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Prolongando el final

El estudio en penumbra apenas se iluminaba con la pantalla de la computadora en la mesa de trabajo. La ventana recibía en sus cortinas el tímido viento fresco. Los cantos de las aves en las ramas de los árboles eran armónicos, audibles sin estridencias, como respetando la última etapa del sueño en la ciudad casi desierta. Libros encimados en un par de sillas, dos enormes diccionarios y otro de sinónimos, uno abierto de par en par sobre el gran atril que había recibido de regalo una navidad muchos años atrás. El iPad sin pila después de una noche de lectura. Era el ordenado caos del escenario.

El hombre maduro, joven aprendiz de escritor, que una mañana, trece meses atrás, había visto encenderse la luz de la escritura mientras caían las hojas de las jacarandas frente a su ventana, seguía sentado casi en la misma posición. Su actitud parecía de tristeza. Así los reflejaban los ojos, con un apagado brillo, dolorido, un color de piel escasamente vigoroso. Era un retrato atravesado por sentimientos en la escala del pesar. Los kilos de café bebidos, los garrafones de agua, las botellas de vino tinto consumidas se acumulaban en algún ignoto inventario; tantos, que podría decirse que nunca una persona consumió tantos productos de ese tipo en el mismo tiempo, sin efecto alguno visible.

Muchos meses después, con flores de jacarandas que habían vuelto a ponerse y caerse, a la historia le faltaba el final. Y una historia, como queda claro, no está terminada, no existe, sin comienzo ni final afortunado. No tenerlos equivalía a no poseer una historia entre las manos, a no ser capaz de resguardar para siempre en el mundo de las páginas un trozo de su vida, que era la única manera en que podría sobrevivir a la desventura, como la persona arrancada de su paisaje, como la foto de pareja que se tijeretea después de la enésima discusión.

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Pedagogía de los sueños posibles

IMG_1427En mi programa de lecturas para la temporada dejé al final un libro que conseguí en la reciente Feria Internacional de Guadalajara: Pedagogía de los sueños posibles. Por qué docentes y alumnos necesitan reinventarse en cada momento de la historia, de Paulo Freire.

Es una obra que reúne textos, conversaciones, cartas y entrevistas del más grande educador latinoamericano del siglo XX. Fue organizada por Ana Maria Araújo Freire, Nita, la segunda esposa de Paulo.

Publicado hace 14 años en Brasil, en 2015 salió a la luz en español la primera parte, y para 2016 aparecerá la segunda.

Escribo estos párrafos cuando me acerco a la mitad de las páginas. Como sucede cada vez que me zambullo en el pensamiento de Paulo Freire, la esperanza en la tarea pedagógica se inflama. Ideal para refrendar vocaciones, cerrar ciclos e iniciar nuevas andanzas.

Jugando a las palabras con el Diario

Y cada loco con su diario.

Cuando desperté, el diario seguía aquí.

El diario justifica los medios (y los fines). ¿O viceversa?

Penélope con su diario de piel marrón.

Solo es peor el diario no escrito.

Entre diarios te veas.

No hay diario que dure cien años.

Nadie es profeta en su diario.

La escritura de un diario puede ser un ejercicio de fatuidad. O no.

Todos traemos un diario consigo. Unos lo apuntan, otros lo viven y escriben, la mayoría pasa de largo.

¿Cuántas palabra caben en un diario?, ¿y cuántas ilusiones?

El diario puede ser registro de hechos o anuncio de otros. O crónica y anuncio.

Diario 2015: balances

350 páginas después el objetivo está (casi) cumplido y empiezo los balances.

La escritura cotidiana se convirtió en un ejercicio desafiante, habitualmente gozoso; no pocas ocasiones, fue el detalle que salvó un pésimo día laboral o en las actividades personales. Las inyecciones de motivación ocurridas en esos momentos le agregaron valor inconmensurable.

No hubo vacaciones, desveladas o malos ratos tan malos como para devaluar el ánimo. Nunca maldije haber comenzado este reto, a cambio, muchos días agradecí la perseverancia.

En algunos momentos hubo sequía de ideas, es verdad. A veces (muy poquitas) no alcanzó para escribir una página, en otras, aunque apareció, me dejó poco satisfecho. No obstante, nunca dudé en la pertinencia de la misión.

En este ejercicio no hay saldo rojo ni déficit. Falló la intención original de manuscribirlo. No fue posible con la constancia debida, porque el tiempo faltó.

El reto de la calidad de cada una de las páginas habrá que evaluarlo con detenimiento. Habrá tiempo para ello en los próximos meses, espero. Aunque estoy conforme ahora, siempre me queda la convicción (y el reto) de que pudieron tener mayor calidad. Debo ser muy exigente en esa medida, pero también razonable: la página tenía una limitación fija de tiempo (no debía consumirme más de sesenta minutos), debía escribirse día a día, fuera de la Universidad; en lo posible, eludir los temas de mi quehacer profesional, entre otros. Habida cuenta de esas circunstancias, creo que puedo sentirme satisfecho.

Las razones para celebrar la culminación de este proyecto son varias. No sé si lo festejaré por ahora. Un libro aguarda ansioso el punto final.

Lecciones de la infancia

Antes de leerme, entiéndase lo siguiente: mis hijos son perfectamente normales. No son los más guapos o inteligentes, ni los más simpáticos o chispeantes. No los juzgo así. Son como todos: felices casi siempre, enojones en algunos momentos, prefieren el juego a la escuela; son amorosos y después de un llanto, cambian a sonrisas sin complicaciones.

Dicho eso, puedo continuar.

Estas vacaciones confirmé lo que ya sabía pero no había visto tan claro, aunque me rondaba la cabeza y estaba alojado por allí. Los niños no son adultos chiquitos, no son proyectos de persona, son personas, sin adjetivos. Si me dicen: en proceso de desarrollo, diré que todos estamos en proceso de desarrollo, porque estamos vivos, así se tengan 90 años, siempre somos inconclusos.

Lo entendí con meridiana contundencia mientras jugaban a corretearse. Leí un libro y me paré de pronto (me paré de la lectura y me puse en pie) para certificar lo que me caía como un rayo en la cabeza.

Me parece tan importante esa confirmación, que probablemente a la mayoría resulte obviedad. No lo fue para mí. No lo es. Si nosotros aceptamos a un niño, a un anciano como es, no pasaremos la vida (lo que nos toque a su lado) corrigiéndolo o amonestándolo, enfadándolo y enfadándonos con ellos.

Creo que nunca como ahora he tenido que gritar menos cuando su voces alborozadas me rompen la paciencia y desconcentran. Nunca como ahora me salió una sonrisa profunda y tranquila cuando su natural torpeza (como la mía) provoca un desaguisado, como me sucede a mí, a cualquiera.

Vivir así es excepcional, no hay duda. La razón es simple, es milenaria, creo: aprender a aceptarse, aceptar a los otros. Y vivir, y disfrutarlos.

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