Los privilegios de la noche

Anoche tuve la fortuna de compartir la mesa con un selecto grupo de invitados y amigos en la Fundación Cultural Puertabierta. Para el huésped principal, Juan Villoro, sobran presentaciones. Estar allí fue un privilegio enorme: cena exquisita, buenos tequilas, cervezas, vino tinto y, sobre todo, la compañía y el buen humor.

Solo una vez había visto a Juan Villoro por un rato sentados en la sala 75, terminal 2, del aeropuerto de la Ciudad de México, cada uno en lo suyo. Allí me pareció un hombre demasiado serio, tanto que ni por la cercanía me atreví a saludarlo, con nuestros vuelos demorados a distintos destinos.

Ayer desde su llegada a la casa de Miguel Uribe repartió simpatía y amabilidad. Bromeó, ilustró, contó, sin poses ni fatuidad. Nos escuchó atento y habló de los temas que le interesan y de los que le preguntamos, incluido el fútbol, el Barça y Messi, en ambiente festivo, como así debe ocurrir cuando los motivos son tan indispensables como la amistad y la fraternidad, nomás porque sí.

Una noche linda para cerrar larga jornada. Juan está en Colima y sus conferencias en el Teatro Hidalgo, hoy y mañana, serán sin duda una prueba, si hacía falta, de que la inteligencia no está reñida con la claridad, el humor y la sencillez.

Esta tarde tuve mi primera clase del curso Gestión de instituciones educativas en la Universidad. Salí cansado pero contento, deseando conducir un viaje lleno de aprendizajes con un puñado de 25 estudiantes respetuosos e inquietos.

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