción, que deriva principalmente de ser un lector con ciertas opiniones, gustos y disgustos.

Las primeras horas de mi trabajo en 2020 han transcurrido en una de esas fases: la corrección de las pruebas, esto es, del primer corte que hace la editorial, con el resultado preliminar. La actividad me exige concentración absoluta, paciencia y buena condición física para sentarme horas y días en cotejar con originales, con las opiniones de lectores y con sugerencias profesionales.

Poco a poco voy formando un ritual alrededor: ¿cuál es la mejor hora?, ¿en la mañana, en la noche?, ¿tomar café, mate, agua, un whisky? ¿Cuál es el lugar ideal?

Las correcciones que ahora realizo son distintas; todas la son, de alguna manera, pero esta tiene su peculiaridad: cuando nunca había dudado, estoy a punto de cambiar el título, o alterarlo en su orden. Eso habitualmente no sucede. Pues esta vez sí.

Camino sin prisa en estas horas; no tengo urgencia de regresarlo a la editorial o verlo publicado [en formato electrónico, he decidido], voy despacio porque a lo largo del 2020 me encontraré de nuevo en este apasionante mundo de las letras y las palabras, de intentar siempre el mejor texto posible, el más legible y cuidado.

Deseos de año nuevo

Pasadas las primeras horas del 2020 entre sueños recortados, volví a la mesa del estudio. La tarea ahora y en un par de días es pasar las correcciones del papel a la versión electrónica, la V8, según leo en el título del archivo en pantalla. No quiero dejar pasar más tiempo, y mientras mis hijos respiran todavía con ojos cerrados, víctimas del desvelo, en el silencio encuentro el ambiente indispensable. No tengo prisa, ni quiero postergarlo.

Con estas líneas abro la primera página del Diario 2020, mi blog personal, diario de los recuentos cotidianos, o de todas las veces que pueda visitarlo.

A mi lado, en la mesa, reposa el libro que comenzaré nada más por gusto: El miedo del portero al penalti, de Peter Handke. Para los enterados, sobran presentaciones; para el resto, es suficiente con decir que ganó el Premio Nobel de Literatura en 2019.

Desde Santa Fe, Argentina, mi colega y amigo, Luis Müller, como cada año envía una tarjeta hecha por sus manos artísticas con buenos deseos; me inquietaba no haberla recibido por su salud o una expulsión involuntaria de su lista de amigos.

En esta primera página quiero compartir mi deseo breve de año nuevo. El deseo cándido pero sincero de que nos vaya bien a todos, de que no nos falte lo indispensable nunca, empezando por la primera condición vital: la salud, ya el resto, léase, trabajo, alegría, amor, amistades, comida y algunas diversiones son conquistas de cada uno con su acción y un poco de suerte. Y que cuando algo de eso nos falte, tengamos la capacidad y el brío para salir a buscarlo.

En mi deseo no hay distingos, ni mejores para unos y peores para otros, en función de afinidades personales o discrepancias políticas, la nota triste más constante en mi TimeLime del Twitter durante 2019, donde la diferencia política fue pretexto para el insulto y no pocas veces la canallada.

¡Que nos vaya bien a todos, a los verdes, a los rojos, a los amarillos, a los azules, a los morenos, y también a la mayoría, a quienes no tenemos una bandera de color e intentamos observar el mundo [y la política] con la belleza del arcoíris!