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Mañana con Edgar Morin

Esta mañana aproveché el clima fresco para reabrir las páginas de la biografía de Edgar Morin, escrita por Emmanuel Lemieux. Avancé de la infancia de Edgar Nahoum, su nombre original (en realidad, Nahum, pero a su padre le agregaron una o), a la etapa juvenil y sus primeros años universitarios. Duros momentos de persecución de los judíos en Europa, que llevaron a la familia de un país a otro y a la separación.

Son los meses previos a la Segunda Guerra, en un país sacudido por las revueltas rebeldes internas, al mismo tiempo que la lucha contra los nazis, retratadas lúcidamente por Lemieux.

En ese ambiente, entre Toulouse y París, en cines, teatros, salas de concierto, encuentro con intelectuales y libros, muchos libros, se fragua la vida del intelectual inconformista, que en 11 meses cumplirá un centenario.

 

Tiempo de biografías

Esta tarde abrí un nuevo libro: Edgar Morin. Vida y obra del pensador inconformista, de Emmanuel Lemieux, una estupenda edición de Kairós.

No sé cuándo ni dónde exactamente lo compré. Hoy le di vueltas a ambas preguntas mientras me preparaba, pero no encontré respuestas en la memoria. Las circunstancias de la adquisición sí las tengo claras. Cuando hurgo en las librerías hay unos libros que sé que voy a comprar apenas verlos, y ya los llevo conmigo, otros, que los reviso y dejo en su sitio, con la duda en la cabeza; sigo el paseo y vuelvo, y entonces, por los textos de la contraportada, los diseños, el precio o mi genuino interés, decido. Muchos se van conmigo, muchos se quedan. Esta biografía se fue conmigo desde el primer momento, aunque el precio inhibía buenas intenciones.

Comencé ya con las primeras páginas, refugiado del calor vespertino. Se revela un autor de oficio, que introduce sin piedad a los crudos días infantiles de Edgar Nahoum, su nombre entonces, cuando muere súbitamente la madre, Luna.

Son más de 500 páginas. Será larga la relación con el libro pero, intuyo, valdrá la pena cada hora invertida.

Un examen a la evaluación

Envuelta en un halo casi mágico, la evaluación se ha convertido en una palabra y práctica estelares. Todos hablan de evaluación, la invocan y la procuran, porque así, supone el sentido común instalado, la educación será mejor. Los gobiernos e instituciones invierten crecientemente en exámenes, se extienden los rankings y se creó una industria evaluadora, plagada de departamentos que diseñan exámenes, cursos (para hacer pruebas e interpretarlas, de preparación para aprobarlas, para convertirse en evaluadores, para ser evaluados y preparar informes, etc.), expertos que evalúan y organismos que acreditan.

A la creencia mítica en la evaluación hay que someterla a riguroso examen, para conocer posibilidades y límites, aprovecharla y convertirla en medio. A continuación, algunos ítems para examinar la evaluación.

-La evaluación, entendida como exámenes, no es sinónimo de calidad. Es más usual crear un sistema de exámenes, modernizarlo y hacerlo cada día más sofisticado, que trabajar en salones de clases con los maestros para perfeccionar prácticas de enseñanza.

-¿Exámenes como control o como insumo para la reflexión del profesorado y autoridades? En la exigencia de evaluación hay por lo menos dos razones: una, propia de sociedades democráticas, es la responsabilidad de la rendición de cuentas; la otra es la desconfianza derivada de hechos que obligan a no dejar que las escuelas se conviertan en territorio de impunidad e irresponsabilidad, pero también la desconfianza prohijada por la incomprensión de los tiempos naturales del aprendizaje o los cambios educativos. La examinación no es tarea burocrática, debe convertirse en proceso pedagógico para comprender, no solo para premiar y castigar.

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MAÑANA CON ESTUDIANTES

Esta mañana estuve en la Universidad Pedagógica Nacional unidad Colima. El motivo: la presentación de mi libro “Las escuelas: desolación y encanto”, con estudiantes y profesores del turno matutino. El balance final es grato: me gustaron los comentarios de dos estudiantes muy jóvenes y mujeres, Claudia y Dolores; el ambiente que percibí en el auditorio y la oportunidad de saludar a algunos buenos amigos, como el maestro Rubén Martínez González, por quien tengo admiración y respetos inmensos.

La maestra María Saucedo fue el enlace y su ánimo es de esos que uno desearía fueran más frecuentes en el territorio escolar. Si algo se requiere es que los profesores, las profesoras asumamos que nuestra tarea es un compromiso social de primera importancia, y actuáramos en consecuencia. Me temo que nos falta.

Para mí la UPN debiera convertirse en la casa de los maestros mexicanos. La realidad es que ocupa un sitio de menor relevancia en la reforma educativa en marcha. Las escuelas normales y la Universidad Pedagógica, así como las facultades universitarias de pedagogía son un eje vital en cualquier proyecto que pretenda reformar la educación.

Así lo reconoció hace casi 20 años la OCDE cuando vino a evaluar la enseñanza superior. Sus conclusiones al respecto son sencillas: reformar las escuelas normales y acercarlas a las universidades. Pero también los viejos intelectuales y pensadores mundiales, Stéphane Hessel y Edgar Morin lo proponen como uno de los tres puntos que debe tocar una reforma paradigmática de la educación.

Por eso me alegra estar presente unos minutos con estudiantes de esas escuelas, escuchar sus preguntas y opiniones y expresar las propias. Son ellos, los actuales estudiantes de magisterio quienes podrán consolidar una transformación sustancial del sistema educativo.

 

 

Un nuevo proyecto de civilización

En los días del huracán que asoló Colima estaba leyendo, por casualidad y compromisos, tres textos sobre problemáticas contemporáneas, con el común denominador del deterioro de nuestro planeta. Las reflexiones al respecto me resultan imperiosas, por la urgencia del tema y las ideas recogidas.

En uno de los libros a que aludo, “El año I de la era ecológica”, Edgar Morin afirma que en el mundo necesitamos un nuevo proyecto de civilización, capaz de establecer distintas formas de relación entre los seres humanos, los pueblos y entre ambos con la naturaleza. Los ejemplos de la destrucción planetaria son abundantes y la dilación en la respuesta pone en juego la propia sobrevivencia. No se necesita demasiada agudeza para entender estos pasajes de Morin: “la naturaleza vencida supone la autodestrucción del hombre”.

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