EN LAS NUBES

Desperté a las 5 de la mañana. Fue súbito. Por el triángulo de nuestra casa de campaña observé el pedacito de cielo abierto a mis ojos. Una blancura espesa que he visto en estos amaneceres durmiendo en el patio de la casa. La primera vez me desconcertó: no supe si caía la tarde mientras despertaba de una siesta o algo extraño sucedía en el firmamento. El color lechoso me recordó en automático el principio de Ensayo sobre la ceguera, del inolvidable José Saramago. Me quedé quieto, contemplando el cielo y concentrado. Lo aprendí meditando y descubrí lo inimaginable. Los sonidos empezaron a desgranarse de  cualquier parte: un concierto de pájaros distintos, más o menos grandes, más o menos distantes, más o menos agradables. Luego otros ruidos. Los autos que circulaban por tercer anillo periférico, eventualmente los que pasaban por la calle. Ruidos animales que no identifiqué. Tal vez una hormiga caminando encima del plástico azul de nuestra casita. Afuera el cielo seguía blanco, inmutable. Empecé a escuchar mi propia respiración, cada vez más reposada. Los pájaros no cesaban, como los ruidos exteriores. Permanecí en silencio, escuchando la nada, o el todo, hasta que sentí la respiración suavecita de Juan Carlos, al lado, dormido como se duerme a los diez años: en cuerpo y alma, sin angustias. Su rostro plácido esbozaba una sonrisa que apreciaba por la claridad. Lo abracé con amoroso cuidado, cerré los ojos y me fundí con su respiración.

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