Michael Jackson y Juan Carlitos: una lección elemental

Volvíamos a casa un día cualquiera. En el asiento trasero él escuchaba música, yo me concentraba en sortear los autos en la hora de tráfico pesado por la salida del trabajo. Su voz me distrajo de la imagen al frente, del arroyo vehicular y la puesta del sol.

-Papá, el rey del pop no debió morir.

No supe qué decirle; reaccioné tarde con una pregunta: ¿por qué?

-Porque era muy joven.

-Ah, pues sí. Fue mi respuesta insustancial.

Arremetió en tono triste mientras yo lo miraba por el retrovisor: ¡sabes, cuando escucho esta canción me dan ganas de llorar!

Sonaba This is it, y sus ojos se posaron sobre el cristal de la tableta para mirar la imagen de la portada. Mis ojos iban del retrovisor a la avenida, francamente conmovido.

Ahora lo saqué del silencio con un desorientado ¿por qué?

-Es que esa canción fue la de su última gira, cuando decidió que ya no cantaría más. Por eso se llama así.

Y siguió su monólogo explicándome un montón de cosas sobre Michael Jackson, de las cuales no tenía yo idea, lejos de esos gustos musicales. Lo escuché asombrado por la cantidad de datos que manejaba con soltura, los nombres de los Jackson’s Five, algunos de sus discos y canciones, el infarto, su muerte en soledad. Todo eso lo aprendió solo, mirando la televisión o en internet, como en su momento de otros temas más relevantes para el juicio pedagógico. Mi desviación profesional me condujo a esa cancha.

Sí, concluí, si los maestros en las escuelas lográramos ese viejo anhelo de despertar la curiosidad del niño o el joven, si aprovecháramos sus centros de interés y conectáramos (o intentáramos) siempre la enseñanza con ellos, seguramente otros sentidos tendrían la escuela, la enseñanza y nosotros, quienes adoptamos el oficio docente.

Sí, parece tan fácil.

 

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