LLUVIA DE JACARANDAS

jacaranda-seasonEl joven escritor, en el cuerpo de un hombre maduro, contempla la arboleda frente al enorme ventanal de su biblioteca. En la segunda planta de su calle cerrada el silencio se vuelve más profundo. Pocos vehículos circulan por allí, casi todos de vecinos, escasos además; solo los gritos de los niños del barrio jugando al balón o con las bicicletas en persecución interrumpen la pacífica cotidianidad. Los arboles añosos procuran sombras que mitigan el escaso calor de la época otoñal. La tarde parece distinta a las incontables que pasó sin escribir más de dos párrafos convincentes. Con las hojas de la majestuosa jacaranda plantada frente a su casa cayeron algunas ideas que le rebullen entre las manos y la cabeza.

Tres meses ha pasado en ese mismo sitio, en una posición casi fija. Cinco, ocho horas pasa cada día, sin distingos entre un martes o un domingo. Horas y horas consumidas en impaciente espera. Aguarda la idea que perdió, que creía tener firme, asida fugazmente una tarde mientras regresaba en avión a su casa. Una maldita pluma fuente sin tinta le impidió escribirla en la servilleta del avión y extravió la brújula. Era tenue la imagen que había llegado aquella vez, y los movimientos del aterrizaje afectado por el ventarrón cargado de lluvia arrastraron la idea. ¡Trece semanas esperando ver de nuevo la imagen, gastada por la desconfianza y su desesperanza!

La tarde gris auguraba una noche larga, dedicada a teclear todas las cuartillas frustradas. ¡Sí, esa era la noche! No había garantía de culminación. Muchos meses, o un par de años podrían aguardar el punto final. Pero la rueda estaba en marcha. Y él, lo sabía, necesitaba la imagen como la respiración. Ya tenía clara el principio que necesitaba para escribir aquella historia que había soñado. O que había vivido tan intensa como dolorosamente, que ahora no quería saber si era real o una trampa de su imaginación dolida.

Cerró los ojos cuando las flores violetas golpearon con suavidad los cristales, como llamándolo. Creyó que con los ojos cerrados y los sentidos alertas no perdería el detalle que se iba aclarando de a poco. Llegó la imagen, y la claridad. Sabía por dónde empezaría su historia, o por donde terminaría. No importaba ahora. Tal vez fuera esa novela que soñaba escribir con dos inicios y dos finales distintos, o muchos finales, con finales que podían ser inicios, o comienzos que descubrieran la historia como muñecas rusas. No, ahora no importaba. La idea estaba firme. Las flores de la jacaranda seguían cayendo y rozaban su ventana jubilosas; él aguardaba la indispensable palabra precisa, mágica que arrancaría la historia tantas veces postergada: un pedazo de su vida.

 

 

 

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