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El día mundial de la poesía

Neruda5251Ayer se celebró el Día Mundial de la Poesía. Mi TL en Twitter se llenó de mensajes aludiendo a la fecha; solo por eso me enteré. Ignoraba la conmemoración. ¡Y la falta que me hizo!

En estos días tengo a la mano los ocho libros inéditos que dejara Pablo Neruda al morir. También desconocía la existencia, hasta que hace dos meses lo descubrí en espaebook.com, mientras deambulaba por el sitio buscando textos interesantes. Los títulos: La rosa separada, Jardín de invierno, 2000, El corazón amarillo, Libro de las preguntas, Elegía, El mar y las campanas y Defectos escogidos.

Cuando comenté a un amigo sobre los libros del poeta chileno, él, experto literario, al calor del vino tinto y una grata conversación me dio su veredicto: no son obras mayores, o la gran poesía de Neruda.

No soy quién para desmentirlo. Respetable el juicio, pero no lo precisaba, y por ello no dejaría de leerlos.

De un tiempo a la fecha me he vuelto más o menos asiduo lector de poesía como entremés de otras actividades, o para zafarme de rutinas laborales; o cuando apenas unos minutos me restan para emprender nuevas tareas.

De los breves inéditos de Neruda leí la mitad, y avanzo una compilación de Ricardo Yáñez, sugerencia involuntaria de mi amigo Luis Porter. En fin.

Vuelvo al principio. Desconocía del día mundial de la poesía. Me abstuve de un tuit. He preferido seguir leyendo sin prisa y con pausas a los poetas, esos y otros, sin más afán que el gozo, sin obligaciones literarias o académicas. Hacerlo cada día me resulta más significativo que tirar cohetes un día.

Lotería fatal

Aunque la Declaración Universal consagra los derechos humanos, las realidades de miseria, los esquemas económicos inmisericordes, las visiones políticas y la atroz voracidad se encargan de pulverizar la libertad, igualdad y fraternidad, junto con todos esos discursos que ponderan las bondades de los años que corren.

Hoy, las posibilidades de vivir con dignidad, alimentarse, educarse y rebasar la barrera de los 35 años dependen de la región del mundo donde se nace. En una lotería extraña, los poquitos que nacen en algunos países, en algunas regiones dentro de esos países, y en ciertas colonias de aquellas regiones y países, vivirán como ciudadanos de primera. El resto, la gran mayoría, sobrevivirá apenas. El horizonte es negro: los hijos parecen destinados a vivir peor que los padres; circunstancia inédita en la historia.

Distintos informes mundiales, aunque pretenden ser optimistas, no pueden esconder terribles imperfecciones. Por ejemplo, el informe de la UNICEF 2009, “Estado mundial de la infancia”, es cruda expresión de la terrible inequidad en el planeta. Nacer en un país pobre entraña un riesgo 300 veces mayor que quienes nacen en países industrializados. 10, 20, 50, 300 veces es éticamente inaceptable; ni siquiera políticamente parece sostenible una sociedad mundial con esas grietas. Mientras en Níger el riesgo de morir en el parto es de uno entre siete, en Irlanda es de uno entre más de 47 mil. De esa forma, eran cuatro millones los niños recién nacidos (hasta 28 días) que morían al año por causas evitables.

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Trump: ¿próximo presidente de Estados Unidos?

trump_flicker_face_yessMe extraña la candidez de algunos bien intencionados que se alarman por el probable triunfo de Donald Trump en la carrera republicana por la presidencia de su país. A mí, no. No me extrañaría que se convirtiera en el sucesor de Obama. Tampoco es mi deseo, pero los deseos de los mexicanos en México no definirán la elección, ni siquiera un poquito.

El dispendioso mundo político hace tiempo (¿siempre?) nos regala desfiguros a raudales. La lista puede ser larguísima y hasta trágica. Baste recordar ejemplos cercanos en el civilizado mundo occidental: Silvio Berlusconi en Italia; el “loco” Abdalá Bucaram en Ecuador; Alberto Fujimori en Perú; los Nicolás, Sarkozy en Francia y Maduro en Venezuela; México, con Vicente Fox y Martha Sahagún, o José López Portillo. A Mauricio Macri en Argentina habrá que darle un poco más de tiempo. En fin.

En Estados Unidos no podemos olvidar el oprobio de que su actual presidente recibiera el premio Nobel de la Paz, y menos la talla intelectual (sic) de algunos de sus ex presidentes, como Ronald Reagan o los George Bush, padre e hijo.

Pero ya no nos extrañamos, claro, porque la imbecilidad se instaló majestuosa entre nosotros tiempo atrás, como el tango Cambalache cuando canta: “Todo es igual. Nada es mejor. Lo mismo un burro que un gran profesor… Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón.”

Vuelvo del paréntesis en el arrabal porteño. En esa secuela, repito, nadie tendría que extrañarse si Trump triunfa y se convierte en el presidente más poderoso del mundo.

Puestos a mirar el presente con sentido crítico, habría que preguntarse: ¿con Obama el trato que recibieron los mexicanos fue distinto, es decir, mejor?

Es verdad, con Trump y sus desquiciadas ideas la situación puede empeorar, pero eso no lo decidiremos, ¿o acaso permitiríamos que ellos pretendieran decidir por nosotros?

 

Preguntas vitales

preguntasLa pregunta me congeló este mediodía. ¿Para qué? Vacilante solo moví la cabeza, o así lo recuerdo. La suave mano en mi hombro cayó pesada y me hundió en cavilaciones que persisten. Una mueca en los labios confirmaron, creo, la resignación de no tener la respuesta preparada.

¿Para qué? El resto de la oración puede variar para darle más o menos dramatismo a la interrogante. Por ejemplo: ¿para qué escribir?, ¿para qué comenzar?, ¿para qué lo intentamos?, ¿para qué seguimos juntos?

Cuando se cerraron los signos de interrogación, la mejor solución que esbocé fue la más simplemente convincente al razonamiento, o a mis emociones. La primera respuesta, en realidad, fue una pregunta multiplicada:

¿para qué, entonces, despertamos?

¿para qué nos levantamos de la cama?

¿para qué traspasamos el umbral de la casa?

¿para qué cantan los cantantes?

¿para qué cantan los pájaros en lo alto de las ramas?

¿para qué juegan los niños a ser súper héroes?

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Comenzar de nuevo

Cuando me acerco (con poca prisa y nula preocupación) a una edad respetable estaría dispuesto a repetir algunas cosas del pasado; de las que fueran factibles, por supuesto.

Pienso con agrado en el fútbol y las varias camisetas que sudé y todavía aguardan en casa paterna; en la música de ciertos autores o temas que luego se extraviaron en algún rincón del tiempo. En alguna chica que, a estas alturas, ya podría ser abuela prematura. O en volver a leer (lo más fácil) desde el principio a autores que marcaron años juveniles y persisten. No son muchos, confieso, ni ignotos.

Mientras quito el polvo de sus lomos, se me antoja recomenzar con Gabriel García Márquez, Miguel Hernández, Mario Benedetti, Julio Verne, Carlos Monsiváis o Jorge Amado.

Aquí están conmigo, un poco sucios y ajados, un poquitín abandonados, con sus páginas pegadas luego de años o décadas sin abrirse. Los miro, suelto un suspiro, volteo y encuentro en sus interiores aquella vieja marca de café, el separador, una anotación a lápiz, un papel en medio, un boleto del transporte rumbo a la universidad.

Es imposible volver el tiempo, desandar los caminos, porque ellos no son los mismos y nosotros somos distintos, pero siempre disfrutable reabrir esas páginas, u otras ya transitadas. Comenzar de nuevo y confundir, aunque sea por un instante, el cielo de hoy con el mismo que me vio crecer.

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