El fútbol con sotana

Con dos horas en el aeropuerto antes del vuelo a San Luis Potosí, había tiempo de sobra para visitar la librería Gandhi. Las lecturas previas, preparatorias de la conferencia que me esperaba, habían dejado una dosis insana de intoxicación. Sin prisa, enfilé en busca de novedades lejanas a la pedagogía. Encontré tres, entre ellas, El papa que ama el fútbol, de Michael Part, autor de libros sobre los futbolistas Messi y Cristiano.

El libro entreteje las vicisitudes de la familia Bergoglio, de Italia a Buenos Aires; la conquista del campeonato argentino por el Club Atlético San Lorenzo de Almagro en 1946 y el relato de los días anteriores a la unción de Jorge Mario Bergoglio, el primer papa no europeo y jesuita, apasionado del fútbol desde los días infantiles en que correteaba la pelota con sus amigos apenas salir de la escuela.

Es una historia escrita de forma amena, ágil, con formato agradable. Fue publicada en el primer aniversario del pontificado de Francisco, el arzobispo de Buenos Aires que, cinco años después, ha preferido no volver a los barrios de Flores donde ejerció su apostolado, viajando en transporte público hacia zonas marginadas y gente humilde.

Michael Part recuerda en el Epílogo que el mismo día en que el papa era anunciado, la lotería nacional argentina premió el número 8235. El número de socio de Jorge Mario Bergoglio en el San Lorenzo de Almagro es, cosas divinas, el 88235.

El libro me trajo recuerdos del día histórico para el mundo católico y argentino. El 13 de marzo de 2013 lo viví en Córdoba, a pocos metros del edificio ubicado en la manzana jesuítica, donde alguna vez ofició el entonces cura Bergoglio. Aquel día y los posteriores fueron de conmoción absoluta. Los noticieros en televisión y prensa escrita invirtieron prioridades y hasta el fútbol pasó a segundo plano, o se ligó a la pasión del nuevo papa, hincha del San Lorenzo, los cuervos, a quien el pequeño Jorge Mario, en compañía de su familia, vio levantar el histórico campeonato de 1946 en un vibrante duelo contra el Club Ferro Carril Oeste.

Poco después de la noticia mundial, recibí un mensaje de Colima. Me pedían que al día siguiente contactáramos vía telefónica con Radio Levy para contar lo que estaba viviendo Argentina. No lo dudé. Recién había colaborado durante dos años con una cápsula radiofónica de dos minutos y conservaba las buenas relaciones con la estación. Salí a la calle, deambulé por la zona jesuita y compré los periódicos más importantes del país y de Córdoba; vi toda la televisión que podía.

Con el enlace no tuve mucha suerte por las fallas del teléfono, primero desde el celular y luego desde una cabina pública. Fue una experiencia grata: me convertí, por unas horas, en reportero. Me gustó, pero no la repetiría por el respeto que me merece. Tal vez en otra vida.

 

 

 

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