AMORES PERDIDOS

Kill-Bill-Vol--1-uma-thurman-263932_924_1400Tres o cuatro mujeres del mundo más espectacular ocuparon mis pensamientos durante muchos años. Ver sus películas, escucharlas, admirarlas, ver sus fotos, leer alguna entrevista me llenaban de desvaríos la cabeza y el cuerpo. Uma Thurman fue una de esas delicias. Fue. Pretérito imperfecto que el paso del tiempo y un pendejo cirujano dejaron convertido en polvo de olvido. En realidad, de lo segundo no estoy cierto, de lo primero no hay duda.

La semana anterior que vi sus fotos me asustó el resultado. Hoy las vi de nuevo. Pensé que seguía en la pesadilla de la siesta. No. Y los memes que hicieron los malévolos no me provocaron risa. Imagino a la pobrecilla, su profundo dolor, rabia, tristeza después de ver lo que ya no es.

Mis pensamientos volaron atrás, a Córdoba. En el cineclub municipal Hugo del Carril, en bulevar San Juan, a poco metros del primer departamento que habité, Uma Thurman era (no sé si ya la relevaron) una diosa. El bar se llamaba Quentin. Por Tarantino, of course. Apenas apagar la luz se escuchaban los acordes de Kill Bill y aparecía Thurman en el despampanante traje amarrillo. Luego un fragmento de diálogo, después de que ella confiesa su casamiento al protagonista:

Beatrix: Verás que mi lado es algo solitario.

Bill: Tu lado siempre fue solitario. Pero no me sentaría en otro lugar.

Sigue la música y un final climático. Trepidante apertura.

Hoy no sé si podría mirar de nuevo la escena. Tal vez al verla, atemorizado, esperaría el instante en que se desfigurara su cara o se quemara la pantalla, transformando aquella belleza singular en la cosa que quedó ahora. Tal vez. En todo caso, regresaré al Quentin, tomaré un Fernet con coca y mucho hielo. O dos, y me armaré de valor para entrar y encontrarme con aquel amor perdido que nunca fue.

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