Más de escuelas privadas y pandemia

Mi columna semanal despertó comentarios de directivos de instituciones privadas. Pronto recibí un par de mensajes respetuosos. Agradezco y comparto sus comentarios, que aligeran mi ignorancia.

Me cuentan, por ejemplo, que tuvieron el complicado empeño de no dejarles de cubrir el total del pago a maestros y trabajadores en sus escuelas; que hicieron esfuerzos para continuar: “no hemos parado en investigar, capacitarnos, diseñar e instrumentar plataformas y procesos que nos permitan estar al pie del escenario que se nos presenta”.

Con el propósito de desplegar otras ideas de mi postura, que no cabe en un artículo habitualmente breve como escribo en el espacio semanal, dejo algunos otros párrafos:

No percibo oposición entre las escuelas públicas y privadas; ambas cumplen una función pública y social. No son iguales, evidentemente, pero sí parte del mismo sistema educativo.

Entre las escuelas públicas no existe la preocupación por el pago de la nómina, me recuerda uno de los directivos que escribió. Es verdad. En algunos casos, la escuela privada es una iniciativa sustentada en recursos de una persona o familia y se juegan patrimonio, ofreciendo empleos y apostando a veces en la incertidumbre. No es una cualidad menor.

Las escuelas privadas no son todas iguales, como las públicas; habrá unas con mejores sistemas, organización, profesores, resultados. No caben las generalizaciones.

No tengo pretensión de desprestigiarlas, ni lo lograría desde una columna. Entre las escuelas privadas tengo estupendo amigos que, cuando he pedido, me abrieron sus puertas y apoyaron cuando pedí. Y espero que no cambie.

La reglamentación para las escuelas privadas es laxa, y con la nueva Ley General de Educación continúa siéndolo, pero eso es responsabilidad del Estado, de los poderes ejecutivo y legislativo; a ellos les toca cumplirla.

Que las escuelas privadas tienen ámbitos de libertad para la innovación lo reconfirmo: no tienen un sindicato encima y pueden introducir procesos de regulación del trabajo docente a favor de la innovación. Si un profesor no funciona o actúa de manera indebida, lo pueden resolver de inmediato. Tema de debate, por supuesto.

A las escuelas privadas no asisten solamente hijos de gente que tiene dinero de sobra; me lo han contado madres que hacen esfuerzos tremendos porque quieren ofrecerles la mejor enseñanza posible y destinan recursos al pago de colegiaturas sacrificando otras cosas.

La escuela privada, por sus tamaños, por la disposición que habitualmente tienen sus maestros (cuyo contrato depende en gran medida del desempeño), por el apoyo y exigencia de las familias, podría ser un laboratorio de innovación en un momento donde escasean las respuestas ciertas y no hay recetas.

Mi artículo es, antes que una crítica, una invitación a que las privadas aprovechen sus condiciones y ensayen estrategias innovadoras que enriquezca su labor y al sistema educativo. Para eso se necesitan ideas y valentía; de ambas, no tengo duda, habrá de sobra.

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