FEBRERO 8

Pasé la primera parte de la mañana dominical leyendo. Primero, sobre profesores, compromiso, alegría y optimismo pedagógico. Después, registré notas en la computadora de lecturas previas sobre Paulo Freire. Viniendo de contextos distintos los materiales leídos, Inglaterra (Europa, en general) y Brasil, la buena docencia y los buenos maestros tienen asideros comunes, entre ellos, compromisos ético y político, claridad pedagógica, alegría para enseñar, que solo proviene de un docente alegre y estimulado, que puede potenciarse o inhibirse en contextos específicos.

Leyendo a Carlos Núñez, uno de los más importantes lectores del pensamiento de Paulo Freire encuentro el siguiente texto:

“No se puede dar clases de libertad, fraternidad, igualdad, y tomar examen; también implica un compromiso y vivir en el propio proceso educativo, en el aula o donde estemos, la coherencia ética del posicionamiento del profesor”.

Lo suscribo. Sin embargo, la escuela suele construirse sobre prácticas que borran estos principios tan claros en la formulación conceptual, como extraños en la práctica.

En un momento histórico concreto en nuestro país, electoral, donde las palabras dominantes serán democracia, participación, ciudadanos, bienestar, comunidad, queda la sensación de que la escuela, habiendo avanzado sin duda, no logra desprenderse de viejos conceptos autoritarios que descansan en los pilares de visiones conservadoras.

No tengo duda de que la democracia mexicana es más un adjetivo del discurso que una práctica efectiva. Que los partidos políticos son veletas enquistadas en afanes desmesurados de poder. Que a los medios les cuesta abrirse y ejercer el pensamiento más crítico y distanciarse del gobernante. Pero también, que los ciudadanos seguimos sin ejercer la más plena carta de derechos que nos asiste. Siendo imperfecta, requiere el impulso de mejores ciudadanos y, por tanto, de una mejor escuela, una escuela ciudadana. La pregunta es cuánta democracia falta en la sociedad para democratizar unos centímetros el sistema educativo.

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IMG_1599Semana tensa e intensa. La agenda de compromisos semanales que debía cubrir, por decisión propia e involuntaria, era más larga que las anteriores. Concluyó de lujo, como quería. Un asado, después del partido Athletic de Bilbao contra Barcelona fue el cerrojo en el jardín de casa. El resultado debió ser más abultado, pero bastó el 2-5 para salir de la complicada aduana bilbaína.

Temprano dejamos todo listo: la carne cuidadosamente elegida, los pimientos para una salsa criolla, los ingredientes de la ensalada frescos y limpios, el vino, los cubiertos, las sillas. Todo. Nada faltaba. Nada faltó. Apenas escuchar el silbatazo del árbitro Mariana y Juan Carlos prepararon casas de campaña, y cada uno en sus posiciones. El resto es intimidad. La semana concluye y festeja retos cumplidos. La nueva empieza con mejores augurios.

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El 13 de febrero la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Colima cumplirá 30 años. Mi vida está ligada a ella. Ingresé cuando todavía no existía. Egresé de su cuarta generación. Fui su director al cumplirse una década. Hoy tengo la suerte de ser uno de sus profesores.

La semana será de festejos. Mañana por la tarde se presentará mi libro más reciente, Las escuelas: desolación y encanto. El martes participaré en un panel con otros ex directores del plantel, excepto el primero. Seguramente regresaré al tema en los siguientes días.

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