PONGAMOS QUE HABLO DE JOAQUÍN

Esta mañana hurgué en mi bandeja de correos no deseados. Lo hago regularmente. Allí suelen ir, por error, mensajes que espero o me interesan. No digo ninguna novedad; a todo mundo le sucederá lo mismo en su cuenta de correo. Revisé rápido antes de borrar definitivamente. Uno llamó la atención. Tenía un tono terapéutico. Me resolvían los problemas y no tendría más preocupaciones en el futuro. ¿Cómo? Por insana curiosidad abrí el mensaje. Un financiamiento para el auto. Carajo. ¿Habrá algún imbécil que lo crea? No el financiamiento, sino que los autos resuelven futuros y vidas. ¿Tan poco vale la vida?

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Hoy me puse en el papel de estudiante. Me inscribí en un seminario sobre el pensamiento de Michel Foucault y tuve la primera sesión. Busco ideas, herramientas para escudriñar ángulos de la escuela, en un proyecto que llamo “La enfermedad de la institución escolar”. La experiencia de ser alumno me parece saludable para un profesor: sentarse en las mismas sillas, aguantar la tentación de dirigir una clase, atender una secuencia que no establecimos. Espero continuar hasta el final, a mitad del año.

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Al pan, pan; al ladrón, ídem. Hay tradiciones que me provocan vómitos. No me quitan el sueño, ni las ganas de comer, pero me confirman el abundante retrogradismo social. Cada cual viva como le plazca, quede claro.

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No me puedo despedir sin unas palabras para el maestro de Úbeda: Joaquín Sabina. A sus 66 años, hoy estrenados, está convertido en un viejo bastante joven.

66 años de vida, música, letras, mujeres, poesía y más de cien motivos para quererle y admirarle. ¡Gracias, Joaquín!

Recordar, nos dice Eduardo Galeano, es volver a pasar por el corazón. Así recuerdo hoy al flaco.

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