GRACIAS A MIS MAESTRAS Y MAESTROS

En varios libros escribí sobre algunos de mis mejores maestros, desde la primaria hasta el doctorado; también de los que, sin haberme dado clases, desarrollaban una práctica docente que me inspiró en algún momento de la carrera cuando supe o vi cómo lo hacían.

Hoy, en este día tan especial, donde abundan discursos y parabienes, quiero recordar a otras maestras y profesores que tuve y nunca antes recordé.

Aunque hice y sigo haciendo esfuerzos, no recuerdo el nombre de la maestra que me enseñó a leer en la primaria. Recuerdo a dos de aquellos maestros primeros que tuve, pero  quien me enseñó el oficio en el cual baso buena parte de mi trabajo es un personaje anónimo, lamentablemente.

En la secundaria tuve maestros comprometidos, aunque algunos me daban materias que quería pasar rápido y sin dolor, como química. Gracias a la claridad magistral de Paulino aprendí lo que necesitaba para pasar los exámenes, pero supe entonces que biología y química no eran para mí.

En el bachillerato tuve maestros extraordinarios y abominables. A los primeros he agradecido ya, pero a los segundos no, porque también les debo gratitud. Aunque entonces no imaginaba que dedicaría mi vida a la educación, los tuve presentes siempre como antimodelo, como aquello que no querría ser jamás en la vida. Con los profesores de la carrera me pasó más o menos lo mismo.

Si a veces he logrado parecerme a los buenos maestro que admiro, me espanta la idea de convertirme en los que aborrezco. Unos y otros me inspiraron, por eso les guardo gratitud, con contenidos distintos, por supuesto.

Hay otros maestros que no tuve, pero que me inspiraron e inspiran. Maestras y maestros que admiro por su paciencia, generosidad y dedicación. Gracias a todos ellos porque son un modelo al que quiero acercarme en esas y otras virtudes.

Cualquiera puede dar clases, pero no cualquier práctica nos convierte en buenos maestros.

¡Feliz día a las buenas y buenos maestros!

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