SIESTAS DOLOROSAS

El calor del mediodía, cansancio acumulado y estrés por la agenda produjeron un resultado inevitable: dormir la siesta después de la comida. No soy habitual a esa práctica tan sana y elogiado. Cuando lo intento, me paso de largo y despierto peor, sin descanso y con ánimo de seguir aplastando la cama. Pero hoy no pude soportarlo. Mirando la televisión me sorprendí con un cabeceó peligroso y opté por un sillón cómodo. Serían las 16:00 h. Cerré los ojos y no supe más. Desperté con un hilo de sudor en la parte posterior del cuello. Apenas abrí los ojos recordé el sueño infausto: la caída por un mal paso en la escalera, con saldo de golpes en la palma izquierda y la rodilla derecha, una postrada, la otra evitando besar el suelo. Uní retazos y, asustado, recordé la sensación del escalón cada vez más cerca de la cara, que solo la palma izquierda de la mano, providencial, salvó. Repuesto de la huida temporal de la realidad, decidí que era hora de seguir la actividad vespertina. La pierna derecha busco el zapato y un agudo dolor en la rodilla me pinchó la tranquilidad. ¿La caída fue real o imaginada? Lo soñé, estoy seguro, pero el efecto es tan cierto que una bolsa de hielo envuelve mi rodilla para evitar la inflamación.

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