DOMINGO DE FÚTBOL

Domingo de fútbol. De fútbol americano y de soccer. Escribo estas líneas pocos minutos antes del encuentro Barça-Atlético de Madrid. Emocionado y expectante. Haré una pausa en la jornada laboral en casa para sentarme al televisor hasta que los niños me sacudan. Estoy hambriento de ver un choque espectacular entre dos estilos distintos, entre uno que arrastra un pasado reciente glorioso y otro, que con entrega, tenacidad, solidaridad y un genio en el banquillo, habita por ahora el cielo europeo.

Aficionado el Barça, admirador del estilo que embelleció Guardiola, sufro cada domingo desde la partida de Tito Vilanova. A diferencia del poderoso Real Madrid que hoy es muy predecible porque gana y aplasta casi cada partido, el Barça es predecible por repetitivo, a veces soso y depende, en buena medida, de la actitud displicente de Lio Messi, genio con el ingenio displicente.

Soy de quienes creen que el fútbol es para ganar y gustar. Y este Barça gana menos y gusta a cuenta gotas. Su rival de hoy, el más temible para los catalanes desde que llegó Diego Simeone como director técnico, basa su espectacularidad en un férreo juego de la mitad del campo hacia atrás y efectividad mortífera en delanteros letales. Barça llega mucho, pero hubo partidos en que no disparó a portería. Atleti llega menos, pero con un gol le basta porque defiende con la fiereza con que lo hizo Simeone.

Así, espero un partido cerrado, tenso, pero confío en que este indigente de buen fútbol hoy no muera de hambre.

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Dos horas después terminé exhausto. Feliz, también. El marcador favoreció mis colores, aunque eso es secundario. Quería saciar el apetito del fútbol que apuesta a ganar y a jugar. Lo conseguí. Un Paternina banda roja (no mi favorito, aclárese) y un queso de la tierra de Xavi Hernández (manchego, para los neófitos y mujeres) fueron deliciosa compañía.

El partido reconforta como aficionado. La sonrisa de Messi es tan cara como anhelada, por escasa y porque aparece cuando sucede algo fuera de lo humano; la sonrisa de Neymar es como el espíritu de los brasileños, festiva incluso en momentos de desgracia. Porque la distancia entre Messi y Neymar en el fútbol se acorta, aunque son incomparables, como el tango y la samba.

El Atleti tuvo que romper su guión clásico de aguantar y volver locos a los rivales por un asedio de los genios catalanes. No fue voluntario, pero debemos agradecérselo a Simeone. 

En el Barcelona se está volviendo costumbre que los tres sudamericanos de la delantera se apunten en el marcador. Con este equipo, con esta fiebre y este empuje, con todo y los errores arbitrales evidentes en el tobillo sangrante de Neymar, podemos encarar con dignidad a cualesquiera de los equipos de Madrid en la durísima aduana de la Copa del Rey.

Un detalle más me queda de este partido. Mariana Belén, aficionada indomable del buen queso, acompañaba en la sala femeninamente sentada cuando Messi hizo el tercer gol. Nuestro abrazo espontáneo frente a la tele selló el gol y un recuerdo imborrable.

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