A las 7:32

1

Sin voluntad nunca hay tiempo. Sin determinación los pretextos son infinitos, o uno solo, repetido automáticamente. Sin la convicción precisa cualquier viento de duda derriba toda iniciativa. Con sonrisa embozada, eso pienso cuando escucho a alguien contarme que no lee o no hace ejercicio porque le falta espacio en la agenda. Es probable, por supuesto, que haya quien tenga severas dificultades para sincronizar el reloj con las prioridades esenciales. Cronos versus kairós: la tiranía del reloj contra el tiempo vital.

 

2

Cada mañana, a las 7:32, veo a un hombre doblar la calle, bajar de su motocicleta del trabajo, con parsimonia, estacionarse y enfilarse a alguno de los aparatos de ejercicio para comenzar la rutina. La primera vez me sorprendió. Observé curioso su moto y encontré el oficio matutino: repartidor de pan. En el camino a la faena llega al mismo parque donde camino, y durante 12 o 15 minutos va de una actividad a otra, milimétrico, entre aquellos artefactos que no están ocupados. Lo seguí con atención: se concentra en lo suyo y parece disfrutarlo. De pronto levanta los ojos al cielo o clava la mirada entre los árboles y el suelo ahora reseco. Nunca lo sorprendí fisgando alguno de los traseros femeninos que por allí deambulan. No, no es persecutor de esa calaña. Luego de su rutina, variante cada día, silencioso, sube al vehículo, se coloca el casco, enciende el motor y reinicia la ruta.

3

Sigo mi andar ruborizado por las tantas veces en que busqué excusas para no acudir a la cita mañanera. Confirmo: sin voluntad el tiempo es coartada casi perfecta; puede engañar a todos, menos a sí mismo. ¡Qué duda cabe!

 

 

 

 

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