Donde todo comenzó

Hoy volví a mi pueblo. Cada vez que regreso, con mucho tiempo entre una y otra visita, se mezclan emociones, desatan recuerdos y nostalgias. Me gusta caminar o andar en auto en aquellas calles entrañables: de casa a la escuela secundaria, de casa al estadio Carlos Septién, de casa al jardín, al cine Ramírez, a casa de mis amigos; los vericuetos que caminaba con Mario Rodríguez mientras repartíamos el periódico o vendíamos las fotos que tomaba Juan el fotógrafo; luego, cuando cambiamos de domicilio, de casa al “Maracana”, la trepada por las calles que me separaban de los amigos, el jardín o la iglesia de estilo rangeliano, que me sigue deslumbrando, aunque todavía no llega un párroco que le haga justicia y elija los colores que la resplandezcan.

Cada vez que estoy en mi pueblo, de alguna parte de la memoria afloran vivencias perdidas, situaciones que me hacen revivir instantes de la película personal. Sé que camine esas calles, porque se llaman Álvaro Obregón, Jorge Septién, Emiliano Zapata, Cuauhtémoc… pero sé que no son exactamente las mismas, porque ya no están allí las personas de entonces, los amigos, esos olores; porque los colores cambiaron, o así los recrea mi imaginación.

De todo, lo que hoy me impresionó más fue mirar el volcán desde todas partes, más imponente que nunca, más cercano, más colosal. No sé si en todos estos años el volcán de fuego creció, los recuerdos se achicaron o mi emoción se desquició. Uno no elige donde nacer, pero cada vez encuentro más gusto al lugar donde nací, allí donde todo comenzó.

Nadie se baña dos veces en el mismo río, dicen que dijo el filósofo; y nadie camina dos veces las mismas calles, aunque parezcan exactamente iguales, especialmente porque nosotros ya no somos los mismos.

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